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La actriz Verónica Forqué y su hija María Forque durante la presentación de la obra de teatro "La vida a palos". 05/07/2018

La actriz Verónica Forqué y su hija María Forque durante la presentación de «La vida a palos», en 2018GTRES

«No somos electrodomésticos»: la advertencia de la psiquiatra Lucía Torres sobre la cultura de la cosificación

La psiquiatra Lucía Torres alerta de la deshumanización que genera la creciente necesidad de validación externa, sobre todo entre los jóvenes, y cómo esa hiperexposición «nos enferma»

«Hay algo que distingue al ser humano de cualquier otro ser vivo, de cualquier objeto, de cualquier materia inerte: su capacidad de saberse. De pensarse. De reconocerse desde dentro. No solo vivimos; podemos preguntarnos quiénes somos, qué hacemos con lo que nos ocurre, qué lugar concedemos a la mirada de los demás. Y, sin embargo, cada vez parece más fácil olvidar esa diferencia esencial». Es la advertencia de la psiquiatra Lucía Torres, psicoterapeuta experta en terapia juvenil.

Torres, que es directora médica del centro de Psiquiatría y Psicoterapia Tranquilamente, explica para El Debate que «caminamos hacia una forma sutil –y a veces brutal– de cosificación. No solo la que viene de fuera, cuando alguien reduce a otro a su cuerpo, a su rendimiento, a su utilidad o a su imagen pública», sino que hacia otra «quizá más peligrosa: la que empieza cuando aceptamos desde dentro esa reducción. Cuando dejamos que una mirada externa, muchas veces anónima, apresurada o cruel, determine nuestro valor».

«Un objeto vale lo que alguien está dispuesto a pagar por él. Un electrodoméstico vale mientras funciona. Un instrumento vale si produce el sonido esperado. Una cosa inerte no tiene más valor que el que otro decide concederle. Pero una persona no debería entrar en esa lógica. Y, sin embargo, entra», alerta.

La doctora Torres cita unas declaraciones de la hija de Verónica Forqué sobre «el dolor que pudieron producirle ciertos comentarios públicos en una etapa especialmente vulnerable de su vida».

«No se trata de establecer relaciones causales simples –apunta– ni de reducir un sufrimiento humano complejo a un único episodio. La vida psíquica nunca es tan lineal. Pero sí merece la pena detenerse en lo que esa escena revela: la fragilidad de una persona cuando siente que ha dejado de ser mirada como sujeto y empieza a ser tratada como objeto de valoración, consumo, burla o descarte».

Convertirse a la persona en «superficie»

«La televisión, las redes y la opinión pública tienen hoy una capacidad inmensa para convertir a alguien en superficie. Se comenta su aspecto, su torpeza, su envejecimiento, su forma de hablar, su emoción, su caída. Se juzga una intervención, un gesto, una actuación o un error como si detrás no hubiera una historia, un cuerpo cansado, una biografía, una intimidad», explica.

Sin embargo, como indica esta psiquiatra del Hospital de Día el Viso del Instituto Montreal, «el problema no termina en la violencia de esa mirada. Empieza otro problema más silencioso cuando la persona juzgada incorpora ese veredicto como si fuera verdad: 'Si no gusto, no valgo'; 'Si no sirvo, sobro'; 'Si me rechazan, soy rechazable'; 'Si se ríen de mí, soy ridícula'; 'Si no me quieren mirar, no merezco existir'».

Ahí, indica, «ocurre la verdadera tragedia de la cosificación interiorizada: el ser humano deja de reconocerse como alguien y empieza a vivirse como algo. Algo que puede ser evaluado, usado, puntuado, aprobado, suspendido, reemplazado o tirado».

«Una cosa es que la mirada del otro nos afecte y otra muy distinta es que nos gobierne por completo», alerta la psiquiatra Lucía Torres

La psiquiatra recuerda que el fenómeno del juicio ajeno no es nuevo: «El juicio del otro siempre ha tenido impacto. Nadie vive completamente al margen de la mirada ajena. Necesitamos reconocimiento, pertenencia, amor, valoración. La indiferencia o el desprecio duelen porque somos seres relacionales». Pero, al tiempo, matiza que «una cosa es que la mirada del otro nos afecte y otra muy distinta es que nos gobierne por completo».

Porque «la dignidad humana empieza precisamente en esa frontera. No en negar que el otro importa, sino en impedir que el otro lo decida todo».

De la validación externa a la adulación

Además, Lucía Torres explica que, además, «hay otra forma, más seductora y menos evidente, de entregar nuestra identidad a la mirada ajena: creernos también el valor fantaseado que el otro proyecta sobre nosotros cuando nos admira». Porque «el problema no aparece solo cuando alguien nos desprecia, nos ridiculiza o nos descarta. También aparece cuando alguien nos ensalza, nos idealiza, nos coloca por encima, nos abre paso como si hubiéramos dejado de ser una persona para convertirnos en una excepción. Y entonces podemos caer en la misma trampa, aunque por el lado contrario».

En estos casos, «si antes éramos esclavos del desprecio, ahora lo somos de la admiración. Si antes nos rompíamos porque alguien nos miraba como si no valiéramos nada, ahora podemos inflarnos porque alguien nos mira como si valiéramos más que los demás. En ambos casos, el centro de gravedad está fuera. Seguimos dejando que nuestro valor dependa de la percepción de otro».

El que juzga también está herido

La necesidad de validación que las redes sociales están instalando en la sociedad, y de forma muy particular entre los jóvenes y los adolescentes, olvida un factor esencial.

Que la otra persona «también mira desde sus propias heridas, desde sus conflictos, desde su ignorancia, desde su necesidad de creer en alguien superior o desde una fantasía momentánea», alerta Torres.

De hecho, esta psicoterapeuta señala que quien actúa de ese modo, «a veces ni siquiera nos ve: nos usa como pantalla. Proyecta sobre nosotros una grandeza que no nos pertenece del todo, igual que otro puede proyectar una indignidad que tampoco nos pertenece».

Y si construimos nuestra identidad sobre esa mirada idealizada, «quedamos igual de expuestos, porque si mañana el otro retira su admiración, si despierta de su fantasía, si recupera la cordura o simplemente empieza a vernos como lo que somos –una persona–, entonces ¿quiénes somos?».

«Quizá parte de la fragilidad contemporánea reside ahí: en haber cedido una función profundamente propia –la de reconocernos desde dentro– a lo que el otro quiera pensar de nosotros en cada momento. Ya sea desde su desprecio o desde su fascinación. Desde su crueldad o desde su idealización. Desde su fantasía de superioridad o desde su necesidad de colocarnos en un pedestal», alerta.

Por el contrario, «la dignidad no consiste en aceptar que no valemos nada cuando nos desprecian. Pero tampoco en creernos superiores cuando nos admiran. Consiste, quizá, en poder sostener algo más sencillo y más difícil: que somos personas. Ni objetos descartables ni ídolos infalibles. Personas».

Así, «tan peligroso es entregar nuestra dignidad al desprecio del otro como entregar nuestra identidad a su admiración». Y «cuando no existe esa frontera interna, nos volvemos esclavos de cualquier juicio externo. Del aplauso y del desprecio. De la audiencia y del silencio. De quien nos elige y de quien nos descarta. De quien nos mira con admiración y de quien nos reduce con crueldad».

Entonces «vivimos pendientes de una sentencia que nunca llega del todo o que cambia cada día. Hoy somos brillantes, mañana ridículos. Hoy necesarios, mañana prescindibles. Hoy admirados, mañana cancelados. Y si no existe un lugar interno desde el que sostener la propia continuidad, cada juicio externo se vive como una amenaza total».

Recuperar una educación de la dignidad

Más aún. Como recuerda la psiquiatra, «la cosificación no es solo que alguien nos trate como una cosa. Es que acabemos obedeciendo como cosas. Si el mundo dice 'no sirves', nos retiramos. Si dice 'das vergüenza', nos escondemos. Si dice 'ya no interesas', desaparecemos. Si dice 'no vales', nos rompemos. Como si el valor de una vida pudiera depender del comentario más cruel, del plano menos favorecedor, de una audiencia impaciente o de un algoritmo diseñado para premiar la reacción antes que la comprensión».

Por eso «necesitamos recuperar una educación de la dignidad», propone Torres. Pero no «una dignidad grandilocuente, abstracta o moralizante, sino una dignidad psíquica concreta: la capacidad de seguir reconociéndonos incluso cuando no somos aplaudidos. Incluso cuando fallamos. Incluso cuando envejecemos. Incluso cuando decepcionamos. Incluso cuando somos malinterpretados».

«Necesitamos recuperar una educación de la dignidad», propone Lucía Torres

Aunque parezca una obviedad, Torres recuerda que hoy es necesario recordar que «ser humano no es ser impecable. No es funcionar siempre. No es gustar siempre. No es producir siempre. No es mantenerse eternamente joven, brillante, útil o deseable. Ser humano es tener una vida interior que no puede ser reducida a la mirada externa».

Y apunta que «una de las tareas más urgentes de nuestro tiempo quizá sea recuperar esa diferencia. Recordar que la persona no es una mercancía emocional. Que una biografía no cabe en un comentario. Que una fragilidad no debería convertirse en espectáculo. Ni un espectáculo, un arma con capacidad de romper la dignidad humana».

Depender de la validación nos enferma

Y, más aún, «también necesitamos una tarea hacia dentro: no entregar nuestra dignidad al primer tribunal que pase. No convertir cada mirada ajena en ley. No obedecer como autómatas al deseo, al desprecio o a la perversidad de los demás». Porque cuando una persona renuncia por completo a su propio juicio interno, «queda expuesta a una forma extrema de servidumbre: ya no vive desde sí misma, sino desde la valoración que otros hacen de ella. Y eso nos enferma», matiza.

Y lo explica: «Nos enferma como individuos y nos enferma como sociedad. Porque una comunidad que cosifica a sus miembros acaba destruyendo aquello que dice admirar: la singularidad, la creatividad, la diferencia, la vulnerabilidad, la presencia humana real. Tal vez por eso conviene repetirlo con claridad: nuestro valor no puede depender solo de cómo somos vistos. La mirada del otro puede herirnos, condicionarnos, incluso quebrarnos en determinados momentos. Pero no debería tener la última palabra sobre quiénes somos».

«No somos productos de exposición»

A la luz de la cosificación que se da cada vez más en las redes sociales, o en caso como el de Verónica Forqué, Lucía Torres recuerda que «la dignidad no es un premio que nos concede el público cuando lo hacemos bien. Es el punto de partida desde el que una persona merece ser mirada, incluso cuando falla, incluso cuando no gusta, incluso cuando ya no responde a lo que otros esperaban de ella».

«No somos electrodomésticos. No somos instrumentos. No somos productos en exposición. Somos seres humanos», remarca.

Y concluye: «Quizá madurar, individual y colectivamente, consista en recordar que ninguna mirada externa debería tener tanto poder como para convertirnos en objetos ante nuestros propios ojos».

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