Una madre de familia trabajando en casa
Las tres claves de una psicóloga de Berkeley para dejar de vivir «a tirones» entre trabajo y familia
La doctora en Psicología Laura Guzmán, de la Universidad de Berkeley, propone tres consejos prácticos para que la conciliación no sea imposible y no genere sentimientos de culpa
La recta final del curso suele generar la misma sensación en miles de hogares: más que equilibrarse, la vida familiar y el trabajo se empujan mutuamente. O sea, que al final del día se llega a casa con la sensación de haber intentado abarcar demasiado, y en realidad no haber logrado estar en ningún sitio del todo. Por si faltaba algo, los expertos alertan de que en estos casos suele aparecer un invitado no deseado: la culpa. Por no rendir más en el empleo, por no estar más disponible en casa...
La doctora Laura Guzmán, psicóloga experta en psicología social y autora en Greater Good Magazine de la Universidad de California en Berkeley, explica por qué este fenómeno está cada vez más generalizado en casi todo el mundo occidental: muchas personas, dice, «no están fallando en conciliación»; simplemente, están intentando «sostenerlo todo», pero «sin un criterio claro» para decidir qué entra y qué sale del esfuerzo diario.
La propuesta de esta experta no parte de ninguna fórmula milagrosa, ni elude la realidad estructural que es imposible de cambiar para casi todas las familias: la dependencia de dos salarios para poder subsistir. Al contrario, Guzmán propone más bien «un cambio de enfoque» que sí está al alcance de cualquiera: dejar que «el propósito» –es decir, lo que de verdad nos importa– actúe como brújula cuando hay tensión entre trabajo y familia.
Y a partir de ahí, propone concretarlo con decisiones concretas, pequeñas, repetibles, a partir de tres consejos muy específicos.
1) Define tu propósito en dos líneas
El primer consejo de Guzmán es el que define como «más difícil» para la cultura contemporánea: obligarse a elegir. «Cuando todo compite por tu tiempo, necesitas un norte», explica. En su planteamiento, el propósito no es «hacer más», sino saber por qué hacemos lo que hacemos.
Y da algunos ejemplos: si tu propósito es «cuidar la relación con mis hijos» y «trabajar con excelencia sin destruir mi salud», entonces muchas decisiones se aclaran solas. No porque sea fácil, sino porque deja de ser un regateo constante con la culpa.
Guzmán insiste en que el propósito «sirve para ordenar prioridades» cuando llegan las «renuncias inevitables». En síntesis, recuerda que conciliar no es «lograrlo todo» sino tener la capacidad de reconocer lo esencial.
2) Conviértelo en límites concretos
El segundo consejo de la experta implica traducir esa suerte de brújula ideal en límites visibles. Ducho de otro modo: abandonar el «a ver si puedo» para establecer con uno mismo acuerdos concretos: horarios de salida, ventanas sin correo, momentos protegidos en casa... Y propone preguntarse: ¿qué límite hace coherente mi vida con mi propósito?
Con un matiz importante: los límites, explica, no son muros para aislarse, sino fronteras para que la vida familiar «tenga espacio real». Y también para que el trabajo no se convierta en una presencia constante que lo invade todo.
Además, rebate una idea muy extendida: poner límites no es egoísmo, sino responsabilidad, porque cuando no existen, la familia paga el precio en forma de «estar pero no estar»: ausencia completa o presencia física pero ausencia mental.
3) Ajusta el «equilibrio» por temporadas
El tercer consejo es perfecto para momentos como el final del curso: asumir que el equilibrio perfecto no existe. Por eso, Laura Guzmán plantea que la conciliación debe vivirse «por temporadas», asumiendo que habrá rachas de más trabajo y otras de mayor exigencia familiar.
La clave es que «el propósito siga guiando el reparto», sin caer en «la autoexigencia destructiva».
De hecho, esta doctora en Psicología insiste en la necesidad de ser «autocompasivo» para no caer en un sentimiento de culpa asfixiante y crónico.
En síntesis, esta experta de la Universidad de California en Berkeley propone cambiar la pregunta cotidiana que tantos padres se hacen, para pasar de «¿cómo puedo llegar a todo?», a «¿qué puedo hacer hoy que sea fiel a lo importante?». Un cambio de visión que no elimina el cansancio, pero ordena las prioridades.