La escritora estadounidense Mary Eberstadt
La familia en una frase
Mary Eberstadt, ensayista: «La vida familiar está basada en el sacrificio y en la entrega de uno mismo»
Casada y madre de cuatro hijos, Mary Eberstadt sostiene que la experiencia familiar enmienda un dogma de la actual cultura individualista: amar de verdad significa sacrificar parte de uno mismo en el altar del otro
El término sacrificio no figura entre las palabras elegidas habitualmente para promocionar la vida familiar. Más bien al contrario: se habla de felicidad, de realización personal, de compañía… Pero resulta mucho menos frecuente mencionar las noches sin dormir, las renuncias profesionales o las decisiones que obligan a recolocar las necesidades de otro por delante de las propias.
La escritora estadounidense Mary Eberstadt lo ha expresado sin rodeos en una entrevista concedida a la plataforma de promoción filosófica Praxis Circle: «Si alguna vez has estado casado o has tenido hijos, sabes que la vida familiar está basada en el sacrificio. En el sacrificio y en la entrega de uno mismo».
De este modo, la ensayista estadounidense, lejos de desalentar a los jóvenes para formar una familia, explica por qué la familia y la fe cristiana se han sostenido mutuamente a lo largo de la historia: porque quien aprende a vivir para los otros, sintetiza Eberstadt, comprende mejor una religión fundada en la entrega.
Una madre que ve la familia como objeto de estudio
Menos conocida en Europa que en Estados Unidos, Eberstadt se ha convertido en una de las voces de referencia del panorama conservador contemporáneo.
Creció en una zona rural del estado de Nueva York, estudió Filosofía y Ciencias Políticas en la Universidad de Cornell, y desarrolló después una carrera como investigadora, editora y autora especializada en religión, revolución sexual, identidad y crisis familiar.
Casada con Nicholas Eberstadt, economista y demógrafo reconocido por sus estudios sobre población, tienen cuatro hijos ya adultos. De hecho, la maternidad no aparece en su obra como un simple dato biográfico, sino que constituye una de las experiencias desde las que analiza las consecuencias sociales del debilitamiento familiar.
Así, en libros como Home-Alone America; Adan y Eva después de la píldora, o Primal Screams, Eberstadt estudia la soledad de los niños y los adolescentes, los efectos de la revolución sexual en la mujer, la sociedad y el matrimonio, y la relación entre la fragmentación familiar y las nuevas políticas de identidad de género.
Familia y religión se sostienen una a otra
La cita que nos ocupa procede de una amplia conversación difundida por Praxis Circle sobre las tesis que ya espuso en uno de sus libros más conocidos, Cómo occidente perdió realmente a Dios, publicado en 2013.
El libro invierte, de forma provocadora, una explicación habitual, y no sostiene únicamente que la pérdida de la fe debilite a la familia, sino que, de hecho, cuando disminuyen los matrimonios estables y el número de hijos, la religión resulta más difícil de comprender y transmitir.
La razón, señala Eberstadt, es que la experiencia de cuidar a un niño introduce al adulto en una lógica distinta de la autonomía absoluta: la del don de sí mismo. Algo que le obliga a aceptar que la finalidad más alta de una vida no siempre consiste en buscar la propia comodidad, y que le abre a la trascendencia de una forma casi natural.
Eberstadt aclara que existen creyentes solteros y familias sin fe, pero expone cómo la gramática evangélica del sacrificio resulta más reconocible para quien vive diariamente en la responsabilidad y la donación hacia un cónyuge o unos hijos.
Lo que nadie cuenta antes de tener hijos
La tesis de Eberstadt puede ser discutida al argumentar que presentar la familia exclusivamente como sacrificio sería injusto. Entre otras cosas, porque la entrega contiene también alegría, intimidad y una forma de plenitud que no se alcanza cuando uno permanece encerrado en sí mismo.
Sin embargo, la autora señala los problemas que surgen cuando se promete que el matrimonio y la paternidad serán compatibles con conservar intactos todos los planes anteriores a la vida en pareja, y se pretende vivir la familia como cuando se estaba soltero. Porque aunque los hijos alteran los horarios, las prioridades, las economías e incluso los cuerpos, también, y sobre todo, ensanchan el corazón.
Y en una sociedad que considera toda renuncia como sinónimo de fracaso, y que por ello termina contemplando la familia como una amenaza, Eberstadt recuerda que las renuncias elegidas y asumidas por amor no reducen a la persona, sino que la hacen capaz de convertirse en don.