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G.K. Chesterton con su mujer, Frances, en una imagen de archivo

G.K. Chesterton con su mujer, Frances, en una imagen de archivo

La familia en una frase

G. K. Chesterton, escritor: «El efecto evidente del divorcio frívolo será el matrimonio frívolo»

Chesterton advirtió hace más de un siglo que, cuando romper una unión deja de exigir razones –ni siquiera graves–, también casarse corre el riesgo de convertirse en una decisión ligera y provisional

Cuando G. K. Chesterton se encumbró en la cima de la literatura anglosajona, el divorcio entre la sociedad anglicana –nacida precisamente por los devaneos amorosos de Enrique VIII, quien rompió con Roma para poder divorciarse de Catalina de Aragón y amancebarse con su amante Ana Bolena– ya llevaba casi 400 años haciendo estragos en muchos hogares.

Por eso, el autor de obras tan célebres como La taberna errante o El hombre que fue jueves no tuvo más que abrir los ojos a su alrededor para comprobar que la ligereza a la hora de romper una unión no era independiente de la facilidad irresponsable con que se había formado.

«El efecto evidente del divorcio frívolo será el matrimonio frívolo. Si las personas pueden separarse sin razón, también encontrarán mucho más fácil unirse sin razón», escribió en The Superstition of Divorce, publicado en 1920.

Porque Chesterton no sostenía que todos los matrimonios fueran felices, ni negaba la existencia de situaciones dramáticas. Su crítica se dirigía a la transformación cultural que provoca el divorcio: dejar de considerarlo el reconocimiento doloroso de un fracaso para presentarlo como una salida ordinaria ante la insatisfacción.

Un hogar feliz y un matrimonio sin hijos

Gilbert Keith Chesterton nació en Londres en 1874, dentro de una familia acomodada de clase media. Su padre, Edward, trabajaba en el sector inmobiliario, pero en casa construía teatros de juguete, dibujaba y alentaba la imaginación de sus hijos. El escritor recordaría aquella infancia como profundamente feliz.

En 1901 se casó con Frances Blogg, a quien había conocido varios años antes. Ella era anglicana practicante y tuvo una influencia decisiva en su visión del cristianismo, con una búsqueda de la verdad que llevaría a Chesterton a pedir ser incorporado a la Iglesia católica en 1922.

El matrimonio permaneció unido hasta la muerte del escritor, en 1936. No tuvieron hijos, una ausencia que ambos vivieron con dolor, aunque demostrando que la fecundidad esponsal va mucho más allá del mero alumbramiento: ambos acogieron a numerosos amigos y convirtieron su casa de Beaconsfield en un lugar de conversación, hospitalidad y vida intelectual.

Una defensa del compromiso

La superstición del divorcio reúne una serie de artículos en los que Chesterton analiza las consecuencias sociales de banalizar la ruptura matrimonial. El título contiene, ya de primeras, una provocación: para él, la auténtica superstición consistía en creer que el divorcio resolvería por sí solo la infelicidad, los errores de elección o el egoísmo.

Al contrario, el escritor veía el matrimonio como una institución que protege la libertad precisamente porque obliga a tomar en serio la palabra dada.

Si toda dificultad se interpreta como motivo suficiente para comenzar de nuevo, también desaparece la necesidad de prepararse, elegir con prudencia y perseverar.

Más de cien años después, la advertencia de Chesterton sigue resultando singularmente provocadora.

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