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Maria MontessoriGetty Images / iStock

La familia en una frase

María Montessori, pedagoga: «Un individuo es disciplinado cuando es dueño de sí mismo»

María Montessori no entendía la disciplina como obediencia ciega, sino como una conquista interior, y proponía que educar no consiste en lograr que el hijo se porte bien, sino en ayudarle a gobernarse

María Montessori nació en Chiaravalle, Italia, en 1870, y desafió desde joven los límites que su época imponía a la educación de niños y jóvenes.

Ella misma estudió Medicina cuando casi nadie esperaba ver a una mujer en una facultad científica y se convirtió en una de las primeras médicos italianas.

Su mirada sobre la infancia nació, en buena medida, de esa mezcla de rigor clínico, observación paciente y confianza en las capacidades del niño.

En sus primeros años trabajó con niños con discapacidad, y después con pequeños de los barrios populares de Roma, en la célebre Casa dei Bambini, inaugurada en 1907.

Allí comprendió algo que a la postre resultaría decisivo para su propia vida, y las de las generaciones que le sucederían: muchos niños considerados inquietos, desordenados o «incapaces» no necesitaban simplemente más castigos, sino un ambiente mejor preparado, una actividad con un sentido práctico y, sobre todo, adultos responsables e implicados, capaces de observar antes de imponer.

La verdadera disciplina

De esa experiencia procede una de sus afirmaciones más profundas sobre la educación: «Un individuo es disciplinado cuando es dueño de sí mismo». La cita, en ocasiones opacada por la novedad de sus metodologías aún hoy innovadoras, aparece en El descubrimiento del niño y resume una idea central de su método: la disciplina verdadera no se reduce a la quietud exterior, sino al dominio interior.

De hecho, en ese mismo libro, Montessori explica que la disciplina no puede imponerse como una orden externa, sino que debe surgir del trabajo del propio niño: «La disciplina debe ser activa. No es disciplinado un individuo cuando se le ha convertido artificialmente en un ser silencioso como un mudo o inmóvil como un paralítico». Para la pedagoga italiana, el objetivo no era conseguir niños dóciles, sino personas capaces de actuar con autonomía y control.

Obedecer no es lo mismo que madurar

Montessori no negaba la importancia del orden. Al contrario, su pedagogía concede mucho valor al ambiente, al silencio, a los materiales, a los hábitos y a la repetición. Pero distinguía entre un niño sometido y un niño que aprende a regirse con dominio de sí.

Porque un pequeño puede estar callado en casa por miedo. O puede obedecer porque su madre lo vigila. Puede recoger los juguetes sólo para evitar un castigo. Y todo eso produce una apariencia de disciplina, aunque no necesariamente forma la voluntad auténtica.

Para Montessori, educar es algo más exigente. Se trata de ayudar al niño a conquistar progresivamente el dominio de sus movimientos, de su atención, de sus impulsos y de su relación con los demás. De ahí que en El descubrimiento del niño insista en que el papel del adulto no es moldear al niño desde fuera, sino favorecer las condiciones para que pueda desarrollarse: «La educación no es algo que haga el maestro; es un proceso natural que se desarrolla espontáneamente en el individuo humano».

El adulto que sabe retirarse

Junto a estas, una de las ideas centrales de Montessori es que la tarea del adulto no consiste en dirigir cada gesto del niño, corregir cada movimiento y anticipar cada dificultad, sino en preparar un ambiente donde pueda ejercitarse.

«La primera tarea de la educación es agitar la vida, pero dejarla libre para que se desarrolle», escribe. Y esa confianza en la capacidad del niño explica buena parte de su método: el padre o la madre guían, presentan materiales y acompañan, pero no sustituyen la actividad interior del hijo.

Algo que exige presencia, pero también humildad, porque Montessori recuerda que nadie se vuelve dueño de sí mismo si siempre ha sido gobernado por otro.

Disciplina para la vida (adulta)

La meta, por tanto, no es que el niño parezca perfecto delante de los adultos, sino que vaya adquiriendo capacidad para dirigir sus propios actos.

La disciplina, entendida en sentido montessoriano, es una conquista gradual: aprender a concentrarse, a respetar, a esperar, a ordenar y a actuar con responsabilidad.

Con un matiz que conviene no olvidar: cuando la célebre pedagoga afirma que «un individuo es disciplinado cuando es dueño de sí mismo»... también aplica a los adultos.