Gregorio Luri, en El Debate
La familia en una frase
Gregorio Luri, filósofo y pedagogo: «Todo niño tiene derecho a unos padres tranquilos e imperfectos»
El filósofo navarro Gregorio Luri ha convertido el sentido común en una forma de resistencia educativa, y recuerda que los hijos no necesitan padres héroes eficientes, pero agotados, sino serenos y cariñosos
Basta una conversación con cualquier padre o madre que ronde la treintena (o pase de los cuarenta) para comprobar que uno de los sentimientos más extendidos entre las familias actuales es la de no llegar a todo, o peor, llegar a todo... pero mal.
Madres que llegan a la noche con la sensación de no haber jugado lo suficiente, padres que saben que han gritado más de la cuenta, otros que han preparado una cena de rancho que ha generado protestas, o quienes han cedido ante una pantalla o han olvidado revisar una tarea.
Y a la culpa cotidiana se suma un mercado entero de expertos, métodos y cuentas de Instagram o TikTok que parecen repetirles: podrías, y deberías, hacerlo mejor.
Para todos ellos, sin embargo, llega el consejo de uno de los filósofos y pedagogos más relevantes de nuestros días, el navarro Gregorio Luri: «Todo niño tiene derecho a unos padres tranquilos e imperfectos».
Elogio de la vida imperfecta
La cita, hoy reproducida en no pocos manuales de educación, sintetiza buena parte del pensamiento de Luri, y la pronunció en una ponencia recogida por Educar es Todo, dentro de una reflexión sobre la familia normal y la educación posible.
Una idea que, como toda la obra de Luri, no invita a la dejadez, sino al contrario: devuelve la educación y la vida de familia al terreno de la realidad, donde tiene lugar el asombro y la verdadera transmisión moral.
El maestro que reivindica la normalidad
Gregorio Luri nació en Azagra, Navarra, en 1955. Filósofo, pedagogo y maestro, ha desarrollado una larga trayectoria como profesor, ensayista y conferenciante. De hecho, el autor de obras como La escuela no es un parque de atracciones se ha convertido en una de las voces más reconocibles del debate educativo español.
Su obra ha defendido la atención, el esfuerzo, el conocimiento, la autoridad bien entendida y el papel insustituible de la familia.
Libros como Mejor educados o Elogio de las familias sensatamente imperfectas resumen bien su posición: educar no consiste en aplicar recetas o marcar tips de una lista, sino en mantener una presencia adulta constante, cariñosa, razonable y confiada, capaz de educar desde el ejemplo de una vida imperfecta y frágil, pero que aspira a ser virtuosa.
Además, Luri habla desde su propia experiencia de padre y abuelo –«No tengan ustedes hijos, tengan sólo nietos que es lo que merece la pena», ha bromeado en alguna ocasión–, no desde la teoría pedagógica. Algo que da a sus intervenciones un tono poco habitual: exigente, pero no culpabilizador.
Cuatro palabras clave para un hogar
En aquella misma ponencia, Luri proponía cuatro «palabras mágicas» para la educación de los hijos: los habituales «por favor», «gracias», y «perdón», a la que añadía «confío».
Según Luri, el niño bien educado no sería simplemente el que obedece, saca buenas notas o acumula «competencias», sino que «un hijo no está bien educado si no es capaz de corresponder al amor que ha recibido».
Porque sólo quien se sabe querido por sí mismo, a pesar de sus defectos y no por modelos inalcanzables, puede aprender a querer también sus límites.
Una generación de padres agotados
El momento histórico actual ha multiplicado la vigilancia sobre la crianza, y cada decisión parece expuesta a un juicio sumario. Poco importa que el asunto nuclear sea la lactancia, la elección de colegio, las extraescolares, cuándo dar o no el móvil, cómo gestionar los deberes, qué rutinas de sueño aplicar, cómo hacer un menú de comidas saludables durante el verano o cómo aplicar o no los castigos.
El resultado es una generación de padres hiper informados, pero a menudo agotados y, como es lógico, incapaces de alcanzar la perfección de tantos estándares.
Por eso, como recuerda Luri, la serenidad en la educación en el hogar no consiste en hacer las cosas como si nada importara, o como si todo fuese relevante. Consiste en comprender que la familia no es un laboratorio, ni una empresa en la que prime la eficiencia.
Los hijos, recuerda Luri, necesitan normas, conversación, afecto y ejemplo. Pero también necesitan comprobar que los adultos saben que pueden equivocarse sin derrumbarse, que pueden pedir perdón ganando con ello autoridad, y seguir queriendo de forma incondicional sin dramatizar cada error.
La nota de fondo que aporta Luri es tan humana como necesaria: el mejor regalo educativo para los hijos no es que tengan padres perfectos, sino padres que los aman, y que son lo suficientemente buenos para volver a intentarlo cada día.