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Cristina Noriega García

Ni viajes, ni planes: una psicoterapeuta explica cuáles serán los mejores recuerdos de tus hijos este verano

La doctora Cristina Noriega, psicoterapeuta, profesora de Psicología en la Universidad San Pablo CEU y colaboradora del Instituto CEU de Estudios de la Familia, reflexiona sobre los recuerdos que realmente permanecen de las vacaciones en la niñez

Unos niños juegan con el agua de un aspersorGetty Images / iStockphoto

Hace semanas que mis hijos preguntan cuántos días faltan para volver a la casa de verano donde nuestra familia lleva reuniéndose generaciones.

Allí pasé los veranos de mi infancia con mis abuelos y ahora son ellos quienes están construyendo sus propios recuerdos. Sin embargo, cuando les preguntamos qué es lo que más esperan de las vacaciones, la respuesta rara vez tiene que ver con el destino. Hablan de los primos, de los tíos, de los abuelos, de los amigos a los que solo ven en verano, de las bromas que se repiten cada año, de las anécdotas familiares o de esas comidas que parecen saber mejor cuando se disfrutan sin prisas.

Escuchándoles, pienso que quizá los adultos nos complicamos demasiado cuando hablamos de vacaciones.

Con frecuencia buscamos experiencias cada vez más sorprendentes. Parece que el verano tiene que ser extraordinario para merecer la pena. Planificamos viajes, perseguimos nuevos destinos y sentimos cierta presión por aprovechar cada minuto. Sin embargo, cuando recordamos los veranos que realmente dejaron huella en nuestra vida, rara vez aparecen en primer plano los hoteles, los itinerarios o las actividades programadas.

Lo que permanece son las personas.

Los niños tienen una forma especial de mirar el verano. No suelen medirlo en kilómetros recorridos ni en listas de lugares visitados. Saben disfrutar de aquello que a los adultos a veces nos pasa desapercibido: una tarde de juegos, un helado después de la playa, una partida de cartas, una conversación divertida durante la comida o el simple hecho de reencontrarse con las personas a las que quieren. En cierto modo, nos recuerdan que la felicidad suele esconderse en las pequeñas cosas.

Los niños tienen una forma especial de mirar el verano. En cierto modo, nos recuerdan que la felicidad suele esconderse en las pequeñas cosas

Recordamos las tardes compartidas con los primos y los amigos del verano, los juegos que parecían no tener fin, las historias contadas por los abuelos, las conversaciones al caer la noche y las sobremesas que se alargaban sin mirar el reloj. Son recuerdos sencillos y, precisamente por eso, extraordinarios.

Tendemos a pensar que la felicidad depende de acumular experiencias nuevas. Sin embargo, muchas veces lo que más valoramos no es la novedad, sino la conexión. Lo que buscamos son espacios donde podemos compartir tiempo con los demás y sentirnos parte de una historia común.

El verano nos ofrece una oportunidad privilegiada para ello. Durante gran parte del año vivimos pendientes de horarios, tareas y compromisos. Las vacaciones nos permiten bajar el ritmo, conversar más, escuchar mejor y disfrutar de la compañía de familiares y amigos.

Quizá por eso muchos de nuestros recuerdos más valiosos tienen escenarios sorprendentemente cotidianos: una casa familiar, una playa conocida, un parque lleno de niños o una mesa alrededor de la cual varias generaciones comparten historias y risas. Lugares que probablemente no aparezcan en ninguna guía de viajes y que, sin embargo, ocupan un lugar permanente en nuestra memoria.

Es en esos encuentros donde se fortalecen los vínculos que sostienen nuestra vida. Allí los niños aprenden quiénes son y de dónde vienen. Allí los mayores siguen transmitiendo recuerdos, experiencias y formas de mirar el mundo. Allí descubrimos que las relaciones necesitan algo más que mensajes y llamadas: necesitan presencia.

Con el paso de los años olvidaremos muchos detalles. Se difuminarán fechas, trayectos y planes concretos. Pero permanecerán las conversaciones, las risas compartidas, los juegos con los primos, los amigos del verano y las historias escuchadas una y otra vez.

Tal vez esa sea la razón por la que los mejores recuerdos del verano rara vez están asociados a lo más espectacular. Casi siempre nacen de lo más cotidiano.

Tal vez este verano podamos redescubrir, con la ayuda de los niños, algo que a menudo olvidamos: que la alegría suele encontrarse mucho más cerca de lo que imaginamos, en las pequeñas cosas y en las personas con las que compartimos la vida.

Cristina Noriega García es psicoterapeuta y profesora Titular del Departamento de Psicología de la Universidad San Pablo CEU, y colaboradora del Instituto CEU de Estudios de la Familia.

  • Cristina Noriega García es psicoterapeuta y profesora Titular del Departamento de Psicología de la Universidad San Pablo CEU, y colaboradora del Instituto CEU de Estudios de la Familia.