O Pedrouzo - Santiago de Compostela

O Pedrouzo - Santiago de Compostela

Trucos para peregrinar con niños

El Camino de Santiago, con mi hija: última etapa, O Pedrouzo-Santiago

La peregrinación llega hoy a su fin, postrándonos ante la tumba del Apóstol Santiago, el amigo del Señor, no sin antes pasar por el famoso Monte de Gozo. Algo más de 20 kilómetros nos separan de nuestro destino, y hay que saber dosificarse porque es uno de los tramos más exigentes de todo el Camino

Millones de almas han recorrido a lo largo de los siglos el camino que hoy recorren nuestros pies. Santos, pecadores, nobles, mendigos, enfermos, deportistas, soldados, convictos, personajes famosos, sombras del pasado de cuya vida nadie conserva ya memoria, extranjeros, ancianos y, cómo no, niños. Todos ellos han ollado estas sendas y arribado a los pies de la tumba de Santiago Apóstol, el llamado «hijo del trueno», el evangelizador de España, como hoy lo haremos nosotros.

Por eso, la emoción y los nervios laten en el pecho... y pueden también jugarnos una mala pasada. Porque estos 20 kilómetros que separan O Pedrouzo de la capital compostelana son, para sorpresa de muchos, unos de los más exigentes del Camino.

La etapa, en sus dos últimos tercios de recorrido, ya no discurre por bosques de umbría, sino por tramos asfaltados y urbanos, mucho menos vistosos –incluso bastante feos en las inmediaciones del aeropuerto y de la radio televisión gallega–, y con un sube y baja de cuestas que parece no acabarse nunca.

La promesa que se aventura desde el Monte de Gozo, con esa primera vista de las torres de la catedral (un lugar de enorme simbolismo, pero que hoy ha perdido toda belleza y atractivo para los peregrinos, con unos barracones funcionales pero sin alma), esconde también un engaño, pues falta algo más de una hora para que podamos pisar la Plaza del Obradoiro.

Paso a paso, dosificando las fuerzas finales, llegaremos, no obstante, a nuestro destino: juntos, pequeños y mayores obtendremos nuestra «compostela» que nos acredita como peregrinos; veremos el botafumeiro en la misa del peregrino; abrazaremos la figura del apóstol, rezaremos en familia ante su tumba, y descubriremos, postrados de rodillas en la capilla del Santísimo –donde no descansa un cuerpo sin vida, sino donde vive el mismo Jesús por quien Santiago dio la vida– que el verdadero camino que cambia la vida no es el que acaba en Compostela, sino el que arranca ahora, al volver a casa. A nuestro hogar.

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