El peligro de que el efecto «culo veo, culo quiero» cambie la forma en que miramos nuestra familia
«Decimos que queremos hijos únicos, pero después nos inquieta que sean demasiado distintos. Ser diferente no siempre resulta cómodo», alerta Paloma Fernández de Mesa, madre de cinco hijos y creadora de contenido.
La autora, junto a sus hijos, en el monte Urgull de San Sebastián, lugar de la anécdota que relata
Este verano hemos recorrido en familia algunos lugares impresionantes del norte de España. Y hemos hecho, sin darnos cuenta, lo que hacemos siempre: comparar.
«Esta playa es más bonita que la de ayer». «A mí me gustó más aquel pueblo». Qué manía tenemos de comparar hasta la belleza.
Vivimos rodeados de clasificaciones —los mejores colegios, las mejores playas, los profesionales más influyentes— y cada vez que veo una de esas listas pienso lo mismo: ¿mejores para quién? Una playa no necesita aparecer en un ranking para ser preciosa. Un colegio puede no estar entre los mejores y ser, aun así, exactamente el que necesita tu hijo.
Para gustos, los colores. Y para vidas, también.
En casa nos gusta mirar las casas imponentes que vemos desde la orilla de la playa. Es casi un juego: imaginamos quién vivirá allí, cómo será por dentro, cómo sería desayunar cada mañana con esas vistas... Y cada uno elige su favorita, como quien elige el color de la ficha del parchís.
Hace unos días lo hicimos desde el monte Urgull, en San Sebastián. Y a la pregunta de siempre —«¿quién vivirá ahí?»— le siguió otra, más interesante: «¿cuánto habrán tenido que trabajar para conseguir una casa así?».
Me gusta que mis hijos se lo pregunten. Admirar lo que otro ha conseguido también puede despertar ganas de esforzarse. El problema no es mirar esa casa y pensar «me encantaría» —a mí me encantaría—. El problema aparece al volver a la nuestra y encontrarla, de repente, un poco peor.
Vemos muy poco de la historia que hay detrás de lo que admiramos. Vemos la casa, pero desconocemos los años de trabajo. Vemos el éxito, pero no los errores, las renuncias o incluso la suerte que pudo haber detrás.
Y siempre habrá alguien con una casa más grande, un puesto más reconocido o unas vacaciones más espectaculares. Vivir mirando al que tiene más hace que nunca terminemos de estar satisfechos.
Siempre habrá alguien con una casa más grande, un puesto más reconocido o unas vacaciones más espectaculares. Vivir mirando al que tiene más hace que nunca terminemos de estar satisfechos.
Conseguimos algo que llevábamos tiempo deseando y, casi antes de disfrutarlo, ya hemos visto el siguiente escalón.
No hemos dejado de tener cosas buenas. Hemos dejado de verlas.
Antes de Instagram ya existían la casa del vecino, las notas del compañero de clase y el coche del cuñado. Las redes no inventaron la comparación: simplemente multiplicaron el número de vidas a las que podemos asomarnos. Desayunamos viendo la cocina de una desconocida, comemos viendo las vacaciones de otra familia y nos acostamos contemplando el éxito de alguien que parece haberlo conseguido todo.
Después cerramos la aplicación y miramos alrededor: nuestra cocina, nuestro cuerpo, nuestro trabajo, nuestra casa.
Trabajo en redes sociales y sé bien lo que hay detrás. Elegimos una fotografía y descartamos otras veinte. Lo que enseñamos es real, pero no es toda la realidad.
Mis hijos han crecido viendo ese mundo desde dentro. Han venido conmigo a eventos y han comprobado que una fotografía de varias personas juntas y sonrientes no significa necesariamente que sean amigas. Una cosa son los amigos y otra las personas con las que coincidimos.
Una imagen puede ser completamente verdadera y, al mismo tiempo, no contar toda la historia.
Pero la comparación empieza mucho antes de que un hijo tenga un móvil en la mano. Empieza en casa.
El responsable. El ordenado. El estudioso. El que más ayuda.
Los padres comparamos más de lo que pensamos y casi siempre con buena intención. Creemos que el ejemplo de un hermano o de un amigo puede servir para motivar. Sin querer, podemos estar enseñándoles a mirar al de al lado para saber si lo están haciendo bien.
Y después nos preocupa que quieran parecerse a todos. Vestir igual, hacer los mismos planes, tener las mismas cosas. «Es que van todos». «Es que lo tienen todos».
Nuestros cinco hijos han crecido en la misma casa y son completamente distintos. Como tiene que ser.
Decimos que queremos hijos únicos, pero después nos inquieta que sean demasiado distintos. Ser diferente no siempre resulta cómodo. A veces el precio de pertenecer al grupo parece ser esconder aquello que te hace diferente.
Decimos que queremos hijos únicos, pero después nos inquieta que sean demasiado distintos. Ser diferente no siempre resulta cómodo.
Este verano hemos visto playas completamente distintas y ninguna necesitaba parecerse a otra para ser preciosa. Con las personas debería pasar lo mismo.
Educar es, en parte, ayudar a un hijo a descubrir quién es y darle seguridad para conservarlo. Para pertenecer sin dejar de ser él mismo.
De niños miramos a la pandilla. Después llegan la universidad, los amigos, las redes sociales, el trabajo.
Hay una expresión de toda la vida, bastante poco elegante, que lo resume perfectamente: «culo veo, culo quiero».
De pequeños queremos lo que tienen nuestros amigos. De mayores tampoco cambiamos tanto.
Cuánto deberíamos ganar. A qué edad tendríamos que haber llegado a determinado puesto. Qué casa corresponde tener. Qué significa que nos vaya bien.
Y podemos terminar haciendo algo mucho más serio que compararnos: empezar a querer lo que quieren los demás.
No todos entendemos el éxito igual. Hay quien sueña con dirigir una gran empresa y quien prefiere tener más tiempo. Quien quiere conocer medio mundo y quien es feliz volviendo cada verano al mismo pueblo.
El peligro está en pasar años persiguiendo lo que otros consideran importante y descubrir, un día, que hemos construido una vida estupenda, pero que no era exactamente la que queríamos.
No hablo de conformarse. Merece la pena preguntarse de vez en cuando si lo que perseguimos lo queremos nosotros o simplemente hemos aprendido a quererlo.
Desde Urgull, aquella casa seguía siendo maravillosa. Sí, me encantaría desayunar mañana mirando al mar desde una terraza así. Y me encantaría que mis hijos soñaran a lo grande, que se esforzaran y que supieran alegrarse por lo que otros consiguen. Pero también que aprendieran a distinguir cuándo un sueño es suyo y cuándo simplemente lo han visto en la vida de otro.
Siempre habrá otra casa que mirar.
Lo importante es que, de tanto compararnos con la vida de los demás, no terminemos olvidándonos de vivir la nuestra.
* Paloma Fernández de Mesa es madre de familia numerosa y creadora de contenido en Instagram.