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Marieta e Iñigo, en su viaje de luna de miel a Florencia, en 2023

Marieta e Iñigo, casados con 24 y 26 años: «Casarnos pronto no fue perder la juventud, sino salir ganando»

Tienen 27 y 29 años, ya son padres de dos pequeños, y después de años compartiendo su noviazgo por redes sociales explican cómo vive hoy un matrimonio joven, capaz de ir contracorriente.

Cuando tenían sólo 16 y 18 años, Marieta Moreno e Íñigo Tornos empezaron a quedar juntos, sin el resto de su pandilla. Ahí comenzó una relación de amistad que cristalizaría, dos años después, en un noviazgo de juventud. Hasta aquí, nada extraño: una historia de amor casi adolescente como el que viven tantos otros chicos y chicas de su edad. Lo diferente vendría después.

Porque gracias al ejemplo de su familia, a la formación que recibieron en sus colegios y al acompañamiento de su director espiritual (el sacerdote y creador de contenido Joaquín Herández, @joaquinconp) ambos empezaron un noviazgo en profundidad, asentado en la comunicación y en la confianza, que les permitió conocerse en aspectos esenciales y reconocerse el uno al otro –con incertidumbres y miedos, pero también con profunda certeza– como la persona con la que formar una familia, para siempre. Y así lo fueron contando en la cuenta @3gether_, seguida por más de 25.000 jóvenes como ellos.

Una noche, tras una charla de cuatro horas en el coche, se dieron cuenta de que la etapa del noviazgo ya tocaba a su fin. Y así, en un momento histórico en el que cada vez menos parejas se casan, y las que lo hacen, lo hacen cada vez más tarde, ellos se dieron el «Sí quiero» cuando contaban sólo con 24 y 26 años. Hoy, tres años y medio después, son padres de Almudena (2 años y medio) y Bosco (7 meses), y cuentan cómo es la vida de un matrimonio rodeado de amigos que todavía andan buscando pareja.

–Os casasteis jóvenes, en una época en la que mucha gente de vuestra edad considera que antes hay que viajar, ahorrar, tener trabajo y «vivir la vida». ¿Habéis sentido que os estabais perdiendo algo por casaros pronto?

Marieta: Yo nunca sentí que me estuviese perdiendo nada, porque en mi corazón había un anhelo muy grande de casarme. Nuestro deseo era tan fuerte que la juventud no era ningún impedimento. Y ahora, visto con perspectiva, seguimos viéndolo como una bendición.

Es verdad que hay ocasiones en las que, cuando nos vemos con dos niños superpequeños y, por decirlo de alguna manera, más «enmarronados», quizá nos gustaría ir un poco más a la par que nuestros amigos. Pero no por estar viajando o haciendo determinadas cosas, sino por compartir con ellos un mismo momento vital. Lo bueno es que, con los amigos de verdad, aunque estés en momentos diferentes, te entiendes, te acompañas y te apoyas.

Íñigo: En realidad, casarnos no significó sentir que nos estábamos perdiendo cosas, sino todo lo contrario: estábamos ganando. Yo sentí que ganaba una compañera de viaje, de vida, de baile, para salir, ahorrar… para hacer todas esas cosas que mencionas. Y, además, estando casados hemos hecho muchos de esos planes que parecen tan propios de la juventud.

–Cuando uno se casa joven aún está cambiando muchísimo como persona. ¿Cómo se consigue crecer sin que cada uno termine haciéndolo en una dirección diferente?

Marieta: Esta pregunta me gusta mucho porque Íñigo y yo empezamos a quedar, sin ser novios todavía, cuando yo tenía 16 años, y comenzamos a salir formalmente cuando acababa de cumplir 18. Obviamente, yo tenía entonces una madurez limitada y ni siquiera había empezado la universidad. Tenía —y a día de hoy sigo teniendo— heridas de la infancia y de la adolescencia que quizá una chica que empezase una relación a los 28 años tendría más trabajadas.

En nuestro caso fue muy importante aprender a madurar individualmente para poder madurar juntos. A los cuatro años de noviazgo, en 2020, tuvimos una crisis muy grande, precisamente porque yo no había tenido tiempo para madurar sola y trabajar determinadas cosas de mí misma. Pero aquello no nos llevó a romper, sino a cambiar aspectos de nuestra relación: la gestión del tiempo con los amigos, con la familia, con la fe y también nuestro espacio individual.

Marieta e Íñigo, el día de su boda, en 2023

Y nos vino bien. Porque incluso en el matrimonio, que supone convertirse en una sola carne, necesitas cuidarte individualmente, y cuidar tu relación con Dios, para poder entregarte al otro.

–Íñigo: Lo que nunca hemos perdido de vista es nuestra voluntad de estar juntos y de trabajar por nuestra relación. A lo largo de la vida vas evolucionando en muchas facetas, pero siempre intentamos hacerlo con la intención de crecer juntos. Y cuando aparece algo que puede afectar al matrimonio o a nuestra familia, tenemos la voluntad de trabajarlo juntos, desde una comunicación cercana y cariñosa, intentando llegar a un punto en el que converjan lo que necesita uno y lo que necesita el otro.

–En vuestras redes, una de las cosas que habéis hecho ha sido compartir vuestro noviazgo. ¿Qué factores de un noviazgo bien vivido ayudan más a un buen matrimonio?

Marieta: Vivir un buen noviazgo es clave porque permite cimentar bien las bases del matrimonio. E incluso cuando las bases están bien puestas, el matrimonio es algo tan importante y complejo que no se puede afrontar a la ligera. Y no digo «complejo» de una manera pesimista, sino porque somos personas con heridas, defectos y debilidades.

Hay una cosa que nos caracteriza mucho y que comenzó casi por casualidad. Empezamos a salir muy jóvenes y ninguno de los dos tenía carné de conducir, así que íbamos andando a todas partes. Nos acostumbramos a pasear y a hablar muchísimo, y eso nos ayudó a disfrutar juntos, a conocernos y, sobre todo, a pasar mucho tiempo el uno con el otro.

Vivir un buen noviazgo es clave porque permite cimentar bien las bases del matrimonio. E incluso cuando las bases están bien puestas, el matrimonio es algo tan importante y complejo que no se puede afrontar a la ligera.

Ahora vivimos con tanta rapidez e inmediatez –yo la primera– que eso no siempre es fácil. Para nosotros han sido fundamentales hablar, pasar tiempo juntos e incluso saber estar en silencio juntos. También tener dirección espiritual, ir a misa juntos y ser conscientes de que solos no podemos.

Y disfrutamos mucho comiendo juntos. En mi familia siempre se dice que «la familia que come unida permanece unida». Íñigo y yo intentamos que, cuando nos sentamos a la mesa, estén fuera las distracciones, móviles y todo lo demás.

–Íñigo: Para mí, uno de los factores más importantes es la comunicación. Y no me refiero únicamente a hablar de las cosas que nos gustan o nos entretienen, sino de aquellos temas que pueden resultar más incómodos durante el noviazgo: la economía, el dinero de la familia y del hogar, las familias de origen… Todas esas conversaciones que pueden «picar» hay que tenerlas para sentar bien las bases.

Y querer al otro por encima de todo. Eso no significa dejar de crecer o renunciar a mejorar, sino querer a la otra persona como es, también en sus debilidades, inseguridades y flaquezas.

Marieta: Además, en nuestro caso también ha sido muy importante la castidad.

–Esto hoy sí que es poco frecuente. ¿Cómo lo vivisteis?

Marieta: En un noviazgo tan largo como el nuestro puede resultar difícil. Además, empezamos muy jóvenes y yo era bastante inocente y apenas conocía nada de todo esto. Pero creo que nuestro compromiso de vivir la castidad hasta el matrimonio también nos hizo muy fuertes y nos enseñó a hacer equipo. A veces uno tiene más fuerza y sostiene al otro. E incluso cuando no comprendes del todo el porqué, confías en que aquello es bueno y te ayudas mutuamente a vivirlo. Y realmente, te das cuenta de que vivirlo así es muy bueno.

Marieta, junto a su hija Almudena, cuya cara nunca comparten en redes sociales

–Ahora tenéis dos niños. ¿Qué descubristeis del otro cuando os convertisteis en padre y madre?

Marieta: Íñigo como padre me ha sorprendido muchísimo. Creo que ni siquiera él era consciente de lo niñero que era. Es el típico que se tira al suelo a jugar y repite la misma broma 150 veces con tal de que los niños se rían. Y no sólo con sus hijos, sino también con sus sobrinos o con los hijos de nuestros amigos. También le veo muy paciente –conmigo tiene menos paciencia (ríe)–. Si yo fuera mis hijos, querría tener un padre como él. Le admiro mucho como padre, aunque quizá no se lo digo demasiado.

A veces incluso me da un poco de rabia porque yo asumo más el papel de «poli malo», porque educo de una manera quizá más rígida o más firme. Pero, sobre todo, me gusta pensar que Íñigo va a conseguir que sus hijos crezcan sabiéndose queridos tal y como son, aun con sus defectos.

–Íñigo: Yo destacaría principalmente dos cosas de Marieta. Por un lado, la ternura con que mira a Almudena y a Bosco. Marieta no es una persona especialmente cariñosa en lo físico, pero con los niños se le cae la baba. A veces le dan esos arrebatos en los que parece que quiere comérselos. Ver cómo esa ternura le sale de una forma tan natural me encanta.

Y, por otro lado, tiene una enorme capacidad para cuidar y proteger. En ese sentido, me recuerda a esa actitud maternal de la Virgen María. Si Almudena está mala, está pendiente de que todo esté bajo control para que no se complique. Si tiene una pelea en el parque, Marieta es la primera que corre a abrazarla y defenderla. Y si tiene que decirle que ella no tenía razón, también se lo dirá.

Está pendiente de que coman bien, de que estén bien, de todo lo que necesitan. A veces esa preocupación le cuesta incluso cierta ansiedad, pero al final es una muestra de cómo se desprende de sí misma: deja de pensar en otras cosas para estar pendiente de sus hijos.

–Hay parejas jóvenes que se quieren, pero retrasan indefinidamente casarse porque esperan tener la vivienda, el trabajo o la economía perfectamente resueltos. Mirando vuestra experiencia, ¿qué hace falta para dar el paso?

Marieta: No quiero sonar superficial, pero sí creo que hace falta tener un mínimo de estabilidad económica. No estoy de acuerdo, ni con depender mensualmente de la economía de tus padres para poder vivir, ni con casarse pensando simplemente: «Ya proveerá Dios». Creo que hay que tener un mínimo. Nosotros nos prometimos con 23 y 25 años. Cuando nos prometimos, yo llevaba unos seis meses con un sueldo fijo y, cuando nos casamos, alrededor de un año. No íbamos holgados, pero podíamos vivir.

¿Qué hace falta realmente? Para mí, como me dijo mi padre, saber cuánto ganas cada mes, comprobar que puedes vivir con ello y tener las cosas muy claras. Creo que ahora existe cierta angustia a la hora de dar el paso. Parece que todo el mundo tiene que encontrarse en un determinado punto vital y que, si tú no estás ahí, te quedas fuera. Y a mí me daría más miedo pensar que podemos estar equivocándonos en una decisión tan importante por dejarnos llevar por eso.

Íñigo: Estoy totalmente de acuerdo. Nunca va a llegar el momento absolutamente idóneo, porque siempre puedes ganar más, ahorrar más o tener las cosas mejor resueltas. Evidentemente hace falta un mínimo, pero también influye mucho la forma en la que vive y piensa hoy la sociedad.

–¿A qué te refieres?

–Íñigo: Estamos muy centrados en nuestro entorno, nuestro bolsillo y nuestra forma de vivir. Eso está relacionado con la primera pregunta: siempre queremos algo más y muchas veces colocamos esos intereses y la comodidad por encima de la aventura que supone formar una familia.

Nos hemos acostumbrado, o aspiramos, a un nivel de vida que nuestros padres o nuestros abuelos no colocaban tan por encima de formar una familia.

Por ejemplo, hay quien quiere esperar hasta comprarse una casa porque considera que alquilar es tirar el dinero. Puede ser verdad o no, pero yo prefiero vivir de alquiler con mi mujer que pasar una eternidad ahorrando para un piso antes de poder casarme. Creo que nos hemos acostumbrado, o aspiramos, a un nivel de vida que nuestros padres o nuestros abuelos no colocaban tan por encima de formar una familia.

–Tener dos hijos pequeños puede convertir el matrimonio en una especie de empresa de logística. ¿Cómo evitáis que vuestra relación termine reducida a organizar la agenda, los niños y las tareas?

Íñigo: Esta pregunta me parece muy buena porque nosotros también pecamos a veces de eso. Dos niños tan pequeños suponen muchísima logística y, si le sumas el trabajo y una casa, hay muchísimas tareas. Hay que tener orden y ser capaces de hablar de organizarse sin empezar a ver al otro como un compañero de trabajo. Y, al margen de todo eso, es fundamental buscar momentos de calidad.

En nuestro caso, a mí me ayuda salir los dos solos de casa. Cambiar de espacio te ayuda a cambiar la cabeza. Igual que ir a la oficina puede ayudarte a ponerte mentalmente en modo trabajo, salir de casa nos ayuda a desconectar de la logística y volver a conectar entre nosotros....

Marieta: ...¡Muchísimo! Hay tardes de baños, cenas, gritos, rabietas, niños malos, mocos, lavadoras… o días en los que parece que esto es un hospital. Y hay veces en las que, después de acostar a los niños, nos miramos, nos tiramos en el sofá y decimos: «Ni me hables. Necesito un detox».

Por eso necesitamos momentos de reconexión en los que recordar: «Seguimos siendo nosotros. Estos niños están aquí porque Dios nos los ha regalado, pero tú y yo tenemos que estar fuertes porque, si no, esto se derrumba».

Iñigo y Marieta

Mi padre siempre dice que nunca hay que dejar de ser novios. Así que intentamos salir y cuando no podemos, buscar al menos pequeños momentos para nosotros.

–Si pudierais hablar con una pareja de veintitantos años que se quiere y quiere formar una familia, pero piensa que aún es demasiado pronto para casarse, ¿qué le diríais?

Íñigo: Lo primero que intentaría es preguntarles por qué consideran que todavía es pronto. En el fondo del corazón, uno sabe si existe una razón de peso o si detrás hay otro tipo de miedos. En nuestro caso recuerdo que, al salir un día de un plan con mis amigos, los dos dijimos: «Se nota que estamos quemando etapas, porque lo que nos apetece ahora es irnos a nuestra casa y hablar, y no pasarnos cuatro horas en el coche». Pero también pienso que, si después de hacer un buen discernimiento consideras que todavía le quedan pasos que dar a la relación, no hay que adelantarse. El matrimonio no es ninguna tontería.

Marieta: Evidentemente, todos los novios pueden decir: «Yo ya quiero irme a vivir con mi novio». No me refiero a eso. Es algo mucho más profundo, un anhelo muy fuerte del corazón. Por ejemplo: Yo soy una persona tremendamente apegada a mis padres, a mis hermanas y a mi familia, y sigo siéndolo. Pero llega un momento en el que, sin quererlos menos, sientes que tu corazón te pide construir otro hogar. Para mí, ahí está también Dios y esa gracia que poco a poco vas descubriendo.

Y yo soy superracional. Necesito tenerlo todo muy controlado. Pensaba: «Cuando me case, o lo veo clarísimo, o me lo tienen que escribir en una pared enorme».

Pero, sinceramente, lo sabes. Tu corazón te lo grita. Yo tuve muchísima incertidumbre y mucha inquietud con este tema. Cuando Íñigo me pidió matrimonio me puse muy nerviosa, pero en el momento en que dije que sí, te prometo que mi corazón descansó. Después, ya pueden volver los miedos, las dudas o las tentaciones, pero aquella paz estaba ahí.