Un niño con movilidad reducida compite en una Carrera Infantil Adaptada en Barcelona
La barrera del ocio: a 3 de cada 10 niños con discapacidad se les pide abandonar sus «actividades inclusivas»
Un estudio de la Fundación Once alerta de que en casi un tercio de las actividades municipales de ocio infantil inclusivo se invita a los menores con discapacidad a «abandonar» o a quedarse mirando.
Uno de los sufrimientos invisibles y socialmente más infravalorados de un hogar que convive con la discapacidad es la escasa oferta de ocio inclusivo. Y no es una cuestión menor: pasar tiempo en familia y romper la rutina para fortalecer las relaciones entre padres, hijos, cónyuges y hermanos es siempre importante, y más cuando la vida dentro de casa puede implicar momentos especialmente complejos.
Sin embargo, sólo el 51,7% de los niños y adolescentes con discapacidad participan en actividades de ocio municipales, y de ellos, solamente el 46% se sienten integrados con sus compañeros, y seis de cada diez no logra relacionarse con los demás participantes.
Así se desprende del estudio Ocio accesible e inclusivo en la infancia y adolescencia con discapacidad, elaborado por la Fundación ONCE, para medir cuánta oferta pública de ocio cumple logra propiciar el sentimiento de pertenencia entre los menores.
Sólo mirando o invitados a «abandonar»
El trabajo ha analizado diversas actividades vinculadas a la oferta municipal para niños y adolescentes de Madrid, Barcelona, Valencia, Sevilla, Zaragoza y Málaga, y como principal conclusión, las familias encuestadas señalaron cómo el sólo hecho de participar en una actividad no equivale a una experiencia inclusiva.
De hecho, el estudio señala situaciones específicas de exclusión durante el desarrollo de las actividades especialmente relevantes: en el 32% de los casos, el menor con discapacidad permanecía observando o esperando mientras el resto realizaba actividades en las que él no podía intervenir, y casi en tres de cada diez (el 27%), las familias señalan que se le animó a abandonar la actividad.
Unos resultados que indican, según el estudio, la inercia de que cuando surgen dificultades, la respuesta no siempre busca adaptar la actividad o reforzar los apoyos, sino en «invitar» al menor la recomendación de abandonar.
Menos oferta para adolescentes
La edad en que más se busca y propicia este tipo de actividades es la franja que va entre los 6 y los 11 años, y se reduce notablemente durante la adolescencia, mientras que no se observan diferencias estadísticamente significativas según el género.
Y con independencia del grado de discapacidad, para que un menor pueda participar plenamente en este tipo de actividades «el personal y la formación son centrales, pero deben integrarse en una organización inclusiva», advierte el informe. Y argumenta que «la incorporación de una persona de apoyo no garantiza la inclusión si el niño o adolescente queda vinculado exclusivamente a quien lo acompaña».
Pocas plazas, mucho beneficio
El estudio señala asimismo las barreras señaladas por las familias: la falta de plazas (24%), la exigencia de que un familiar adulto permanezca durante la actividad (18%) y la denegación de la plaza o la no admisión porque la entidad municipal considera que no puede atender las necesidades del menor (13,8%).
En lo que coinciden las familias es en el hecho de que «la participación genera efectos positivos claros» en los menores, entre los que destaca «el mayor disfrute y bienestar emocional» (56,9%), la mejora de las habilidades sociales (49%), el aumento de la autonomía y la autoestima, una mayor sensación de inclusión y una mejora del bienestar familiar (37,3%, además de un incremento en las posibilidades de conciliación (25,5%).