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El sexting, la hiperconexión o la pornografía online son algunos de los riesgos de los adolescentes de la Gen ZGetty Images / iStockphoto

Los doce comportamientos de riesgo en adolescentes de la Gen Z y cómo pueden prevenirlos los padres

Sexting, alcohol, pornografía, falta de sueño o vapeo forman parte de los riesgos adolescentes que la plataforma iMOM identifica como más comunes en la Generación Z y ante los que propone presencia, límites y conversaciones frecuentes.

«Incluso los adolescentes responsables cometen errores, traspasan límites o intentan hacer cosas para las que no están preparados. Pero aunque parezca que a estas edades sólo pesa la opinión de los amigos, los padres siguen teniendo mucha más influencia sobre sus hijos adolescentes de la que creen».

Ése es el punto de partida de un reciente análisis publicado por iMOM, una plataforma especializada en maternidad y educación familiar de referencia en Estados Unidos, que ha recogido los trece comportamientos de riesgo más habituales entre los adolescentes de la generación Z.

Y propone formas concretas de intervenir ante ellos.

La publicación cita una investigación de los Centers for Disease Control and Prevention, o Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades estadounidenses, –es decir, el sistema federal de salud pública del país– según la cual «conocer dónde están los hijos, hablar frecuentemente con ellos y establecer expectativas de forma compartida se relaciona con una menor presencia de conductas de riesgo».

Porque, como resume la publicación, ejercer influencia no significa «estar constantemente encima», sino mantener la relación, prestar atención y seguir orientando incluso cuando los hijos parecen rechazar cualquier intervención adulta. De su listado original excluimos aquí únicamente el apartado relativo a conducir utilizando el teléfono móvil, una realidad no aplicable a los adolescentes españoles.

1. Enviar imágenes sexuales

El primer riesgo identificado es el sexting. iMOM cita un metaanálisis con cerca de 50.000 adolescentes según el cual casi uno de cada cinco menores había enviado contenidos sexuales, uno de cada tres los había recibido y uno de cada siete los había reenviado sin consentimiento.

La recomendación para los padres es hablar abiertamente sobre qué fotografías pueden compartirse y cuáles pueden provocar problemas, evitando que estas conversaciones adopten un tono policial, pero sin esquivarlas.

2. Beber alcohol

El alcohol continúa siendo, según diferentes estudios internacionales citados por iMOM, la droga más utilizada por los jóvenes.

Frente a ello, la publicación aconseja saber dónde va el adolescente, quién organiza la fiesta en la que participa y si habrá adultos presentes, además de establecer previamente un plan para poder pedir ayuda y regresar a casa sin miedo.

3. Cuentas «ocultas» en redes sociales

Las cuentas secundarias o secretas permiten a algunos adolescentes desenvolverse sin la supervisión paterna. Se trata de una práctica muy común entre la generación Z, que se suma al «uso compulsivo de redes como TikTok o Instagram, que se correlaciona con efectos negativos para la salud mental: pérdida de la capacidad analítica, la formación de la memoria, el pensamiento contextual, la profundidad de las conversaciones y la empatía», alerta.

El análisis propone que, si los padres permiten redes sociales, exista una conversación permanente sobre qué ven, publican y comparten, y se establezca claramente que las cuentas ocultas no son aceptables.

4. Consumir pornografía

El análisis advierte de los riesgos que comporta el acceso temprano a contenidos pornográficos y recomienda filtros, pantallas fuera de los dormitorios y, sobre todo, una conversación que no esté basada en la vergüenza.

La idea es que el hijo sepa que, si encuentra contenido sexual, puede contarlo sin miedo y hablar sobre relaciones, sexualidad e intimidad real.

5. Mantener relaciones sexuales

«Si bien el riesgo de embarazo debería ser motivo suficiente para ayudar a los adolescentes a evitar las relaciones sexuales, existen repercusiones menos comentadas, como las infecciones de transmisión sexual (ITS), la depresión y un mayor riesgo de suicidio y violencia sexual, que son igualmente reales», recuerda el análisis.

Por eso, recomienda que la educación afectivo-sexual no se reduzca a «la gran conversación» puntual, sino que forme parte de un diálogo continuado sobre el amor, la preparación emocional, la madurez y el compromiso. Además de animar a los padres a «iniciar la conversación sobre esperar para tener relaciones sexuales», insiste en la importancia de «fomentar la abstinencia, que evita a los adolescentes estrés y sufrimiento innecesarios».

6. Abusar de la cafeína

Las bebidas energéticas se han normalizado entre los adolescentes de la generación Z. iMOM recuerda, citando a la Academia Americana de Pediatría, que su consumo puede relacionarse con ansiedad, hiperactividad, falta de atención y peores decisiones.

Por eso, si un hijo empieza a consumirlas, el análisis propone no limitarse a prohibirlas, sino preguntar qué existe detrás: cansancio, exceso de actividades, estrés, falta de sueño, necesidad de integrarse en el grupo...

7. Hiperconexión permanente

Más de la mitad de los adolescentes estadounidenses de entre 15 y 17 años aseguraba en 2022 utilizar internet «casi constantemente», según el Pew Research Center. Los datos son extrapolables a España: el 70 % de los adolescentes españoles están conectados a Internet cuatro o más horas al día, y el 90%, al menos dos horas, según el último Informe Juventud en España 2024 publicado por el Ministerio de Juventud e Infancia.

El análisis de los expertos de iMOM pasa por afianzar espacios sin teléfono –como dormitorios a partir de determinada hora, comidas o momentos familiares–, además de usar apps para limitar el uso del móvil, y (y esto es improtante) probar pequeños descansos digitales compartidos también por los padres.

8. Abuso de comida basura

El abultado horario de clases, deporte, extraescolares y amigos hacen que muchos adolescentes terminen comiendo cualquier cosa sobre la marcha, y abusando de comida basura y ultraprocesados. Algo que puede suponer un grave perjuicio para su salud presente y futura que conviene no subestimar.

iMOM propone mantener al menos una comida familiar al día, disponer en casa de opciones saludables y preguntar al propio adolescente qué alimentos sanos estaría realmente dispuesto a comer.

9. Consumir medicamentos sin receta

La presión académica o deportiva, y los consejos irresponsables que comparten por las redes, está llevando a un creciente número de jóvenes a consumir estimulantes o ansiolíticos que no les corresponden. Lo mismo ocurre con ciertos suplementos para el gimnasio. Y muchas veces, advierte el artículo, estos medicamentos proceden del botiquín familiar o de casas de amigos.

La medida más inmediata es tener controlados los medicamentos del hogar (incluso «bajo llave», recomienda el análisis) e iniciar «una conversación sobre la presión de grupo y el consumo de drogas».

10. Ir y venir sin avisar

Saber dónde están los hijos mientras son menores de edad sigue siendo una responsabilidad paterna, señala el análisis. Y no hacerlo supone una dejación de responsabilidad, no una muestra de confianza.

Por eso, preguntas tan sencillas como «¿Dónde vas?», «¿con quién?» o «¿a qué hora vuelves?» deberían formar parte de la normalidad familiar, aunque provoquen protestas.

11. Dormir demasiado poco

«Los adolescentes necesitan nueve horas y media de sueño por noche, más que los niños de 10 años», señala el análisis. «Dormir más favorece el crecimiento de los adolescentes, pero también los protege de consecuencias graves como la depresión o el consumo de drogas», recuerda.

La recomendación para las familias es retirar las pantallas aproximadamente una hora antes de acostarse para favorecer la melatonina, y dejar los teléfonos cargando fuera de las habitaciones.

12. Vapear

Por último aparece el vapeo, que algunos jóvenes perciben como «poco peligroso» pese a la capacidad adictiva de la nicotina y los posibles daños pulmonares.

Frente a todos estos riesgos, iMOM repite una misma idea: estar presentes antes de que aparezca el problema. Y no para tratar de controlar cada movimiento, sino para conocer, preguntar, establecer límites y crear una relación en la que un adolescente pueda pedir ayuda «incluso después de haberse equivocado».