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"Hay familias que podrían ser muy felices si no tuvieran problemas con sus familias políticas"

«Hay familias que podrían ser muy felices si no tuvieran problemas con sus familias políticas»Getty Images/iStockphoto

Consultorio Familiar

«Mi mujer cree que su familia hace todo mejor que la mía y siempre acabamos discutiendo»

El orientador, conferenciante, escritor y mediador familiar José María Contreras Luzón responde a las preguntas de los lectores de El Debate, en este caso, sobre las relaciones con la familia política

Llevo casado más de 10 años tenemos tres hijos, mi matrimonio es lo que se puede llamar un matrimonio feliz, pero tenemos un problema cada vez más serio: la relación con nuestra familia política. Por mi parte es buena, pero mi mujer lo vive cada vez peor, y cuando hablamos del asunto, parece que su familia es la buena y la mía, la mala. ¿Cómo podemos arreglar este asunto?

Hay muchos matrimonios que podrían ser muchos más felices, si las relaciones con sus familias políticas fueran más naturales y mejores. Yo voy a intentar darle algunos argumentos para que pueda hablar con su mujer, porque mi experiencia me ha enseñado que en este asunto, es especialmente importante que ambos cónyuges remen en una misma dirección.

En primer lugar, uno trata de querer a la familia de su cónyuge precisamente por eso: porque es la familia del otro y uno trata de querer o, al menos, de respetar sus cariños.

Su esposa, en este caso, tiene que darse cuenta de eso y debería facilitar ese cariño y no entorpecerlo.

Muchas veces, estos obstáculos provienen de las comparaciones. No nos olvidemos que el comparar es el principio de la envidia y de la desunión. Cada familia es como es y así ha sido desde que empezó a serlo, y no hay dos familias iguales. Pero en demasiadas ocasiones creemos que como la nuestra es la mejor, todo el que no haga lo que se hace en mi casa, está haciendo las cosas mal.

Por ejemplo, si en mi casa se regala mucho, es que eso es síntoma de cariño. Pero a lo mejor en la casa del otro cónyuge se regala menos y siempre que sale la ocasión se aprovecha para decir que en la otra familia quieren menos a los niños, o no me tratan como a ti te trata mi familia, o que unos son unos rácanos o los otros unos derrochadores...

Esos comentarios, que pueden parecer sin demasiada importancia, en realidad le están haciendo al otro sufrir muchísimo. Y, además, sin dejarle nada que hacer para mejorar la situación, porque no puede hacer nada por cambiar a su familia.

Esos comentarios, que pueden parecer sin demasiada importancia, en realidad le están haciendo al otro sufrir muchísimo.

Nuestra familia de origen, y la de mi cónyuge, es como es, y no se puede adaptar a todas las nueras o yernos que lleguen. Es al contrario: son más bien estos los que se tienen que adaptar a la nueva situación, y si hay cosas que les parecen mal y que se pueden cambiar, habrá que decirlas de una manera delicada. Si no se puede, lo que toca es aceptar la nueva situación tal como es, y no querer que la vida fuese de otra manera.

Otras veces lo que choca es la cultura, la formación o el estatus, y también pasa que esto lo sacamos a colación siempre que podemos y además, de nuevo, comparando.

Insisto: es un gran error comparar. Incluso de broma.

No sabemos el daño que las comparaciones hacen a la relación, y la impotencia que tiene que asumir el otro por nuestros comentarios despectivos.

No podemos olvidar que la familia, como es lógico, es lo más importante que tiene una persona. Y hasta que se casa, el objeto mayoritario de su amor.

La cuestión es que, después de casarse, la persona no deja de querer a sus padres y a sus hermanos. A veces, de hecho, incluso se idealiza un poco a la familia de origen, porque uno ve lo complicado que es el llevar hacia adelante una relación, unos niños, un trabajo. Y cuando eso lo han sabido hacer sus padres y además queriéndose, surge esa comparación.

A ese cariño –que es lo más grande que una persona tenía y que, después de casarse, lo ve, quizás, con más claridad–, hay que tratarlo con respeto y delicadeza.

No hacerlo así hace sufrir a nuestro cónyuge y sin querer está desuniendo nuestra relación.

Uno respeta los cariños del otro y este debe corresponder de la misma manera: aceptar a la familia, tener delicadeza y no andar con comparaciones, ni juzgando a cada momento el comportamiento de la familia política o la intención con la cual hacen las cosas.

Y esto que parece tan sencillo hay muchísimas personas que están deseando decírselo a su pareja, y no se atreven. O que de hecho se lo dicen, pero parece que el otro es incapaz de entenderlo y dejar de juzgar. Así pasan los años, con la sensación de que mi matrimonio podía ir mejor, y que si no va, es por culpa de la forma se ser y de actuar de mi familia.

Pero no es cierto: tu familia es como es; no juzgarla y aceptarla así, precisamente por el amor que se tiene a la pareja, es lo propio del matrimonio.

La delicadeza, el respeto y, en definitiva, la buena educación, cuando se viven, son pegamento de unión en la relación de pareja. Así que aproveche, y mándele este artículo a su cónyuge y a todas las personas que sepa que están sufriendo por esta situación.

* José María Contreras Luzón es escritor, conferenciante y asesor personal y familiar. Su email para consultas de pareja y familia es: conluz2000@gmail.com

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