La psicopedagoga Nerea Rivero
Nerea Rivero, psicopedagoga: «Dejar ganar a tus hijos les impide aprender a gestionar la frustración»
Nerea Riveiro, psicopedagoga de VTech, explica por qué resolver los problemas o evitarles frustraciones a los hijos puede frenar su autonomía, y qué papel tiene el juego para aprender a afrontar las dificultades
Una partida de parchís que termina en derrota, una pieza del puzle que no aparece en el peor momento, o una construcción que se viene abajo cuando estaba casi concluida pueden desencadenar una pequeña tormenta doméstica que cualquier padre sabe identificar.
Estos pequeños contratiempos que una mirada adulta sabe tomarse con humor, en el caso de un niño con baja tolerancia a la frustración son verdaderos retos que les pueden permitir aprender a gestionar sus emociones... o a dejarse arrastrar por ellas.
Y aquí, el papel del adulto es esencial, como explica la psicopedagoga Nerea Rivero, asesora de la empresa juguetera VTech, que recomienda evitar la tentación de «dejarles ganar», sin tener por ello que generarles más problemas de los que la propia vida cotidiana trae consigo.
–Muchos padres tienen la inercia de dejar ganar a sus hijos, o facilitarles el juego, para que se diviertan y no lo pasen mal. Pero, ¿Qué aprende un niño cuando sus padres intervienen siempre antes de que pierda o tenga que esforzarse más?
–Cuando intervenimos constantemente para evitar que nuestros hijos se equivoquen o se frustren podemos transmitirles, sin querer, el mensaje de que necesitan a un adulto para resolver los momentos de dificultad. La autonomía se construye precisamente ofreciéndoles oportunidades para probar, equivocarse, tomar decisiones y buscar soluciones.
Esto también ocurre en el juego. No pasa nada por adaptar las reglas a su edad o ayudarles cuando lo necesitan, pero dejarles ganar siempre puede privarles de oportunidades para aprender a gestionar la frustración y aceptar resultados diferentes a los que esperaban. En el juego, equivocarse no tiene consecuencias graves y siempre se puede volver a empezar, así que es un buen escenario para que el niño pruebe sin que el adulto le resuelva el camino.
La clave está en encontrar el equilibrio: no se trata de dejarles solos ante las dificultades, sino de ofrecerles la ayuda justa para que puedan ir haciendo cada vez más cosas por sí mismos. Protegerles no significa evitarles todas las dificultades, sino acompañarles mientras desarrollan recursos para afrontarlas.
–Hay padres y «coaches» que vienen a proponer «hacerles un poco la puñeta» a los hijos, para que toleren la frustración. ¿Podemos enseñarles sin llegar a tanto?
–No necesitamos provocar frustraciones artificialmente. Las oportunidades de aprendizaje aparecen en situaciones cotidianas: esperar un turno, aceptar que hoy no podemos comprar algo, perder una partida o intentar montar una construcción que no sale a la primera.
Lo importante es que los retos estén ajustados a la edad, las capacidades y el momento emocional del niño. No podemos pedirle lo mismo a un niño de tres años que a uno de ocho, porque sus recursos para regular las emociones y controlar sus impulsos todavía están en desarrollo. El reto tiene que estar a su altura, ni tan fácil que no suponga ningún esfuerzo ni tan difícil que le haga abandonar.
–¿Aunque se enfade?
–Es que también debemos recordar que validar una emoción no significa eliminar el límite. Podemos decirle: «Entiendo que estés enfadado porque querías ese juguete, pero hoy no vamos a comprarlo». Reconocemos cómo se siente, pero mantenemos nuestra decisión.
Aprender a tolerar la frustración no consiste en sufrir más ni en dejar de enfadarse. Consiste en ir descubriendo, con ayuda del adulto, que podemos sentir enfado o decepción y aprender poco a poco a gestionar lo que nos ocurre.
Aprender a tolerar la frustración no consiste en sufrir más ni en dejar de enfadarse. Consiste en ir descubriendo, con ayuda del adulto, que podemos sentir enfado y aprender a gestionarlo
–¿Qué habilidades se desarrollan cuando un niño descubre que algo no le sale a la primera?
–Desarrolla habilidades como la capacidad de esfuerzo, la flexibilidad para probar otras estrategias y la resolución de problemas. También tiene la oportunidad de practicar la regulación emocional y aprender a tolerar que el resultado no siempre sea el esperado a pesar del esfuerzo realizado.
Además, cuando tiene que recordar instrucciones, planificar cómo construir algo o cambiar de estrategia porque la primera no funciona, está poniendo en práctica procesos relacionados con las funciones ejecutivas, como la memoria de trabajo, la planificación y la flexibilidad cognitiva.
Por eso es importante valorar el proceso, no solo el resultado. En lugar de decir únicamente «¡Qué bien lo has hecho!», podemos destacar lo que ha conseguido: «Has probado varias maneras hasta encontrar una que funcionaba».
–Usted ha participado en el Estudio sobre la evolución del juego en España, elaborado por VTech, sobre el impacto que tienen los juegos en el desarrollo de las relaciones familiares y de la imaginación.
–Así es. Y el estudio recoge, entre otros datos, que 8 de cada 10 españoles asocian el juego durante su infancia con el desarrollo de la imaginación. Es una percepción muy significativa, porque nos recuerda que el juego puede ser un espacio para explorar, para crear y para encontrar soluciones propias.
Eso sí, cada habilidad se desarrolla a través de experiencias variadas y de la interacción con el entorno; no depende únicamente de jugar con un determinado juguete.
Hay otro dato llamativo: el 87,2 % de los españoles considera importante el «componente educativo» de los juguetes. Pero es que a veces confundimos «educativo» con «académico». Un juguete también es educativo cuando ayuda a esperar, a aceptar un error o a volver a intentarlo.
–Vamos a poner un ejemplo práctico: Si un niño hace un puzle, no encuentra una pieza y empieza a enfadarse, ¿qué debería hacer el adulto?
–Lo primero es no precipitarnos. Podemos reconocer su emoción («Veo que te está costando y eso te enfada») y darle tiempo para intentarlo. Si necesita ayuda, es preferible ofrecerle una pista antes que resolverlo por él.
Si está muy desbordado, podemos proponerle una pausa y retomarlo después. Lo mismo sucede cuando una torre de construcción se cae o cuando la canica de un circuito no llega a la meta. En lugar de arreglarlo nosotros, podemos preguntarle qué cree que ha pasado y cómo podría solucionarlo. El objetivo es acompañar sin sustituir al niño en la búsqueda de soluciones.
–En el estudio también hablan de la importancia que tienen los juegos de reglas, las construcciones y los rompecabezas para enseñar a esperar, perseverar y aceptar errores, a pesar de que hoy hay muchos niños y adolescentes que los están sustituyendo por las pantallas...
–Ese tipo de juegos permiten practicar habilidades fundamentales en un entorno seguro y motivador. Los juegos de reglas enseñan a respetar turnos y aceptar resultados; los rompecabezas nos ayudan a probar alternativas, y las construcciones permiten experimentar, planificar y volver a empezar cuando algo falla.
Por ejemplo, nosotros hemos diseñado una colección de circuitos de canicas construible, porque al montar los recorridos, los niños deben comprobar si funcionan y modificar las piezas cuando la canica no llega al destino; así practican la resolución de problemas y la perseverancia.
Es la filosofía de ver el juego como una oportunidad para aprender haciendo. No se trata solo de entretenerse, sino de experimentar, tomar decisiones y descubrir soluciones por uno mismo.
– ¿Y qué señales pueden indicar una tolerancia a la frustración especialmente baja y cómo trabajarla en casa?
–Algunas señales son abandonar sistemáticamente una actividad cuando no sale a la primera, necesitar ganar siempre, tener muchas dificultades para esperar o reaccionar de forma muy intensa ante pequeños contratiempos. No obstante, debemos interpretar estas conductas según la edad, porque aprender a regular las emociones requiere tiempo.
En casa podemos practicar con juegos de mesa adaptados a su edad, rompecabezas y construcciones, empezando por retos alcanzables y aumentando la dificultad progresivamente. También es fundamental dar ejemplo: si algo nos sale mal, podemos verbalizar cómo buscamos otra solución y pueden ver cómo mantenemos la calma.
Si estas reacciones son muy intensas, persistentes e interfieren en su vida cotidiana, conviene consultar con un profesional. El objetivo no es evitar que se frustren, sino ayudarles a desarrollar recursos para gestionar esa emoción cada vez con mayor autonomía.