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La doctora en neurociencia Ana Asensio

La doctora en neurociencia Ana Asensio

Ana Asensio, neurocientífica: «Una persona puede tener hijos y nietos y sentirse profundamente sola»

Ana Asensio, psicóloga y doctora en neurociencia, explica por qué vivir solo no significa sentirse solo y cómo detectar, prevenir y acompañar la soledad no deseada entre mayores en casa.

¿Por qué hay personas mayores que viven solas y se sienten profundamente acompañadas, mientras que otras que tienen hijos y nietos aseguran sufrir la soledad no deseada?

La paradoja no es un asunto menor, tanto por las repercusiones de la soledad en la salud como por la cantidad de personas que en nuestro país viven sin compañía.

En España, el modelo de hogar que más crece es el de una sola persona. De 2021 a 2025, el número de personas que vivían sin ninguna compañía se incrementó más de un 10% hasta alcanzar los 5.507.826 hogares unipersonales, según el INE.

Y aunque para muchos es una opción libremente elegida, otros sufren esa soledad como una pesada losa. El último estudio del Observatorio Estatal de la Soledad No Deseada, publicado en 2026, estima que el 20,2% de la población adulta de nuestro país padece soledad no deseada, es decir, más de ocho millones de personas. Y de ellas, el 15,6% vive lo que se denomina «soledad persistente» desde hace, al menos, dos años.

El arquetipo social lleva a pensar en que quienes más padecen la soledad no deseada son personas mayores y sin familia. Sin embargo, los datos no parecen afirmar tal cosa.

El Barómetro de la Soledad no Deseada muestra que la prevalencia de soledad involuntaria baja hasta el 14,5 % entre los 65 y 74 años... aunque vuelve a subir hasta el 20% entre los mayores de 75.

Y puede darse la paradoja de que una persona viva sola y se sienta acompañada, mientras otra comparte casa o está rodeada de hijos y nietos y experimenta una profunda desconexión.

Ana Asensio, psicóloga, doctora en neurociencia y directora de Vidas en Positivo, explica qué hay detrás de estas diferencias y por qué la respuesta familiar no puede reducirse a «llamar más» o cumplir con la visita del domingo.

–Con una sociedad cada vez más envejecida, es también cada vez más frecuente encontrar situaciones de soledad no deseada entre personas mayores. Muchas llevan años viviendo solas sin aparentes problemas, pero, ¿en qué momento empieza a convertirse en un problema?

–No existe un momento exacto ni un número de meses a partir del cual vivir solo se vuelva peligroso, porque vivir solo y sentirse solo son experiencias muy distintas. Una persona puede llevar años viviendo sola, mantener relaciones significativas, disfrutar de su autonomía y sentirse acompañada, mientras otra puede empezar a sufrir poco después de una viudedad, una jubilación, una pérdida de movilidad o un problema de audición que va estrechando su mundo sin que la familia lo advierta.

En mi trabajo clínico y divulgativo sobre la soledad no deseada insisto mucho en que la señal importante aparece cuando existe una distancia mantenida entre la relación que la persona necesita y la que realmente tiene.

–¿Qué ocurre en ese momento?

–Que esa ausencia empieza a doler y, poco a poco, modifica su manera de vivir: duerme peor, deja de salir, pierde interés, se cuida menos, se mueve menos o siente que no tiene a nadie disponible de verdad. Cuando esa situación se cronifica, se asocia con mayor riesgo de depresión y ansiedad, peor salud cardiovascular, deterioro cognitivo y mortalidad prematura, por eso no conviene esperar a que la persona esté completamente aislada para intervenir. Si además aparecen desesperanza intensa, abandono de la alimentación o la medicación, confusión, desorientación o comentarios sobre no querer seguir viviendo, ya no hablamos solo de acompañar más, sino de pedir una valoración sanitaria y psicológica cuanto antes.

–¿Qué sabemos sobre la relación entre soledad prolongada y deterioro cognitivo? ¿Puede acelerar, por ejemplo, problemas de memoria o aumentar el riesgo de demencia?

–Hoy sabemos que la relación entre soledad prolongada y salud cognitiva es consistente, aunque debemos explicarla con rigor, porque asociación no significa que la soledad por sí sola cause una demencia. Un gran metaanálisis publicado en 2024, con datos de más de 600.000 personas, encontró que sentirse solo se asociaba con alrededor de un 31% más de riesgo de desarrollar demencia y un 15% más de riesgo de presentar deterioro cognitivo. Tambien la Comisión de The Lancet sobre demencia incluye el aislamiento social entre los factores modificables sobre los que podemos actuar.

Relacionarnos con otros mantiene al cerebro trabajando de una forma muy completa, porque conversar exige atender, recordar, comprender matices, interpretar emociones, buscar palabras, anticipar respuestas y adaptar nuestra conducta. Por el contrario, la soledad mantenida suele ir acompañada de menos estimulación, peor sueño, más estrés, ánimo depresivo, menor actividad física y peor cuidado de la salud vascular, factores que también influyen en la memoria y la atención.

Aun así, la relación puede funcionar en las dos direcciones, porque una persona que comienza a tener dificultades cognitivas puede retirarse, sentirse insegura y acabar más sola. Por eso, un fallo de memoria nuevo o creciente nunca debería atribuirse sin más a la edad o a la soledad: conviene evaluarlo para distinguir entre depresión, problemas de sueño, efectos de medicación, déficits sensoriales o un posible deterioro neurocognitivo.

–Hay mayores que viven solos, pero no se sienten solos, y otros que están rodeados de familia y, sin embargo, sí sufren soledad. ¿Qué diferencia unas situaciones de otras?

–La diferencia está sobre todo en cómo se vive el vínculo, no en cuántas personas hay alrededor. El aislamiento social describe una realidad más objetiva, como tener pocos contactos o pasar mucho tiempo sin relacionarse, mientras que la soledad es una experiencia subjetiva y aparece cuando la persona siente que sus relaciones no le ofrecen la cercanía, la confianza o el sentido de pertenencia que necesita. Alguien puede vivir solo y sentirse conectado porque ha elegido esa forma de vida, y conserva autonomía, tiene rutinas con sentido y sabe que cuenta con personas disponibles. Del mismo modo que alguien puede vivir rodeado de hijos y nietos y sentirse profundamente solo si nadie le pregunta cómo está de verdad, si las conversaciones son únicamente logísticas, si no puede mostrarse vulnerable o si percibe que ya no participa en las decisiones familiares.

Es algo que observo con frecuencia en consulta y una idea central en mi trabajo sobre los vínculos y en mi libro El cerebro necesita abrazos: No basta con estar al lado de alguien, necesitamos sentir que contamos para esa persona y que la relación es recíproca. La solitud, esa soledad elegida, puede ser reparadora y permite descansar o reencontrarse con uno mismo, mientras que la soledad no deseada se vive como una ausencia de conexión incluso cuando la casa está llena.

–¿Cuáles son las primeras señales que deberían alertar a los hijos, nietos o sobrinos de que uno de nuestros mayores está entrando en una dinámica de aislamiento: apatía, dejar de salir, repetir llamadas, pérdida de interés, fallos de memoria, cambios de carácter...?

–Más que buscar una señal aislada, conviene observar un cambio sostenido respecto a cómo era esa persona y cómo organizaba su vida, porque no todo mayor que se ha vuelto más tranquilo está sintiéndose solo, ni toda llamada repetida significa deterioro cognitivo. Nos deberían llamar la atención si existe abandono progresivo de actividades que antes disfrutaba, dejar de aceptar planes, pasar días sin salir, hablar cada vez menos con amistades, mostrar apatía, irritabilidad o tristeza, perder curiosidad, descuidar la higiene, la alimentación, la casa o la medicación, y empezar a decir frases como «para qué voy a ir», «no quiero molestar» o «ya nadie tiene tiempo» «los mayores solo molestamos»...

Las llamadas muy frecuentes pueden ser una búsqueda de contacto y seguridad, pero también pueden relacionarse con ansiedad, miedos que se tienen a una edad avanzada o con olvidos. Por eso hay que escuchar siempre su sentido y no responder con impaciencia o incomodidad. Y lo mismo ocurre con los fallos de memoria, que deben preocupar especialmente si son nuevos, aumentan, interfieren con pagos, citas o medicación, o se acompañan de desorientación y cambios claros de conducta.

También merece la pena mirar lo que hay debajo del aislamiento, porque a veces la persona no sale por dolor, miedo a caerse, incontinencia, pérdida auditiva, problemas de visión, dificultad para conducir o vergüenza por no seguir bien una conversación. Cuando se acumulan varias señales o el cambio es rápido, la familia debería acercarse con calma y solicitar una valoración profesional, sin asumir que todo forma parte normal de la edad.

–Muchas familias creen que basta con «llamar más» o visitar a los abuelos los domingos. ¿Es suficiente ese tipo de presencia para proteger de la soledad no deseada?

–Llamar más y mantener una visita semanal puede ser muy valioso, pero no existe una frecuencia que proteja de manera automática frente a la soledad, porque importa tanto la continuidad como la calidad de ese encuentro y lo que la persona siente dentro de la relación.

Podemos visitar a un mayor todos los domingos y, sin querer, hablar alrededor de él, revisar si ha comido o se ha tomado la medicación, decidir por él y marcharnos sin haberle preguntado qué le preocupa, qué desea o qué le ilusiona, y en ese caso ha habido presencia física, pero quizá muy poca conexión emocional.

Protege más una relación previsible y genuina, en la que se escucha sin prisas, se comparte la vida cotidiana, se le incluye en los planes y se respeta su capacidad de decidir y también de aportar si aún puede.

Además, si es posible, por capacidades en ese momento y salud, la familia no debería convertirse en su único mundo social: lo saludable es ayudarle a conservar o reconstruir una red propia con amistades, vecinos, actividades, asociaciones, grupos o espacios comunitarios que encajen con su personalidad.

Una llamada nuestra puede ser un puente magnífico y la tecnología ayuda cuando hay distancia, aunque si la persona necesita contacto presencial no debemos confundir una pantalla con toda la relación que echa de menos, y es importante valorar si podemos hacerlo.

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