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La tripulación de la misión Artemis II de izquierda a derecha el especialista de misión, Jeremy Hansen, de la Agencia Espacial Canadiense (CSA); el comandante Reid Wiseman, el piloto Victor Glover, y la especialista de misión Christina Koch, sosteniendo Rise, la mascota lunar e indicador de gravedad cero para el vuelo de prueba alrededor de la luna. Un niño de ocho años logró enviar a la misión Artemis II a 'Rise', un pequeño juguete que indica la ingravidez y acompañará por los próximos 10 días a la tripulación de la nave Orión, que espera hacer historia al llegar al lado más oculto de la Luna. EFE/Kim Shiflett /SOLO USO EDITORIAL /NO VENTAS /SOLO DISPONIBLE PARA ILUSTRAR LA NOTICIA QUE ACOMPAÑA /CRÉDITO OBLIGATORIO

La tripulación de la misión Artemis II de izquierda a derecha el especialista de misión, Jeremy Hansen, de la Agencia Espacial Canadiense (CSA); el comandante Reid Wiseman, el piloto Victor Glover, y la especialista de misión Christina KochEFE

El mal trago de los familiares de la tripulación de Artemis II: «Nos absorbe por completo»

Los astronautas de Artemis II han alcanzado en la madrugada de este martes la cara oculta de la Luna, en el sexto día de misión, después de que el pasado jueves el cohete SLS despegara desde el Centro Espacial Kennedy de la NASA en Florida. Se trata de un hito histórico que vuelve a situar al ser humano más lejos que nunca de la Tierra. Sin embargo, más allá de la épica y de las imágenes espectaculares, hay una realidad menos visible que acompaña a este tipo de misiones: el impacto que tienen en quienes se quedan en la Tierra.

Mientras la tripulación formada por Reid Wiseman, Victor Glover, Christina Koch y Jeremy Hansen ya ha hecho historia al convertirse en la que más lejos ha viajado en el espacio, sus entornos más cercanos afrontan el proceso con una combinación de orgullo, tensión e incertidumbre. «Tuvimos conversaciones sobre qué pasaría si… conversaciones que nadie quiere tener, pero que son absolutamente necesarias», explican desde el entorno de los astronautas, reflejando una preparación emocional que comienza mucho antes del lanzamiento.

El propio comandante Reid Wiseman lo reconoció cuando supo que lideraría la misión. Lejos de la euforia inicial, pensó en sus dos hijas, a las que cría en solitario desde la muerte de su esposa en 2020. «No fue como ganar la lotería», confesó en el podcast Curious Universe de la NASA. La asignación a una misión de estas características implica también asumir riesgos evidentes, algo que obliga a abordar cuestiones delicadas incluso en el ámbito personal. Según ha trascendido, Wiseman llegó a indicar a sus hijas dónde encontrar su testamento antes del lanzamiento.

Reid Wiseman

Reid Wiseman y su mujer fallecida

Su historia personal añade un componente especialmente significativo. Su esposa, Carroll, enfermera en una unidad de cuidados intensivos neonatales, falleció tras una larga enfermedad después de cinco años de lucha contra el cáncer. Antes de morir, le animó a continuar con su carrera, una decisión que ha marcado su trayectoria y que ahora cobra un nuevo sentido en el contexto de Artemis II.

Este tipo de situaciones no son excepcionales. El psicólogo de la NASA James Picano ha señalado que el estrés asociado a estas misiones comienza en el momento en que se anuncia la tripulación, no en el despegue. A partir de ese momento, las dinámicas personales cambian: el entrenamiento intensivo, los desplazamientos continuos y los largos periodos de ausencia afectan de forma directa al entorno más cercano de los astronautas. «Nos absorbe por completo», explicaba Catherine Hansen, esposa de Jeremy Hansen, en referencia al impacto que tiene la misión en su vida cotidiana.

Los días previos al lanzamiento concentran una parte importante de esa tensión. Dos semanas antes, los astronautas entran en cuarentena junto a sus allegados, en lo que supone el último periodo de convivencia antes del viaje. Posteriormente, se produce la despedida definitiva antes del traslado al centro de lanzamiento. Tras el despegue, el contacto se vuelve limitado, especialmente durante los primeros días de misión, cuando las comunicaciones pueden verse interrumpidas. En ese contexto, cada conversación adquiere un valor especial. «Por un instante, me reencontré con mi pequeña familia. Fue el mejor momento de toda mi vida», relató Wiseman tras una de esas comunicaciones.

Mientras tanto, a bordo de la nave Orion, la tripulación mantiene una rutina estricta. La vida en el espacio combina tareas científicas con actividades básicas adaptadas a la microgravedad. El menú incluye cerca de 200 alimentos diferentes, aunque no disponen de frigorífico ni microondas, por lo que utilizan sistemas específicos para calentar la comida. Además, deben realizar ejercicio diario para evitar la pérdida de masa muscular y seguir horarios estructurados en un entorno donde no existe el ciclo natural de día y noche. A pesar de ello, la rutina diaria se mantiene como un elemento clave para la estabilidad física y mental de la tripulación. Incluso el descanso requiere adaptación: duermen flotando dentro de la cápsula, en posiciones que desafían cualquier referencia terrestre.

Más allá de los aspectos técnicos, la misión también deja espacio para gestos simbólicos. La tripulación ha bautizado nuevos cráteres en la Luna, entre ellos «Carroll», en homenaje a la esposa fallecida de Wiseman, un detalle que refleja la dimensión personal que acompaña a este tipo de expediciones.

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