Albert Brenninkmeijer con la princesa Carolina de Borbón-Parma
Quiénes son los millonarios dueños de C&A que acaban de comprar el Mercado de San Miguel
La familia Brenninkmeijer, con raíces en el siglo XIX y una fortuna gigantesca
El Mercado de San Miguel, uno de los rincones más visitados del centro de Madrid, acaba de cambiar de manos. O, mejor dicho, ha pasado a estar completamente en manos de quienes ya estaban detrás desde hace años. Porque, aunque la operación pueda parecer nueva, en realidad lo que ha ocurrido es que una de las familias más ricas y discretas de Europa ha decidido quedarse con todo.
Hablamos de los Brenninkmeijer, los dueños de C&A. Un apellido complicado de pronunciar, pero clave en la historia empresarial europea. Son una saga de raíces alemanas, con fuerte implantación en Países Bajos y estructura empresarial en Suiza, que ha construido su fortuna lejos del foco mediático. Su origen se remonta a la región de Westfalia, desde donde comenzaron vendiendo lino en Frisia, en los Países Bajos. Desde entonces, la familia (de tradición católica y hoy formada por unas doce ramas y cerca de 500 miembros) ha crecido hasta convertirse en un auténtico imperio.
Para entender la operación hay que ir paso a paso. El mercado llevaba desde 2017 en manos de Redevco, la inmobiliaria de la familia, junto al fondo estadounidense Ares. En aquel momento lo compraron por unos 70 millones de euros. Hoy, el valor ronda los 200 millones. Lo que ha pasado ahora es sencillo: Ares ha salido y los Brenninkmeijer han puesto su propio capital para quedarse con el control total a través de su vehículo de inversión, Anthos.
Pero más allá de los números, lo interesante es quiénes están detrás. La historia de esta familia empieza en 1841, cuando dos hermanos, Clemens y August Brenninkmeijer, comenzaron vendiendo telas de granja en granja. Con el tiempo dieron un giro clave: apostar por ropa ya confeccionada. Así nació C&A. Su éxito fue tal que varias generaciones después la familia sigue controlando un imperio que hoy gestiona más de 35.000 millones de euros.
A pesar de esa enorme fortuna, apenas conceden entrevistas ni aparecen en actos públicos. La discreción ha sido siempre su sello. Aun así, algunos nombres han trascendido en los últimos años. Uno de ellos es Albert Brenninkmeijer, nacido en 1974, que en 2012 se casó con Carolina de Borbón-Parma, prima del rey de los Países Bajos. Aquella boda, celebrada en la localidad neerlandesa de Wijk bij Duurstede, fue una de las pocas veces en las que esta familia se dejó ver en el escaparate social europeo. También hay perfiles más singulares dentro del clan. La madre Theresa Brenninkmeijer fue durante años priora y después abadesa de un convento en Dinamarca, mientras que otros miembros han dado el salto al mundo cultural, como el productor Stephan Brenninkmeijer o el actor Philippe Brenninkmeyer. Son excepciones dentro de una familia que siempre ha preferido mantenerse en segundo plano.
Ese contraste entre discreción y poder económico es lo que define también sus inversiones. Mientras su marca textil ha perdido peso frente a gigantes como Inditex, la familia ha reforzado su presencia en el sector inmobiliario y financiero, con operaciones como esta en pleno centro de Madrid. Y ahí es donde entra el Mercado de San Miguel. Porque este espacio no siempre fue lo que es hoy. Nació a principios del siglo XX como un mercado tradicional de abastos, pensado para los vecinos del barrio. Sin embargo, hace algo más de una década cambió por completo su concepto. Tras una reforma profunda, pasó de ser un mercado clásico a convertirse en un espacio gastronómico donde se puede comer directamente en los puestos. Hoy es uno de los puntos más visitados por turistas, con una oferta que va desde tapas y marisco hasta dulces y vinos. Además, conserva su estructura original de hierro, lo que lo convierte en uno de los mercados históricos más reconocibles de la capital.
Tiene también un detalle curioso: aunque muchos lo ven como un lugar de ocio, en realidad sigue siendo un mercado. Solo que adaptado a los nuevos tiempos. Aquí no se viene tanto a comprar como a probar.