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Madera

Eduardo Famesinte, al frente de Mariana Artesana

La empresa española que le vende muebles a Mohamed VI de Marruecos

En el corazón de la Alcarria conquense, donde el paisaje parece detenido en el tiempo, sobrevive un reducto de artesanía que desafía las leyes de la globalización. Los pueblos de Mariana y Priego, antaño epicentros de una próspera industria mimbrera, son hoy el hogar de Mariana Artesana. Esta pequeña empresa familiar, dirigida por Eduardo Famesinte, ha logrado lo impensable: convertir las fibras vegetales en un objeto de deseo para la élite mundial. Desde sus naves en Cuenca han salido piezas exclusivas destinadas a las residencias de futbolistas como Luka Modric y Antoine Griezmann, los salones de la baronesa Thyssen y, de forma muy destacada, las propiedades del Rey Mohamed VI de Marruecos.

La relación con el monarca alauí es, quizás, el mayor sello de calidad de esta pyme. Mohamed VI, conocido por su exquisito y exigente gusto en decoración -que combina la tradición árabe con el diseño europeo más vanguardista-, encontró en los artesanos de Cuenca la capacidad de ejecutar proyectos de una envergadura que el mercado industrial no puede alcanzar. No se trata solo de sillas, sino de colecciones enteras de mobiliario exterior e interior para sus palacios, donde cada curva de ratán debe ser perfecta para resistir el clima y mantener la elegancia que exige la Casa Real Marroquí. «Uno de nuestros mejores clientes, que más orgullosos nos hizo estar, fue el propio Rey de Marruecos, cuando nos compró varias colecciones de uno de nuestros productos estrella para varios palacios suyos», confesó el dueño a Idealista.

Mohamed VI con su hijo Moulay Hassan

Mohamed VI con su hijo Moulay Hassan

Y es que para una empresa castellanomanchega, que el soberano de un país con su propia tradición artesanal tan potente decida importar mobiliario desde una pyme española, es el reconocimiento definitivo a su técnica superior.

La historia de este negocio familiar es una crónica de resistencia frente al gigante asiático. Hubo un tiempo en que la empresa contaba con más de un centenar de trabajadores, pero la irrupción del mobiliario importado desde Asia, con precios imposibles de igualar, obligó a Eduardo a cambiar de estrategia. Mientras una silla importada puede costar apenas cincuenta euros, el coste laboral de fabricar artesanalmente solo su estructura en tierras conquenses ya duplica esa cifra. Ante esta disparidad, agravada por unos aranceles que penalizan la materia prima (el ratán) frente al mueble ya terminado, la empresa decidió refugiarse en la excelencia. ya no fabrican para el gran público, sino para clientes que buscan personalización absoluta, medidas exactas y una durabilidad que el «low cost» no puede ofrecer.

En el taller el tiempo se mide de otra manera. Entre lámparas de diseño y sofás de alta gama, destaca una pieza que resume su filosofía: un elefante de mimbre a tamaño natural. El animal fue un encargo de un cliente de Qatar que desapareció a mitad del proceso, pero los artesanos decidieron terminarlo como una cuestión de orgullo y pericia técnica. Es precisamente esa capacidad de realizar cualquier proyecto, por excéntrico o monumental que sea, lo que seduce a las grandes fortunas.

Mantener viva la manufactura en una provincia que ha visto desaparecer sus plantaciones de mimbre es una labor de resistencia cultural. Eduardo no solo vende muebles; exporta la identidad de una tierra que se niega a olvidar su oficio. Cada vez que una de sus piezas de ratán se coloca en un palacio marroquí o en la mansión de un deportista de élite, queda demostrado que el trabajo manual y la exclusividad son armas imbatibles.

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