25 de septiembre de 2022

Milicianos republicanos fusilando la estatua del Sagrado Corazón, en el Cerro de los Ángeles

Milicianos republicanos fusilando la estatua del Sagrado Corazón, en el Cerro de los Ángeles

La criminalización del sacerdote durante la Segunda República

En el libro 'Testigos de la Fe durante la Guerra Civil (1936-1939)', mosén Pío Masvidal tiene un capítulo titulado 'El hijo del campanero', donde relata la persecución que sufrió

Mosén Pío Masvidal era un sacerdote recién ordenado que pasaba el verano en su pueblo natal de Canet de Mar (Barcelona y diócesis de Gerona) para ayudar en el Casal, o actividades para niños y jóvenes. El verano de 1936 le sorprendió en medio de los preparativos de las actividades. Pudo celebrar la misa del domingo 19 de julio, pero el lunes les obligaron a suspender el culto y cerrar las iglesias. El martes 21 los anarquistas de la FAI convocaron a varios sacerdotes a la plaza y mosén Pío acudió vestido con la sotana, delante de la iglesia. Se presentó un camión de la FAI y uno de los ocupantes al ver una sotana, se acercó e intentó quitarle los botones; acabó rasgándola por completo y apuntó su fusil para disparar.
«En el momento preciso en que iba a disparar, llegó un anarquista del pueblo llamado Pedro Torrentó y le obligó a bajarlo mientras le ordenaba imperiosamente:
–¡Compañero, no tires!
–¿Por qué? Esta gentuza malvada no ha hecho más que daño –le respondió.
Volvió a levantar el arma y el otro le obligó nuevamente a bajarla. Todavía lo intentó por tercera vez. Entonces, Pedro, pistola en mano, le dijo gritando:
-¡No! Este es de Canet. ¡Déjalo o te mato aquí mismo!
El otro no tuvo más remedio que quedarse quieto. Entonces se pusieron a discutir entre ellos profiriendo unas blasfemias indescriptibles. Se originó una especie de lucha entre los partidarios de mi muerte, que eran los forasteros de la FAI, y los de Canet, que deseaban salvarme, no porque fuésemos amigos ni tuviéramos ninguna relación, sino porque me conocían más o menos», relata el mismo Masvidal en un capítulo del libro Testigos de la Fe durante la Guerra Civil (1936-1939).
Mosén Pío se salvó y se ocultó con unos vecinos. Un anarquista de fuera intentó asesinarlo y otro de Canet lo quiso salvar, no por ser sacerdote sino por ser del pueblo. Pero todos ellos blasfeman, son –o al menos lo parecen– ateos.
Resulta interesante ver el punto de vista de otras personas y su reacción ante casos concretos. Veamos ahora qué le sucedió a mosén Pío con un peluquero de Canet, que le quiso ayudar:
«Al principio de mi estancia en la casa, vino a verme un conocido y vecino de la familia. No participábamos de las mismas ideas: él estaba afiliado a un partido político y no era practicante. Por un primo mío, se enteró de que estaba escondido allí y vino a hacerme un gran favor: me rebajó el cabello para que no se me reconociera la tonsura que me había afeitado recientemente. Este vecino, que era un buen hombre, aunque poco practicante, me hizo la siguiente propuesta:
–Aquí no haces nada; podríamos ir al Comité, les explicaré que te tenían engañado, que ahora lo reconoces y verás que no te pasará nada.
–¡No, nunca! Que me tenían engañado no lo puedo decir; soy sacerdote por convicción, gracias a Dios, y dispuesto a serlo hasta las últimas consecuencias».
Si decía que le habían engañado, lo que equivalía a una apostasía formal, se podría salvar. Ese era y siempre ha sido el mayor deseo de todos los revolucionarios que persiguen a la Iglesia Católica. Mosén Pío está dispuesto a llegar al martirio si es necesario. Mientras tanto, necesita poder trabajar para mantenerse. Era el hijo del campanero, lo que significaba que la familia era pobre y en estas circunstancias, más todavía.
Al final mosén Pío decidió presentarse a unas obras de fortificación que se estaban realizando frente a las rocas de la Catel, en las que participaban 200 hombres y las dirigía el alcalde de Canet, que era albañil. Mosén Pío le saludó:
–«Ya sabes que ahora no tengo trabajo, por eso he venido aquí.
Quedó mudo un momento y enseguida reaccionó con una alcaldada colosal: extendió los brazos en un gesto olímpico y, dirigiéndose a todos, les dijo:
–¿Veis? ¡Este es un hombre! Al fin y al cabo, si hasta ahora era cura, de ahora en adelante será un hombre tan honrado como los demás.
Luego encomendó a Deri que me diera trabajo. Deri se llamaba en realidad Bartolomé Tenas, era un albañil ya mayor, conocido y amigo mío, y domiciliado cerca de casa.
Deri me dio un pico, una pala y un capazo y me indicó que le siguiera. Me dijo amablemente:
-Venga, mosén, venga».
Para los izquierdistas que habían leído la prensa anticlerical y anticristiana durante años, un cura no era un hombre honrado; un peón, sí. Pero se le respetó, al menos de momento, porque unos días más tarde fueron a por él para detenerlo. Mosén Pío era joven y huyó. Atravesó la frontera, se incorporó a la España nacional y fue sacerdote castrense.
No fue hasta el año 1981 en que mosén Pío Masvidal accedió a contar sus recuerdos en una entrevista que le hicieron, que se publicó con otros relatos primero en catalán, luego en español. En este libro se leen cientos de anécdotas que también sucedieron y son contadas con naturalidad, veracidad y falta de rencor.
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