01 de diciembre de 2022

'Captura de Saigón por las fuerzas expedicionarias francesas y españolas', por Léon Morel-Fatio

'Captura de Saigón por las fuerzas expedicionarias francesas y españolas', por Léon Morel-Fatio

España en Vietnam: una historia olvidada o silenciada

Francia propuso a España la participación coaligada en defensa del catolicismo tras las persecuciones a los misioneros en el país asiático. España aceptó no solo por la motivación religiosa, sino que también se trataba de mantener el statu quo territorial y, para ello, se consideraba imprescindible efectuar una política de prestigio

Efectivamente, España tiene su particular huella en Vietnam y, de hecho, allí subyacen tumbas españolas desde el siglo XIX. Pero, ¿cuál es la razón de dicha presencia? ¿Qué motivaciones arrastraron a estos hombres a tan lejanas tierras?
La explicación se encuentra en una intervención militar protagonizada por las tropas españolas que, aliadas con Francia, desembarcaron en Cochinchina (sur de Vietnam), a partir del 1 de septiembre de 1858. ¿Qué legitimaba dicha intervención? La venganza por la masacre de misioneros y conversos católicos que se había desencadenado allí, a raíz del edicto de 1848, por el cual, el emperador Tu-Duc, había decretado el extermino del cristianismo en sus dominios. Por tanto, teóricamente, se concebía como una acción de castigo frente a los salvajes ataques contra cristianos, e incluso, se llegó a considerar como una «cruzada misional».

Alianza en defensa del catolicismo

Para contextualizar, hay que señalar que, ya desde el siglo XVII, misioneros jesuitas, huyendo de las feroces persecuciones a las que se vieron sometidos en Japón; recalaron en las costas del reino de Tonkín (norte de Vietnam). Y, para el siguiente siglo XVIII, se habían extendido, junto con los dominicos, hasta llegar a un total de 5.000 misioneros. Logrando la conversión al catolicismo de 300.000 nativos. Lo cual, provocó la desconfianza de las autoridades locales por el creciente poder e influencia de dichas misiones.
En este contexto, Napoleón III, gobernante de Francia desde 1849, se había otorgado el título de protector de los misioneros cristianos en el Extremo Oriente. Y frente a tales circunstancias, decidió lanzar una acción punitiva contra el emperador de Annam (Vietnam). Pero, ¿era esta su única motivación? En absoluto, aunque Napoleón III, a ojos de las chancillerías occidentales, lo revistiera de misión altruista, la realidad es que, en plena era Imperialista, Francia todavía no disfrutaba de posesiones en aquella región asiática, mientras que su competidor imperial, Reino Unido, poseía la rica colonia de la India y se esforzaba en la adquisición de puertos chinos. Frente a lo cual, el Imperio de Annam (Vietnam) se mostraba como una apetitosa y prometedora región que podía pasar a manos francesas.

Era necesario conseguir el respeto de las grandes naciones ascendentes

En este punto, Francia propuso a España la participación coaligada en defensa del catolicismo, espíritu que ambas naciones compartían. Además, Napoleón III concebía a España como la aliada ideal porque en ese momento, no mostraba ambiciones expansionistas y, además, poseía en Filipinas un base naval excepcional por su cercanía a dicho objetivo. Y, por su parte, España, ¿por qué aceptó?, ¿cuál fue su motivación? En primer lugar, como se ha señalado, la motivación religiosa. Pero, además, se trataba de mantener el statu quo territorial y, para ello, se consideraba imprescindible efectuar una política de prestigio. Pues a esas alturas del s. XIX, España se percibía internacionalmente como una potencia débil, y por lo tanto, esta entendía que, para conservar sus todavía extensos dominios (Cuba, Puerto Rico, Filipinas), era necesario conseguir el respeto de las grandes naciones ascendentes.
España, según lo estipulado, envió un contingente de 1.500 hombres. Fue el Capitán General de Filipinas, Fernando de Norzagaray, quién reunió la fuerza que iba a intervenir en Vietnam. Su configuración procedió de la guarnición que España tenía destinada en el archipiélago, en su mayoría tropa indígena filipina dirigida por oficiales españoles. Dicho contingente, resultaría a la postre, decisivo para el éxito de la intervención militar. Liderando, por ejemplo, la heroica toma de Saigón (capital de Cochinchina). En este sentido, es clave señalar que, la tropa hispano-filipina, estaba más aclimatada a las condiciones adversas de aquellas latitudes del mundo. Mientras que los franceses, inexpertos en actuar en el sudeste asiático, pronto empezaron a verse diezmados por las inclemencias climáticas y las enfermedades endémicas propias del lugar. Además, otro factor importante es que España permitió a Francia efectuar repetidos reclutamientos de filipinos. Recurso fundamental, pues lo que inicialmente se preveía como una actuación rápida, acabó convirtiéndose en una guerra de cinco años. Por tanto, la intervención española fue inequívocamente clave.

Silenciaron la actuación hispana

Entonces, ¿por qué en la actualidad, existe tan poca referencia a la intervención de España en este episodio? Resultando, además, su participación imprescindible. La respuesta se encuentra en parte, al poco o relativo interés que, en general, los españoles mostraron respecto a este episodio. Y, sobre todo, porque los estudios extranjeros que abordaron aquel acontecimiento, tanto franceses, ingleses como italianos, desde un inicio, nunca consultaron las fuentes españolas. Incluso, intencionadamente, silenciaron la actuación hispana.

Francia se atribuyó todo el liderazgo de las acciones y actuó sin tratar a España como una aliada

Por otra parte, cuando se aborda el episodio, generalmente se percibe la intervención española como innecesaria, carente de sentido y solamente útil para los intereses de Francia. Pues finalmente, le serviría de lanzadera para sentar las bases de lo que acabaría convirtiéndose en la Indochina francesa. Pero, realmente, ¿España no sacó ningún provecho? ¿Resultó plenamente infructífera? ¿Fue tan inconsciente esta participación?
Es cierto que hubo errores flagrantes, principalmente no haber firmado con Napoleón III un convenio previo que fijase fines y objetivos, que precisara las bases de la alianza. Lo cual, sería aprovechado por Francia, que se arrogó todo el liderazgo de las acciones y actuó sin tratar a España como una aliada. De hecho, esto se pudo percibir perfectamente con la indemnización de guerra, pues se tuvo que presionar a París durante años, para poder cobrar la parte correspondiente. Además, nunca se atendió la demanda española de un puerto annamita.
No obstante, resulta erróneo considerar que España no sacó ningún beneficio. Pues, se abrieron varios puertos al comercio español; la posibilidad de acceder al empleo de culíes (trabajadores indígenas) al servicio de España; y, finalmente, al conseguir Francia su posición en el sudeste asiático, propició un equilibrio internacional en Extremo Oriente. Imprescindible, sobre todo, ante el creciente poder de Londres. Por tanto, permitió que, en principio, ambas naciones apoyaran la continuidad española en Filipinas, y, de este modo, el respeto al mencionado statu quo.
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