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27 de mayo de 2024

Esta fotografía, tomada por Alfonso Sánchez Portela el 14 de abril de 1931, muestra la proclamación de la Segunda República Española en la Puerta del Sol de Madrid

Esta fotografía, tomada por Alfonso Sánchez Portela el 14 de abril de 1931, muestra la proclamación de la Segunda República Española en la Puerta del Sol de Madrid

14 de abril de 1931: cuando España se levantó monárquica y se acostó republicana

Fernando de los Ríos comunicaba a los periodistas que la República se iba a implantar «en España de manera indefectible antes de dos años»

Todo era incertidumbre a primera hora de la mañana del 14 de abril de 1931. En algunos lugares reinaba la confusión o el miedo y en otros el entusiasmo. En este último se hallaba el conocido catedrático socialista Fernando de los Ríos. No eran pocos los periodistas que le buscaban para conocer sus impresiones y él no podía ser más rotundo. Radiante de felicidad confesaba a todos que la República «va a implantarse en España de manera indefectible antes de dos años».
La gente en la calle ya conocía e, incluso, se sabía de memoria los resultados de las elecciones municipales que se habían celebrado dos días antes. España se levantó monárquica el día 12, se acostó republicana y el 13 amaneció sin saber en qué se iba a convertir. Los más aventurados especulaban con las primeras medidas de los ayuntamientos republicanos, que se limitaban al cambio de nombre de algunas calles o plazas. Era imposible que todo el aparato monárquico cayese de la noche a la mañana y mucho menos como consecuencia de unos simples comicios municipales. Cualquier acto considerado como insensato y no acorde a la ley y a la Constitución podría desencadenar una represión por parte del gobierno.

Era imposible que todo el aparato monárquico cayese de la noche a la mañana y mucho menos como consecuencia de unos simples comicios municipales

En Palacio, como es obvio, también eran conscientes de la situación. Según avanzaban las horas se hacía más complicado apuntalar el régimen. La gente empezaba a salir a las calles y el rey no podía combatir por la fuerza a los ciudadanos sin caer en un descrédito fatal en esa coyuntura. Alfonso XIII, presionado, con un gobierno cada vez más dividido y sin saber cómo actuar, se decantó por abandonar su puesto, al entender que las votaciones habían revelado que no contaba con el amor de su pueblo. Los primeros sorprendidos fueron los republicanos.
Celebraciones de la proclamación de la Segunda República Española en Barcelona, 1931

Celebraciones de la proclamación de la Segunda República Española en Barcelona, 1931Wikimedia Commons

Hasta ese momento la inquietud se mantuvo entre algunos de los líderes del republicanismo. A las previsiones de Fernando de los Ríos habría que sumar las precauciones de Manuel Azaña. Este, escondido desde hacía meses por su implicación en la fallida sublevación republicana de diciembre de 1930, se mostraba aún desconfiado la tarde del 13 de abril.
Ningún republicano debía salir a la calle: «cualquier imprudencia puede echarlo todo a perder». Azaña estaba convencido de que Alfonso XIII no se iría, «ni tiene por qué irse, al menos por ahora. Y si la gente se empeña en salir a la calle, los que tendremos que irnos mucho más lejos seremos nosotros». Nada de manifestaciones, el paso que se había dado el día anterior era enorme y no podía malograrse por culpa de unos agitadores. Los planes de Azaña, como los de Fernando de los Ríos, pasaban por la prudencia y el tiempo. La misma noche del 13 de abril, el escritor alcalaíno, todavía temiendo por su seguridad, sólo permitía que se le llamase ministro «como broma».
Es conocido que los republicanos contravinieron los dictámenes de Azaña y el 14 de abril abarrotaron las calles del centro de Madrid. Las concentraciones, marcadas por el júbilo, no se desarrollaron como temía Azaña: ni hubo agentes alborotadores ni las fuerzas de orden público reprimieron con dureza a los manifestantes.
Al contrario, les permitieron llegar hasta la Puerta del Sol, donde pudieron vitorear al nuevo gobierno provisional. Fernando de los Ríos y Manuel Azaña formaban parte del gabinete. Ninguno de los dos podía creer lo que había sucedido en tan poco tiempo, ni siquiera en sus mejores predicciones. La República de los dos años había llegado en unas horas y en apenas un día habían pasado de bromear y de ocultarse a lucir sus carteras de ministro.
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