Estado de la Puerta de Brandeburgo y el centro de Berlín tras la rendición alemana, en junio de 1945
La batalla de Berlín: 80 años del choque definitivo de la Segunda Guerra Mundial
El Ejército Rojo reunió en las afueras de la capital del Tercer Reich una de las mayores concentraciones de poder militar jamás vistas, con más de un millón y medio de soldados
El 20 de abril de 1945, coincidiendo con el cumpleaños de Adolf Hitler, las fuerzas soviéticas lideradas por los mariscales Gueorgui Zhúkov, al mando del Primer Frente Bielorruso, Konstantín Rokossovski (Segundo Frente Bielorruso), e Iván Kónev (Primer Frente Ucraniano), se lanzaron contra las diezmadas fuerzas alemanas que protegían Berlín. Tras la caída de Viena el 14 de abril, veinte ejércitos al completo fueron llevados desde diversos sectores del frente a los alrededores de la capital germana.
El dispositivo militar fue reforzado con unos de 6500 carros de combate y cerca de 8500 aviones de todo tipo. Desde el 16 de abril la cuidad de Berlín estaba completamente rodeada por los tres «frentes», «grupos de ejércitos» en terminología occidental, del Ejército Rojo.
En una frenética carrera por alcanzar la gloria, los mariscales soviéticos estaban dispuestos a aceptar enormes bajas entre sus filas. Y, consecuentemente, asumían que los daños a personas e infraestructuras durante el asalto a la ciudad serían colosales.
La defensa de la capital
Cuando comenzó la batalla, Berlín ya era un amasijo de escombros y vigas retorcidas como consecuencia de los repetidos bombardeos aéreos llevados a cabo por los aliados. Durante la Segunda Guerra Mundial la ciudad sufrió 363 ataques aéreos principalmente llevados a cabo por la RAF británica y las Fuerzas Aéreas del Ejército de los Estados Unidos. A pesar de todo, la preparación artillera del Ejército Rojo fue estremecedora: la artillería soviética disparó cerca de dos millones de proyectiles durante su ofensiva.
En el interior de la capital del Tercer Reich había algunas defensas fijas que no tenían gran utilidad. Pero el entorno urbano ofrecía una cierta ventaja a los defensores. Esto fue especialmente cierto en el caso de los carros de combate del Ejército Rojo puesto que, en su afán de progresión, avanzaban sin el vital apoyo de la infantería. Las fuerzas alemanas conseguían frecuentemente destruir los blindados soviéticos emboscándolos y atacándolos con los famosos lanzagranadas antitanque Panzerfaust (puño acorazado).
Muchos defensores lucharon con una valentía a veces rayana en lo suicida. A modo de ejemplo, tres de ellos, armados únicamente con una ametralladora, consiguieron resistir durante dos días los ataques soviéticos sobre el puente Halensee. La experiencia en la lucha en entornos urbanos que las Waffen-SS habían acumulado a lo largo de la Segunda Guerra Mundial llevó a que ubicasen francotiradores y ametralladoras en los pisos superiores y tejados de los edificios.
Los carros de combate soviéticos no podían elevar sus cañones para hacer fuego a esas alturas. Al mismo tiempo, posicionaron soldados armados con Panzerfaust en las ventanas de sótanos y bodegas para emboscar a los blindados mientras avanzaban por las calles.
Sin embargo, la potencia de fuego soviética era abrumadora: un solo disparo de un francotirador solía ser respondido con fuego de artillería o de lanzacohetes múltiples Katyusha, arrasando todo el edificio desde donde provenía el disparo. La sola sospecha de que un sótano pudiera contener defensores llevaba al lanzamiento de granadas de mano soviéticas, sin tener en cuenta la presencia de civiles. Para las mujeres alemanas, el mayor temor era la violación, cometida a gran escala por los soldados del Ejército Rojo.
Tropas soviéticas en combate en las calles de Berlín
Muchos berlineses, en un desesperado intento de que la pesadilla terminara cuanto antes, decidiron colgar banderas blancas o rojas en sus ventanas, ofreciendo su rendición o dando la bienvenida al Ejército Rojo. Pero esta práctica implicaba el riesgo de ser ejecutados por pelotones de fusilamiento de las SS. Por otra parte, muy probablemente las tropas soviéticas no prestaron atención alguna a las banderas.
A la desesperada
El 23 de abril, el general Helmuth Weidling asumió el mando de las fuerzas en Berlín. La guarnición estaba principalmente compuesta por varias divisiones diezmadas y desorganizadas del Ejército (Heer) y de las Waffen-SS. A estas fuerzas habría que sumar miembros de la Volkssturm (milicia nacional alemana) y de las Juventudes Hitlerianas (Hitlerjugend), niños y ancianos con un entrenamiento deficiente.
Adolf Hitler, en su búnker subterráneo situado en el centro de la ciudad, seguía convencido de que Berlín podía salvarse. En su habitual línea de comportamiento paranoico, dio órdenes desesperadas a ejércitos que no existían para romper el asedio. En sus delirios, estaba convencido de que, como en el caso de su héroe Federico II el Grande, un milagro de última hora lo cambiaría todo.
Por su parte, el tirano soviético Iósif Stalin, también caracterizado por una línea de actuación paranoide, estaba obsesionado con tomar el Reichstag. Pero el edificio, que desde el año 1933 tenía un papel puramente ceremonial, carecía de valor estratégico alguno. Esta fijación en un objetivo puramente simbólico tuvo un alto coste en vidas de soldados soviéticos.
El final de la resistencia
El 30 de abril Hitler se suicidó. La guarnición de la ciudad se rindió el 2 de mayo, con lo que la batalla se dio por concluida. Sin embargo, los combates continuaron al noroeste, oeste y suroeste de Berlín hasta el 8 de mayo cuando la rendición incondicional de Alemania llevó al final de la Segunda Guerra Mundial en Europa. Muchas unidades alemanas lucharon preferentemente en el frente oeste para poder rendirse a los aliados occidentales en lugar de a los soviéticos, intuyendo el final que en este caso les esperaba.