Pertinax, que fue asesinado por la Guardia Pretoriana, no dejó ningún sucesor, por lo que los pretorianos optaron por «subastar» el torno y finalmente fue otorgado al mejor postor: Didio Juliano, un antiguo comandante, gobernador y cónsul. Según Dion Casio en su Historia Romana, Didio Juliano era «a la vez insaciable captor de dinero y derrochador desenfrenado... siempre ansioso por revolución y, por lo tanto, había sido exiliado por Cómodo... cuando se enteró de la muerte de Pertinax rápidamente se dirigió al campamento y, al pie de la puerta del recinto, hizo una oferta a los soldados para el gobierno sobre Roma».
Pero «su compra del trono lo hizo impopular tanto con el Senado como con el pueblo, y con la pérdida de apoyo de la Guardia, sus días en el trono estaban contados», detalla el profesor Wasson. «La gente se mantuvo a la distancia, gritando maldiciones y reprendiendo amargamente a Juliano por usar su riqueza para comprar el trono», relata Herodiano sobre la recepción del pueblo al nuevo emperador en su Historia del Imperio Romano.
Tras 66 días de gobierno, «los tres grandes ejércitos provinciales no aceptaron su nombramiento y surgieron así tres rebeliones en otras tantas provincias dirigidas respectivamente por Pescenio Níger (Siria), Clodio Albino (Britannia y luego Galia) y Septimio Severo, (Panonia)», recoge el portal Tesauros (diccionario del patrimonio cultural de España) del Ministerio de Cultura.