El compromiso de Caspe en 1412
El rey que murió supuestamente de un ataque de risa y dejó a cinco candidatos disputándose la Corona de Aragón
El Compromiso de Caspe constituyó un antes y un después en el recorrido político de Europa. Nunca antes se había conseguido que la opinión de los pueblos, a través de sus representantes legítimos, se impusiera pacífica y ordenadamente a la presión de los más poderosos
«Fueron verdaderamente aquellos tiempos de gran tribulación y de una penosa condición y suerte». Lo escribió Jerónimo de Zurita, gran historiador aragonés, refiriéndose a los últimos momentos del reinado de don Martín I de Aragón. También que «en el poderío temporal, nunca deparó tanto peligro después que se acabó de conquistar a los infieles, pues en lugar de suceder un legítimo rey y señor natural, quedaban cinco competidores y trataba el que más podía de proseguir su derecho por las armas».
Don Martín había sido un hombre culto, que mereció el apodo de «el Humano», con el que pasó a la historia. Por su interés por las humanidades más que por su condición personal. Como rey dejó bastante que desear, por su carácter indeciso.
Retrato imaginario de Martín I de Aragón, de Manuel Aguirre y Monsalbe
Nunca consiguió controlar los disturbios provocados por la nobleza en Aragón y Valencia, ni el enfrentamiento entre los bandos nobiliarios y las oligarquías urbanas de Cataluña. Tampoco se decidió a nombrar heredero tras la muerte de su hijo Martín el Joven. Murió en 1410, al parecer, de «un ataque de risa». Dejó un panorama desolador que amenazaba el futuro de su herencia.
Las Cortes habían exigido que la sucesión se otorgase a quien en justicia la mereciera siguiendo las normas del reino. En la Corona de Aragón, las mujeres no podían reinar, al contrario que en Castilla, aunque sí podían transmitir los derechos sucesorios. Existían cinco posibles candidatos emparentados con el monarca difunto. El riesgo de división de la Corona parecía inminente. El más próximo era su nieto ilegítimo don Fadrique. Su condición de bastardo iba a resultar un obstáculo insalvable.
El más problemático y ambicioso era el conde Jaime II de Urgel. Encabezaba a la más turbulenta nobleza. Su intento de autoproclamarse gobernador general del reino por la fuerza de las armas fue frenado en seco por las Cortes de Cataluña y por el arzobispo de Zaragoza, que consideraban muy peligrosa su candidatura.
Acta notarial original de la elección unánime de Fernando de Antequera como rey de Aragón
Las Cortes de Cataluña declararon que «su porvenir estaba en no separarse de los estados a los que estaba unida por vínculos fraternos». También hicieron un llamamiento a los otros componentes de la Corona para resolver conjuntamente aquella problemática situación.
Otros candidatos eran Luis de Anjou, duque de Calabria; Alfonso de Aragón, «el Viejo», duque de Gandía, y Fernando de Trastámara, «el de Antequera», regente de Castilla. Se les pidió que hicieran valer sus derechos. El duque de Calabria recibió el apoyo del Parlamento de París, que remitió a Barcelona un informe en favor de sus derechos acompañado de una carta de apoyo del Rey de Francia.
Los catalanes contestaron que se trataba de unir a todos los territorios de la Corona para que juntos, y no solo Cataluña, reconocieran el derecho para quien «perteneciera en justicia».
El ejemplo de Cataluña prendió con rapidez en Valencia y Aragón. Esta última estaba desgarrada entre dos facciones encabezadas por los Luna y los Urrea, que habían ensangrentado el reino durante el reinado de don Martín. La llegada de los plenipotenciarios catalanes sirvió de revulsivo para que las fuerzas vivas de la región se coaligaran contra la violencia nobiliaria.
Especialmente importante fue la adhesión de la Iglesia, encabezada por el arzobispo de Zaragoza. Se consiguió la reunión de un «parlamento» que acordase con valencianos y catalanes la constitución de un «parlamento general» de la Corona.
Esta decisión le costó la vida al arzobispo de Zaragoza, asesinado por partidarios del conde de Urgel tras ser atraído a una celada. También en Valencia, cuya nobleza siempre estaba predispuesta a desenvainar la espada, se consiguió elegir otro parlamento, gracias en parte a la influencia de Vicente Ferrer, cuya fama de hombre justo y misericordioso anticipaba su futura santidad.
Coronación de Fernando I de Aragón
Tras diversas vicisitudes, los parlamentos de los dos reinos y el principado acordaron la constitución de un comité de nueve miembros «de conciencia pura y buena fama», tres por cada región, que se reuniría en Caspe y no se disolvería hasta elegir un monarca. Las deliberaciones se prolongaron durante los meses de marzo y abril de 1412. Se mantuvieron en el mayor de los secretos.
Nunca se supo si habían existido votaciones ni su resultado. Sí se sabe que fueron decisivos los compromisarios catalanes y san Vicente Ferrer, que apoyaron a don Fernando por su reconocido prestigio, sus servicios a la cristiandad y su condición de «español». Para los catalanes era importante conseguir el apoyo de la potente Castilla. Atravesaban momentos difíciles por la crisis de su comercio mediterráneo, asolado por la imparable expansión de los turcos.
El Compromiso de Caspe constituyó un antes y un después en el recorrido político de Europa. Nunca antes se había conseguido que la opinión de los pueblos, a través de sus representantes legítimos, se impusiera pacífica y ordenadamente a la presión de los más poderosos. También supuso un avance hacia la unidad española. Los historiadores más importantes así lo han considerado, por ejemplo, Jaume Vicens Vives, que considera el «pactismo» aragonés uno de los pilares de la monarquía hispánica.