El flautista se lleva a los niños
La verdadera historia del Flautista de Hamelín: qué ocurrió con los 130 niños desaparecidos
Existe otra interpretación más actual que ve en la leyenda del flautista una parábola con una advertencia: en tiempos de crisis, cuidado con ponernos en manos de líderes carismáticos que ofrecen soluciones drásticas
Una de las leyendas más famosas y conocidas en todo el mundo es la del flautista de Hamelín. La leyenda narra la siguiente historia: la ciudad de Hamelín, en la Baja Sajonia, está sufriendo una epidemia de ratas en el año 1284. Los ciudadanos estaban preocupados por los problemas que ocasionaban los roedores y no sabían qué medida tomar al respecto. En estas, se presentó en la ciudad un extraño individuo vestido con abigarradas prendas. Ante los curiosos que se le acercan, se declara cazador de ratas y promete librar a la ciudad de cuantos roedores hubiera a cambio de una cantidad de dinero.
El alcalde, haciéndose eco de la angustia de sus conciudadanos, accede a pagar los honorarios solicitados. El flautista se pone a tocar su flauta, que suena por toda la ciudad. Ratas y ratones, presurosos, salen de todas las esquinas y se apiñan alrededor del flautista, que encaminó sus pasos hacia el río Weser. Una vez seguro de que todos los roedores de la ciudad lo seguían, entró en el río mientras continuaba tocando su flauta. Así todos los roedores de Hamelín murieron ahogados.
La imagen más antigua del Flautista de Hamelín copiada de la vidriera de la Iglesia del Mercado de Hameln/Hamelín Alemania (c.1300-1633)
Terminada la limpieza, el flautista reclamó el pago de sus servicios. El alcalde y el consejo, viendo que la crisis había sido superada, hicieron demérito de la labor del flautista y, como si le estuviesen haciendo un favor, se ofrecieron a pagar una fracción de lo acordado. El flautista se marchó furioso.
El 26 de junio, el flautista regresó a Hamelín. Esta vez llevaba un atuendo distinto y el rostro alterado, por lo que nadie lo reconoció. De sus ropas destacaba un vistoso sombrero rojo de extraña forma. En la plaza, se llevó la flauta a la boca y tocó una extraña y subyugante melodía. Se repitió la escena, pero esta vez, en lugar de los roedores, los que se apiñaron alrededor del flautista fueron los niños, que lo siguieron por la ciudad, atravesaron la puerta de Pascua y se internaron en dirección a los montes. Y nunca más se les volvió a ver.
La leyenda del flautista narra un hecho histórico, adornado y embellecido a lo largo del tiempo. Para empezar, la historia nada tiene que ver con la epidemia de peste —la peste negra— de 1348, ya que es anterior, y tampoco guarda relación alguna con la cruzada de los niños de 1212 (el año de la batalla de las Navas de Tolosa).
El documento más antiguo que nos da un relato completo del suceso —hay otros anteriores que ofrecen información fragmentaria— está datado en el año 1430 y se encuentra en el manuscrito de Luneburgo, atribuido al monje Joaquín Hildebrando Theol; existe también una versión incompleta en la Catena aurea del monje Henrich von Hertford, datada en 1370. En los archivos de Hamelín se encuentran referencias a la desaparición de ciento treinta jóvenes de la ciudad.
La leyenda se difundirá ampliamente durante los siglos XVIII y XIX gracias a las diferentes versiones que de ella hicieron escritores tan eminentes como Goethe, Achim von Arnim, los hermanos Grimm, Johann Gottfried Gregori, etc.
Estudios modernos dividen la leyenda en dos partes: la desaparición de los niños y las ratas. La primera mención sobre la plaga de ratas es posterior a los hechos y aparece en documentos del siglo XVI, nunca antes. Está claro que se trata de un añadido justificativo relacionado con la desaparición de los jóvenes, que sí constituye un hecho histórico comprobado.
Este último, conocido como el Kinderauszug (el éxodo de los niños, en alemán), se cree —o al menos es la teoría más aceptada— que refleja una recluta de voluntarios para la repoblación de los territorios ganados a las tribus paganas del este (antigua Prusia, Lituania, Polonia, Livonia, etc.) por parte de los caballeros teutónicos. Los jóvenes de la ciudad, desesperados por las exigencias gremiales impuestas por quienes controlaban las actividades de Hamelín, se alistaron en masa cuando uno de los reclutadores de los señores locales se presentó en la ciudad. Curiosamente, uno de los distintivos que usaban estos individuos era un sombrero rojo: igual que el flautista cuando se llevó a los niños.
Ilustración de Kate Greenaway para la adaptación de Robert Browning de la saga
En 1997, el catedrático de onomástica y toponimia —ramas de la lexicografía que estudian los nombres propios, de familia y de lugares en una lengua— Jürgen Udolph publicó un trabajo en el que demuestra que, durante la colonización de los territorios orientales, en torno a las regiones de Prignitz y Uckermark, en el estado de Brandeburgo, se concentra una desproporcionada cantidad de nombres procedentes de topónimos de la región de Hamelín. Lo que prueba que, en algún momento durante el siglo XIII, un grupo numeroso de personas originarias de Hamelín se instaló en estas regiones.
Existe otra interpretación más actual que ve en la leyenda del flautista una parábola con una advertencia: en tiempos de crisis, cuidado con ponernos en manos de líderes carismáticos que ofrecen soluciones drásticas. Como los ciudadanos de Hamelín, quienes entregan el poder a estas personas acabarán pagando con las vidas de sus hijos.