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Historias de la historiaAntonio Pérez Henares

Fray Junípero Serra, el fundador de las misiones californianas

Hoy, su efigie es la única de un español en el Salón Nacional de las Estatuas del Capitolio de los Estados Unidos de América, símbolo de su soberanía y sede del poder legislativo

Estatua de fray Junípero Serra en el 'National Santuary Hall'Architect of the Capitol

Cuando rebrotó el sarpullido recurrente de derribar estatuas hispanas por América, jaleado, ¿cómo no?, por la cada vez más trastornada izquierda española, y le tocó el turno a Junípero Serra, hubo algo que descolló incluso por encima de esa rabia de horda inútil, cebona y cebada, cuyo cuerpo de doctrina es un tuit y su objetivo, grabar y compartir su estupidez por el móvil: su ignorancia.

No sabían a quién vejaban ni la absoluta injusticia de sus actos cuando, en el suelo natal del fraile, Mallorca, los podemitas vandalizaron con pintadas e insultos la estatua erigida en su memoria.

Siempre me ha sorprendido, ya no el desprecio —en cierta manera entendible— de la población de origen anglófilo a esas raíces, sino el que una parte nada desdeñable de la población hispana lo secunde con entusiasmo y hasta lo encabece.

El acusar a España de todos sus males colectivos y personales que, en el centro y sur de América, las élites criollas de antaño y los populismos extremos de ahora practican de continuo y enseñan en las escuelas, es una de las grandes mentiras —que también aquí hemos convertido en doctrina— de la historia.

Resulta que, en aquel 1800, fecha del comienzo de sus independencias, aquella región de la Tierra era la más próspera, avanzada y esplendorosa del continente. Sus ciudades, sus universidades, su comercio y desarrollo lo demuestran. La capital mexicana o cualquiera de las urbes señeras de los virreinatos florecían cuando en el norte ni siquiera casi había nacido. Y las que sí, habían sido fundadas por españoles.

Hoy mismo, el único patrimonio que en verdad puede considerarse histórico —amén del precolombino, por supuesto— es, y se debe casi en su totalidad, a lo heredado de España.

Ello, al margen de la prueba más contundente y clamorosa: mientras que al norte de la frontera a la que llegó el Imperio español hay que buscar con lupa para encontrar un indígena —pues la población es más que residual y la causa solo es una: fueron exterminados—, al sur, y precisamente por ese dominio y las leyes de la Corona hispana, indígenas y mestizos de todas las mezclas posibles son mayoría, y en ocasiones, ya en Centroamérica, mucho más que absoluta.

En la enorme nómina de personajes que hicieron y jalonaron aquella historia comenzada por Cristóbal Colón en 1492, los hay de muy variados pelajes: de héroes a canallas, de admirables a infames. Sin que el juicio a su figura se haga desde el delirante presentismo actual, y atendiendo a su propia —y entonces normalizada— escala de valores, algunos son en verdad deleznables.

Y de hecho los hubo que, por ello, dieron con sus huesos en las mazmorras, juzgados por sus crímenes, como fue el caso de Nuño Beltrán de Guzmán, fundador de Guadalajara (México). Pero negar gesta, valor, audacia y epopeya al conjunto es, llanamente, tan miserable como estúpido. Y, sin duda, fruto del prejuicio, el sectarismo ideológico y la ignorancia. Solo desde esos parámetros puede ponerse alguien a derribar una estatua de fray Junípero, beato (Juan Pablo II, 1988) y ahora ya santo para la religión católica (Francisco I, 2015).

Miguel José Serra Ferrer, conocido tradicionalmente como fray Junípero, fue un fraile franciscano nacido en Petra (Mallorca) en 1713, en el seno de una muy humilde familia de labradores que se convirtió —y es— historia y leyenda de América, en particular a lo largo de aquel fabuloso Real Camino de Santa Fe, en el que fundó las famosas misiones californianas.

Sus padres, analfabetos, quisieron que el niño no lo fuera y consiguieron ingresarlo en el vecino convento franciscano. Aprovechó la oportunidad y decidió convertirse en religioso, tomando los hábitos a los 16 años con el nombre de uno de los primeros acompañantes del fundador de la orden, san Francisco de Asís: Junípero, por el que ya sería para siempre conocido y por quien se bautizarían incluso plantas que hoy llevan su nombre científico.

Junípero SerraDominio Público

Fue aplicado en el estudio y alcanzó los doctorados en Teología y Filosofía, teniendo en esta disciplina muy presente siempre la figura de su paisano Ramon Llull.

Tras haber pasado por diferentes centros franciscanos —sobre todo en las propias islas Baleares, donde comenzó a ejercer una labor docente y ganó pronta fama entre sus alumnos—, no fue hasta 1749, ya cerca de los 40 años, cuando embarcó hacia América. En esta aventura pastoral participaron un buen puñado de frailes a quienes él mismo había formado. Veinte en total le acompañaron en una larga y complicada travesía que les llevó a Veracruz. Allí, mientras sus acompañantes viajaron en carruaje hacia la capital mexicana, él decidió, junto a un fraile andaluz —era pequeño de estatura, pero muy animoso—, hacer los 500 kilómetros andando. Lo consiguió, pero le costó una lesión de por vida en una pierna.

Ello no le impediría que jamás quisiera hacer uso de caballería alguna a lo largo de los más de diez mil kilómetros que recorrería después —siempre a pie— por América. Su dolencia y crónica cojera la asumió como pago de lo mucho aprendido en aquel periplo que le serviría ya para empezar a comprender aquella Nueva España donde iba a desarrollar su labor hasta su muerte.

Su primera misión tuvo como destino Sierra Gorda, actual estado de Querétaro, donde permaneció nueve años de convivencia, evangelización y enseñanza con los indios pames, a quienes, amén de cristianizar, ayudó en cuanto pudo a mejorar su vida, introduciéndoles en las labores agrícolas y ganaderas que aquellas poblaciones desconocían.

El territorio apache iba a ser su siguiente cometido, pero el virrey frenó su salida, y hubo de permanecer en Ciudad de México varios años, hasta que se produjo un acontecimiento de enorme repercusión en el Nuevo Mundo: la expulsión de los jesuitas por orden real de Carlos III, mediante la Pragmática Sanción de 1767, que los obligaba a abandonar todos los territorios españoles, desde las selvas amazónicas hasta California. A este último lugar fue donde, al frente de dieciséis franciscanos, se dirigió fray Junípero para sustituirlos.

El 14 de julio de aquel año, tras llegar desde la capital al puerto de San Blas de las Californias, en el Pacífico —donde se encontraba la comandancia de la Marina española, a cuyo frente estaba un ilustre explorador, José María Bodega y Quadra, quien frenó la penetración rusa desde Alaska y antepasado de otro de buena y reciente memoria, Miguel de la Quadra-Salcedo—, partieron hacia la península de Baja California y establecieron su base en la misión de Loreto.

Desde allí, fray Junípero comenzó una labor tanto de exploración como de recopilación de datos geográficos, étnicos y sobre las formas de vida de los indígenas. Comprendió que, amén de llevarles la fe de Cristo, podía ayudarles a mejorar su existencia, ya que subsistían únicamente mediante la caza de animales salvajes y la recolección de plantas, frutos, bayas y raíces silvestres. Tampoco poseían conocimientos para fabricar vasijas, por lo que la enseñanza del uso de hornos de arcilla supuso una mejora considerable.

Fue un Gálvez —José, de nombre—, visitador general del virrey y tío de quien luego sería elemento decisivo en la victoria de los norteamericanos en su guerra de independencia contra los ingleses, Bernardo de Gálvez, quien, junto con fray Junípero, proyectó las expediciones para controlar aquel extenso territorio, asegurar la soberanía de España y, por parte del clérigo, proceder a su evangelización. En una de ellas, por tierra firme, fray Junípero acompañó al jefe de la expedición, Gaspar de Portolá, con quien mantendría desde entonces una fructífera y amistosa colaboración.

El padre Serra celebra misa en Monterrey; pintura de Léon Trousset, 1877

Pusieron rumbo a Monterrey a finales de marzo, llevando con ellos vacas, cerdos y caballos, y fueron a encontrarse, ya bien entrado julio, en la bahía de San Diego con los navíos San Carlos y San Antonio, que ya estaban fondeados tras haber partido a principios de año desde San Blas. Allí fue fundada la primera misión, la de San Diego, a la que, siguiendo camino hacia el norte, se unirían luego las de San Carlos, San Antonio y San Gabriel, esta última situada donde actualmente se alza la populosa urbe de Los Ángeles.

Por cierto, la fundación de la ciudad encierra una lección increíble y que debiera ser mucho más conocida. Del grupo de parejas de vecinos que fueron sus primeros pobladores, tan solo dos estaban compuestas exclusivamente por españoles, mientras que el resto lo estaban por españoles con indígenas, o por indígenas de diversas etnias y otros mestizajes. Toda una enseñanza de la que no quieren saber nada los 'estatuicidas' que gritan y acusan de racismo a quienes, muchos siglos antes que ellos, en absoluto lo practicaban.

Las sucesivas misiones iban estableciéndose y cumpliendo los objetivos previstos, pero pronto se truncó la relación con el nuevo jefe, Pedro Fages, quien había sustituido a Portolá como gobernador de los asentamientos californianos. Harto fray Junípero de sus imposiciones sobre los misioneros y de sus tratos cada vez más duros y vejatorios con los indígenas, decidió —sabedor de que Fages controlaba el correo— emprender el camino a pie hasta Ciudad de México para dar cuenta de viva voz y en persona al virrey Bucareli.

Logró llegar, tras mucha fatiga y postración, en el año 1773, y en el convento de San Fernando redactó su Representación sobre la conquista temporal y espiritual de la Alta California, texto que ha sido reconocido desde entonces como una encendida defensa de los indígenas: la Carta de derechos de los indios.

Serra preparó su misión evangelizadora de Alta California en la Misión de Loreto, en Baja California, en 1768-69

Consiguió la destitución de Fages, pero le costó más sustituirlo, pues el elegido, José Francisco Ortega, solo tenía grado de sargento, y hubo de insistir mucho hasta lograr que lo ascendieran y pudiera ocupar el cargo de jefe del presidio (fuerte) y de alcalde de San Diego.

Cumplida su misión, aquel año regresó de nuevo desde la capital a sus misiones fray Junípero y, en la misión de San Gabriel, coincidió con alguien que sería trascendental para su defensa y el mantenimiento de todo aquel peligroso territorio, ahora atacado por los indios comanches, que se lanzaban contra otros indígenas, incluidos los apaches convertidos al cristianismo y transmutados, algunas de sus tribus, en agricultores: el entonces capitán Juan Bautista de Anza, impulsor y luego jefe de los míticos Dragones de Cuera. El joven capitán abrió con aquella primera marcha y su compañía la ruta terrestre entre Sonora y California.

A pesar de los ataques indígenas —que llegaron a arrasar la misión de San Diego y matar a algunos frailes—, con el apoyo de los Dragones se fue estableciendo un rosario de misiones, unidas todas ellas por una ruta que hasta hoy resuena como una de las mayores gestas: el Camino Real, cuyo destino final fue quien después le dio el apellido, Santa Fe. En 1776 se fundó la misión de San Francisco, luego la de San Juan y después la de San Buenaventura. Al final, en total, llegarían a ser veinticuatro.

Las normas de actuación eran muy simples. Los frailes levantaban una capilla para colocar la cruz y celebrar el culto, y una cabaña para su propio alojamiento. Los soldados, un pequeño fuerte para defenderse y cobijarse. Invitaban a los indios a establecerse en los alrededores y, al tiempo que comenzaban a catequizarlos, les enseñaban a cultivar y pastorear, proporcionándoles semillas y algunos animales domésticos. También les enseñaban albañilería e incluso a forjar metales. Las mujeres eran adiestradas en hilado, tejido y cocina, amén de fabricar artesanías con arcilla.

A ello entregó su vida, hasta el final de sus días, este mallorquín que falleció en una de aquellas misiones por él mismo fundada y en la que hoy siguen reposando sus restos: la de San Carlos Borromeo, en Monterrey (California), el 28 de agosto de 1784, a la edad de 71 años.

Hoy, su efigie es la única de un español en el Salón Nacional de las Estatuas del Capitolio de los Estados Unidos de América, símbolo de su soberanía y sede del poder legislativo.

Y si allí está fray Junípero es porque cada uno de los estados federados tenía derecho a proponer tan solo dos nombres, y el suyo fue propuesto por el Estado de California. Se encuentra en el pasillo principal del recinto.

Así que, aunque tanto allí como acá tengamos proliferación de ignaros y vándalos que odian la historia que desconocen e insultan a quienes más hicieron por mejorarla, también hay quienes los recuerdan y los respetan. Incluso dándole su nombre a la denominación científica de toda una familia de plantas —coníferas, arbustivas—: los juníperos, es decir, los enebros y sabinas, multitud de especies cuyas diferentes subespecies fueron descubiertas en aquellas exploraciones.