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La gesta de Vara de Rey en El Caney: nunca tan valientes recorrieron un campo de batalla

Grandes gestas españolas

La gesta de Vara de Rey en El Caney: nunca tan valientes recorrieron un campo de batalla

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Cuando se perdieron los últimos territorios de Ultramar un sentimiento de derrota y pesimismo se fraguó en la expresión «Desastre del 98». Aunque de él surgiría un brillante movimiento literario, contribuyó a que las siguientes generaciones culparan a una España decadente que no supo conservar provincias que llevaban siglos siendo españolas.

Pero esta sensación, y sobre todo su última y trágica batalla naval, ha enmascarado datos cruciales como que España fue atacada a traición por potentes enemigos. El externo –un Estados Unidos imperialista que vulneró elementales principios éticos– y el interno, una masonería siempre antiespañola que manipulaba a los criollos insuflándoles unas ansias de independencia ajenas al grueso de la población.

Ajenas porque no envidiaban en absoluto la trayectoria de las vecinas repúblicas hispanoamericanas, que abocadas a guerras y a la desigualdad jamás habían superado el nivel económico, social y cultural que cuando eran españolas.

Pero aparte de obviar los culpables, la expresión «Desastre del 98» también ensombreció actos de un heroísmo de alto voltaje como el de Joaquín Vara de Rey y Rubio que comandó con fiereza y decisión a 500 españoles contra casi 6.500 norteamericanos y cubanos en El Caney. Fue una de las batallas más heroicas de nuestra historia y uno de los ejemplos más sublimes de valor y compromiso militar.

Joaquín Vara de Rey

Una gloriosa saga militar

Joaquín Vara de Rey y Rubio nació en Ibiza en 1840 y era descendiente de una de las más gloriosas sagas de la historia bélica. Su antepasado más próximo, su abuelo, el gaditano Joaquín Vara de Rey y Laget, destacó en la Guerra de la Independencia en las batallas de Talavera, Ocaña, Chiclana y en la Guerra Carlista en el duro asedio de Bilbao y fue condecorado con las cruces Laureada de San Fernando de 2ª Clase y de 1ª Clase, máximos reconocimientos al valor. Su padre, el antequerano Joaquín Vara del Rey y Calderón de la Barca también luchó en la guerra carlista en la que fue herido de gravedad y en la que ganó una Cruz de San Fernando de 1ª clase.

Nuestro héroe, siendo teniente tuvo su bautismo de fuego en la sublevación cantonal de Valencia y Cartagena. Después, combatió en la Tercera Guerra Carlista, en 1884 fue destinado a Filipinas y en 1890, sería uno de los últimos gobernadores de las islas Marianas. Tras estallar una nueva insurrección en Las Antillas, Vara de Rey solicitó ponerse al frente del Regimiento Cuba.

Combates en Cuba

Al mando del Regimiento, el 5 de julio de 1895 pronto se enfrentaba con los insurrectos en la Loma del Gato. Dos columnas españolas combatieron seis horas contra las tropas comandadas por José Maceo (hermano de Antonio, el líder cubano) y Periquito Pérez (el nombre no es un chiste, se llamaba así).

La batalla no se decantaba por ningún bando hasta que el jefe revolucionario tomó una decisión letal: ascender a una loma próxima para contemplar el campo de batalla y fue blanco de un disparo mortal. Dado lo simbólico de la muerte del líder y el impacto moral que ocasionó en sus tropas, España se consideró victoriosa. Vara de Rey, sería ascendido a general de brigada y puesto al mando de la brigada de San Luis.

Estados Unidos entra en la contienda

La Doctrina Monroe «América para los americanos» consideraba la presencia europea en América una agresión a los Estados Unidos, y llevaba palpitando más de una década en el conflicto hispano-cubano. Desde 1850 Estados Unidos consideraba que la posesión de Cuba era necesaria y debía ser tomada a cualquier precio. Se posicionó contra España desde la primera guerra de Cuba o Guerra Grande, en la segunda llamada «guerra chiquita» su intervención se visibilizó porque los insurrectos ya llevaban fusiles estadounidenses y también en la 3ª guerra de Cuba o guerra de independencia cubana, hasta que llegó el momento que optaron por la directa declaración de guerra. Eso sí, recurrieron a un traicionero ardid que el tiempo y la historia desmontaría: la acusación falsa de que España había hundido el acorazado Maine fondeado en la Habana.

Así desembarcaban en Guantánamo en junio de 1898 y el V Cuerpo de Ejército norteamericano con William Shafter al mando acampaba en las proximidades de la playa de Siboney. Aguardaron días hasta desplegar un ataque que preveía la rápida victoria, pero lo que parecía fácil se tornó arduo desde el primer enfrentamiento en las Guásimas. Pese a ser superiores en número y equipamiento sufrieron grandes bajas y el fuego duró hasta que los españoles abandonaron la posición en dirección a Santiago de Cuba.

Atlas ilustrado de la Guerra de CubaSusaeta

Shafter, dividió sus fuerzas en tres divisiones, dos de infantería y una de caballería. Una de las de infantería tendría que neutralizarla posición de El Caney, la más débil de las españolas para pronto e dirigirse a apoyar a las otras dos para el ataque a las Lomas de San Juan y tomar la ciudad de Santiago.

Avance hacia El Caney

Los norteamericanos avanzaban con un ingente número de tropas cual apisonadora y Vara de Rey al mando de la brigada de San Luis, el 23 de junio recibía la orden de defender El Caney. La posición constaba de una docena de casas, seis blocaos de madera, una iglesia de mampostería, una docena de bohíos y el fuerte de El Viso, topónimo que aún denomina un elegante barrio de Madrid. Rápidamente los hombres de Vara aseguraban su perímetro excavando trincheras, levantando parapetos, abriendo aspilleras en los muros de casas e iglesia y clavando alambradas de espino.

Aunque los blocaos les proporcionaban protección, estaban muy expuestos al fuego de artillería, de la que no podían defenderse. Pero lo insalvable era la desigualdad numérica. Solo contaban con 527 hombres.

Se ha escrito que el general cubano Calixto García había advertido a los norteamericanos que esa operación sería difícil y sugirió que El Caney no era imprescindible desde el punto de vista militar. Sin embargo, no atendieron sus objeciones convencidos de que sería un paseo. Un paseo que acabaría como veremos cercenando centenares de vidas hispanas, cubanas y yankies.

Shafter llegaba el 1 de julio de 1898 con cinco mil soldados y muy bien pertrechado de cañones y ametralladores. Los españoles tenían dos cañones de montaña, el extraordinario Plasencia Modelo 1874, diseñado del coronel Plasencia,…pero carecían de munición. Lawton enviado por Shafter le aseguró que en dos horas todo estaría finiquitado y dispuso a sus tres brigadas principales para envolver la posición de Vara de Rey, dejar a los españoles sin efectivos y así despejar el camino a su siguiente objetivo del que hablaremos en un próximo capítulo: las Lomas de San Juan.

Historias de Estados Unidos, de Emilio Ablanedo

Una feroz resistencia

A las seis y media de la mañana comenzaban a bombardear los blocaos españoles. Pero no atinaban: o pasaban de largo o se quedaban cortos por lo que hicieron poco daño a las defensas, pero se quedaron impresionados por la inesperada lluvia de balas que recibieron. Además los hispanos tenían cierta ventaja con sus novedosos Mauser no solo más rápidos y ligeros, sino que cargaban con pólvora sin humo prácticamente indetectable.

Los americanos disparaban con el fusil Krag-Jorgensen y los Winchester muy conocidos por las películas del oeste y según Orlando Ramírez de Arellano, también con el Remington y algunas unidades con el Springfield. Todos de pólvora negra, muy visible en la lejanía. Y algo más que parece baladí, pero crucial en el junio caribeño. Los españoles vestían el ligero rayadillo de algodón y sus enemigos gruesos uniformes de paño que favorecían la deshidratación.

Los norteamericanos creyeron que los españoles huirían ante su aplastante superioridad pero a las nueve de la mañana ya había quedado claro que los hispanos se preparaban para resistir. Vara de Rey con seguridad y cierta arrogancia se paseaba por las trincheras animando a sus hombres entre los que no se encontraban sus hijos como se ha escrito, pero sí su propio hermano y un sobrino. No iban a dar ni un paso atrás.

La lucha se tornaba encarnizada, tanto que los americanos empezaron a desconfiar del número real de españoles de la posición, tenía que haber muchos más y tuvieron que pedir refuerzos hasta hacer un total de 6.200 norteamericanos y 200 cubanos.

Pero los españoles iban repeliendo las oleadas de asaltantes que se iban sucediendo, dejando las dos horas de cálculo inicial en pecata minuta.

Visto lo visto, los norteamericanos decidieron cambiar de posición las plataformas artilleras y orientarlas hacia El Viso donde se centraba el núcleo rector de la resistencia. Los hombres seguían aguantando, pero no así los muros del fuerte que resquebrajados ya no podían resistir la avalancha de impactos. Con el Viso destruido, se produjo el asalto de la infantería, pero para desconcierto de los norteamericanos también fue frenado con bravura.

Al final, la desigualdad numérica acabó pasando su factura. Los disparos de la artillería no paraban e iban consiguiendo tomar las posiciones y la línea española comenzó a ceder. La munición iba siendo cada vez más escasa, pero esperaban refuerzos que tendrían que llegar y que nunca llegaron.

El Viso

Fueron horas de desgaste continuo. Según algunos nueve y según otros doce. Con El Viso casi destruido se inició un nuevo ataque que fue frenado ante los mismos muros del fortín, pero aún así, los españoles se vieron abocados a abandonarlo y refugiarse en la iglesia, el último reducto donde podían resistir. Curiosa y paralelamente una iglesia también se convertiría en el refugio de los Héroes de Baler en Filipinas. La Revista Blanco y Negro escribía que «resistieron como si no fueran hombres sujetos a las debilidades de la carne»

Muerte de Vara de Rey y sus reconocimientos

Y en plena retirada frente a la iglesia, dos impactos alcanzaron a Vara de Rey en las dos piernas. Pero el general siguió, a pesar de sus heridas, arengando a sus hombres.

Vara perdía fuerzas por momentos y se desangraba y cuando el convoy sanitario lo evacuaba en camilla cayó sobre ellos una gran descarga de fusilería y todos, incluido el general, cayeron muertos ¿Le dispararon estadounidenses cubanos ? Los unos culparon a los otros. Justo de Lara, periodista cubano allí presente narraba así su muerte:

«Admiremos al gigante español. ¡Hombres de todos los pueblos que respetáis el heroísmo, saludad la memoria de Vara de Rey!... Cuando ya no le quedaba más que un puñado de hombres y las heridas de su cuerpo no le permitían ponerse en pie, comenzó, acostado en una camilla y conducido por dos soldados, la retirada hacia Santiago… En aquel espantoso día aquel gigante vio la destrucción de cuanto podía serle más grato en la existencia: su familia, su bandera, el poder de su patria. Mas ni un instante se abatió su espíritu de acero. Herido dos veces, rodeado apenas de 60 hombres, resto último de sus tropas, se incorporó en la camilla para decir: ¡Fuego, muchachos! La tercera bala vino entonces a cortar su existencia. Cayó como un titán dominado por la muerte, pero todavía le quedaron fuerzas para incorporarse por última vez y, con los ojos vidriados, ahogándose en su sangre, levantar la espada, como en saludo militar a la Gloria, y gritar nuevamente: ¡Fuego y Viva España!».

Una vez tomado el fortín y la iglesia sólo encontraron cadáveres y la artillería americana batía los últimos reductos. Los 84 supervivientes se retiraban hacia Santiago, algunos fueron hechos prisioneros o fueron abatidos a lo largo del camino. Aunque los españoles fueron derrotados y la inferioridad manifiesta, las bajas de ambos bandos fueron estudiadas por Javier Navarro en su tesis doctoral. Las cifras basculan pero suelen equipararse: 466 por 461 entre heridos, desaparecidos y muertos. Estos últimos incluían a Antonio, hermano de Vara del Rey y a Alfredo, su sobrino, aunque la leyenda hablaría de dos de sus hijos.

Recuerdo a uno de los supervivientes

El cadáver del general es tema de controversia. Se ha llegado a escribir que nunca fue enterrado y otros que el general Schafter lo identificó por sus insignias y la larga barba, notificó su muerte al comandante militar de Santiago y mandaba enterrarlo con las máximas honras militares junto a un árbol majestuoso: el marañón, conocido hoy como «El marañón de Vara de Rey»,

Meses después una comitiva española acudía a recuperar su cadáver «Señor hemos venido a por nuestro héroe», el general norteamericano Wood, declaraba «Vara de Rey fue un hombre valiente, y nosotros honramos su memoria». Y así fue. Durante el traslado del féretro, se sumó al cortejo un batallón del 5º Regimiento de Infantería de los Estados Unidos, acompañado de Banda de Música y el propio ejército vencedor le tributó en formación los honores reservados a los héroes. Con el tiempo los cubanos dirían: «Era un adversario, pero no un enemigo». Los restos de Vara de Rey hoy descansan en el Mausoleo de los Héroes de la Guerra de Cuba y Filipinas en el Cementerio de la Almudena en Madrid.

A título póstumo le fue concedida la Cruz Laureada de San Fernando, el Senado proclamó su valor, se esculpieron monumentos en Madrid y en Ibiza, y dieron su nombre a calles y plazas de varias ciudades españolas aunque Ibiza, su lugar natal en 2017 proyectó retirar su calle con el peregrino argumento: «Vara de Rey fue un general derrotado y se impuso el nombre de la calle para complacer a los poderes establecidos».

Monumento a Vara de Rey

Aún condenados por la historia, bravos y eficaces

Hoy, el Fuerte de El Viso sigue en pie y aunque en su cima se erige un cañón español, apenas recuerda lo que allí aconteció.

Y tal vez el combate de El Caney fue un capítulo olvidado porque los soldados españoles exhibiendo una valentía sin parangón, pese a la aplastante superioridad norteamericana en hombres y armas demostraron la eficacia de su ejército como lo harían en otras batallas también olvidadas de Cuba, Filipinas o Puerto Rico, condenadas por la expresión «Desastre del 98».

Sobre esta gesta y su heroísmo, se ha comparado a Vara del Rey con Leónidas, y a sus 500 hombres con los 300 espartanos en las Termópilas pero qué mejor que leer las palabras que escribió el sargento Mayor Herbert Howland, que luchó en El Caney.

Monumento a Vara de Rey

«El valor de los españoles es magnífico. Mientras las granadas estallaban en la aldea o explotaban contra el fuerte de piedra, mientras la granizada de plomo barría las trincheras buscando cada aspillera, cada grieta, cada esquina, los soldados de ese incomparable Vara de Rey, tranquila y deliberadamente, continuaron durante horas alzándose en sus trincheras y arrojando descarga tras descarga contra los atacantes americanos. Su número decrecía y decrecía, sus trincheras se llenaban de muertos y heridos, pero con una determinación y un valor más allá de todo elogio, resistieron los ataques. Y durante casi doce horas, mantuvieron a raya en inferioridad de diez a uno a las tropas americanas. Nunca tan valientes recorrieron un campo de batalla…».