Gerd Heidemann (C), reportero de la revista 'Stern', con los cuadernos falsos, en 1983
Los diarios de Hitler que engañaron a la prensa: «Será un gran fraude en la historia de la humanidad»
Todo el mundo creyó estar ante una información de valor incalculable, cuando en realidad era la obra maestra de un falsificador
Habían pasado casi 40 años del final de la Segunda Guerra Mundial y la herida seguía abierta cuando la revista alemana Stern convocó a los medios de comunicación de todo el mundo a una rueda de prensa para anunciar un excepcional descubrimiento: habían encontrado los diarios personales de Adolf Hitler y se disponían a publicar su contenido.
Aseguraban que dichas páginas habían sido escritas del puño y letra del líder nazi y que abarcaban el periodo comprendido entre 1932 y 1945; es decir, entre la inminencia de su llegada al poder y su muerte en el búnker de la cancillería.
A pesar de que ninguno de los biógrafos del führer había mencionado la existencia de estos diarios personales, lo sensacional de la noticia ganó la batalla a la duda y la revista logró vender los derechos de aquellos falsos diarios por enormes cantidades de dinero a otros medios.
Tres días antes del anuncio, el editor londinense de Stern, Peter Wickman, había afirmado a la BBC News que estaban «absolutamente convencidos» de que lo que tenían entre sus manos eran los auténticos diarios de Hitler. Para vender mejor la farsa apeló a expertos y Wickman detalló que los cuadernos fueron examinados por un «grafólogo, un experto que comparó el papel» así como por historiadores «como el profesor Trevor-Roper, y todos están convencidos de que son auténticos».
«Descubiertos los diarios de Hitler». Portada de Stern del 28 de abril de 1983
Con todo ello, el mundo creyó estar ante una información de valor incalculable, cuando en realidad era la obra maestra de un falsificador.
Una historia muy bien hilada
Mientras los soviéticos avanzaban sobre Berlín, Hitler celebraba su 56 cumpleaños en el búnker de la cancillería. Diez días después, el führer, uno de los líderes más infames de la historia, decidió suicidarse. Se dice que antes de aquel final, su secretario privado, Martin Bormann, activó la Operación Seraglio, el plan de evacuación del dictador.
Así, diez aviones despegaron rumbo al sur de Alemania; sin embargo, el último de ellos fue derribado cerca del límite con Checoslovaquia. En él iba abordo el ayuda de cámara del dictador, Wilhelm Arndt, a quien le fue confiado por el mismo Hitler «documentos valiosos que mostrarían a la posterioridad la verdad» de sus acciones, o eso es lo que atestiguó Hans Baur, el piloto personal del dictador en un libro publicado en 1958.
General Hans Baur, piloto personal de Hitler
Nunca se supo a ciencia cierta, ni se sabe, cuáles eran esos documentos, pero aquella historia prendió la mecha de la imaginación de uno de los mayores falsificadores de la historia: Konrad Kujau.
Kujau había pasado varias veces por prisión acusado de falsificación cuando en los años 70 descubrió un negocio lucrativo: comprar objetos nazis en la Alemania del Este –pese a la prohibición del régimen comunista– y venderlos en el Oeste, aumentando su valor mediante documentos falsos. Uno de sus métodos consistía en agregar notas apócrifas, como hizo con un casco de la Primera Guerra Mundial que «había usado Hitler en la trinchera de Ypres», según indicaba la nota apócrifa fabricada.
El éxito lo llevó a emprender un fraude mucho mayor: falsificar el diario personal de Hitler. Basándose en testimonios como el del piloto Hans Baur, Kujua creó un manuscrito que vendió a Fritz Steifel, un coleccionista de objetos del Tercer Reich. La historia dio un giro cuando el periodista de la revista Stern, Gerd Heidemann, conoció a Steifel mientras negociaban la venta de un yate. Fascinado por los diarios –supuestamente escritos por Hitler–, Heidmann quedó cautivado por la historia que había construido el estafador y que el coleccionista se había creído.
Konrad Kujau, delante de una de sus obras de falsificación en 1992
Según el relato de Kujau, los diarios acabaron en manos de un oficial de Alemania del Este, quien se los entregó a su hermano, un anticuario del Oeste, de quien Steifel acabaría adquiriendo los documentos. El periodista, convencido de que estaba ante la mejor exclusiva de su carrera, hizo todo lo posible por encontrar al anticuario que le había vendido uno de los diarios a Steifel.
Así se encontró con Peter Fischer, nombre con el que Konrad Kujau firmaba todas sus obras, y le ofreció dos millones de marcos para comprar la colección completa de los diarios para su publicación en Stern. Para atar todos los cabos, el periodista también viajó a la zona del accidente del último avión de la Operación Seraglio para disipar las dudas en cuanto a la autenticidad de la historia. Allí encontró las tumbas de quienes murieron y dio por cierto el testimonio del piloto.
La excusa perfecta para su obra maestra
Kujau se metió de lleno en el papel del anticuario y exigió al periodista tratar exclusivamente con él, así como el anonimato pues temía poner en peligro la vida de su hermano militar en la Alemania comunista. Era 1981.
Una vez puestas las condiciones, aceptó el dinero y comunicó que la entrega tardaría un par de meses porque los diarios saldrían por contrabando de Alemania Oriental, uno por uno. En realidad, era una forma de ganar tiempo para falsificar los volúmenes. La supuesta colección de diarios de Hitler estaba compuesta por 60 volúmenes. «Se parecen un poco a los cuadernos escolares pero con tapa dura. Tienen sellos en el exterior con una esvástica y un águila y en el interior, por supuesto, la escritura gótica muy arañosa de Hitler», describiría Wickman a la BBC.
Konrad Kujau, el falsificador de los «Diarios de Hitler», señala la portada de una edición de 1983 de «Stern», en la que se publicaron partes de los supuestos documentos, tomada en 1985.
Los siguientes meses Kujua interpretaría a Hitler para escribir sus diarios con la ayuda de un libro que recopilaba los discursos del führer entre 1932 y 1945. El proceso fue el siguiente: primero realizaba unos borrados a lápiz y luego pasaba el texto en tinta al diario, en volúmenes que no superaban las mil palabras, y en una caligrafía poco legible. También se preocupó de mojar las hojas de los cuadernos en té para simular el paso de los años.
Con todos los volúmenes acabados y entregados, la revista compró el material por nueve millones de marcos con la esperanza de sacar un enorme beneficio con la venta de los derechos a otros medios.
En abril de 1983 Stern anunció la existencia de los diarios. En seguida, muchos historiadores salieron a cuestionar la autenticidad de los textos. El primero en discrepar acerca de su autenticidad fue David Irving quien notó que había errores de ortografía y cambios en el estilo de un diario a otro.
El profesor Trevor-Roper
Sin embargo, un respetado historiador y uno de los expertos sobre la Segunda Guerra Mundial, Hugh Trevor-Roper, validó junto a otros historiadores alemanes de renombre, la autenticidad de aquellos diarios: «Puedo decir con satisfacción que estos documentos son auténticos; que la historia sobre su paradero desde 1945 es cierta; y que la forma en la que se narra actualmente los hábitos de escritura y la personalidad de Hitler, e incluso quizás algunos de sus actos públicos, deben ser, en consecuencia, revisados», declaró de manera arriesgada pues se estaba a la espera de los resultados del análisis de los diarios.
La verdad detrás de sus declaraciones era que colaboraba en The Sunday Times, diario que había obtenido la exclusiva para publicar los diarios en inglés.
Se destapa la verdad
Pero las sospechas no surgieron solo entre los historiadores. Un día después de la rueda de prensa convocada por la revista alemana, Charles Hamilton, un comerciante de autógrafos estadounidense, declaró en BBC Breakfast que en cuanto vio las páginas de los diarios «pudo oler el efervescente aroma de las falsificaciones». Este especialista estaba convencido de la falsedad de los cuadernos porque constantemente le ofrecían documentos falsos de Hitler.
«En breve se establecerá sin ninguna duda, y sin ningún panel de expertos que creo que es superfluo en este momento, todo el asunto se apagará y será un gran engaño en la historia de la humanidad», vaticinó.
Y así fue. La revista había cedido tres volúmenes para su análisis, convencidos de su autenticidad, pero el informe fue demoledor: los diarios contenían trazas de poliamida 6, un tejido sintético inventado en 1938 y que no se había comercializado hasta 1943. El blanqueador y las fibras del papel eran de la posguerra. Además, se pudo comprobar cuál era el libro usado por Kujau dado que había copiado los mismos errores históricos que figuraban en Discursos y proclamas de Hitler, 1932-1945 de Max Domarus.
Todo estaba perdido, así que Kujau decidió hablar. Aseguró que el periodista estaba al tanto de la estafa y escribió su confesión con la caligrafía de los diarios. Tanto periodista como falsificador fueron a juicio en agosto de 1984: la sentencia determinó cuatro años y medio de cárcel. La codicia de ambos los llevó a protagonizar uno de los escándalos más mediáticos de la historia.