El 88° regimiento, «The Devil's Own», en el sitio de Badajoz, por Richard Caton Woodville Jr.
Picotazos de historia
La española que sobrevivió al asalto de Badajoz y se convirtió en leyenda británica
Durante el brutal asalto a Badajoz en 1812, una joven española, Juana María de los Dolores, conquistó el corazón de un teniente británico y forjó con él una historia de amor inmortal
Se llamaba Juana María de los Dolores de León y nació en la ciudad de Badajoz el 27 de marzo de 1789. No se conocen demasiados datos sobre su familia. Se sabe que era huérfana de ambos padres y que vivía en la casa familiar junto con su hermana, que estaba casada con un militar de alta graduación español. La casa desapareció junto con todo cuanto poseía y mucha documentación cuando la ciudad fue asaltada y saqueada por las tropas británicas del general Wellington.
En la noche del 6 de abril de 1812 se procedió al asalto, desde una brecha practicada en el bastión de Santa María, de las murallas que protegían la ciudad de Badajoz, ocupada por los franceses. Fue una acción muy sangrienta.
La exacerbada soldadesca británica quedó descontrolada y se dio a la bebida, el saqueo, la violación y el asesinato de la indefensa población de Badajoz. Los oficiales ingleses se vieron incapaces de contener a la tropa, e incluso el propio Wellington estuvo a punto de ser asesinado por sus enloquecidos soldados, de quienes pensaba que constituían «la hez de la Tierra».
Dos jóvenes oficiales del prestigioso regimiento 95.º Ligero —famoso por sus guerreras verdes y sus fusiles Baker, mucho más precisos y con alcance muy superior a cualquier otra arma, gracias al rayado del ánima de su cañón—, en la mañana del día 7 de abril, estaban sentados frente a la entrada de su tienda de campaña, en el campamento inglés a las afueras de Badajoz, cuando dos mujeres españolas se aproximaron a ellos. Se cubrían el rostro con mantillas. La que parecía mayor descubrió su rostro —le calcularon una edad más cercana a la treintena que a la veintena— y relató su historia.
La hermana mayor —de la que no se ha sabido el nombre— contó que estaba casada con un oficial español, de cuyo destino nada sabía. Recientemente había sacado del convento, donde estaba para su crianza e instrucción, a su hermana pequeña. Había pensado que era más seguro que viviera en la casa. Tras el asalto a la ciudad, su casa había sido atacada por un grupo de soldados ingleses que la habían saqueado y pegado fuego. Apenas habían conseguido escapar con lo puesto. Durante el camino hasta el campamento inglés, habían sido robadas por otros soldados, como atestiguaban los desgarrados lóbulos de sus orejas y los hematomas y heridas de sus dedos.
Afortunadamente, nada peor les había sucedido, pues los soldados ebrios no hubieran dudado en violarlas o cortarles los dedos para facilitar el robo de las sortijas que llevaban. La hermana mayor continuó: nada pedía para ella, pero quería poner a su hermana pequeña —quien, casi inconsciente, estaba junto a ella—, que apenas tenía trece años, bajo la protección de caballeros y oficiales británicos.
Uno de los oficiales que escuchaba la historia era el teniente del 95.º Henry «Harry» George Wakelyn Smith. Este oficial era muy valorado por el propio general en jefe, quien tenía al 95.º como su mejor regimiento y más fiables tropas. Este oficial nos dejó escritas unas memorias de su vida y, de este encuentro en concreto, nos describió que cuando se abrió la mantilla que cubría el rostro de Juana, lo que vio fue «…una tan transcendental hermosura, una faz tan irresistiblemente atractiva que el verla era amarla».
Impulsivamente, Harry declaró que tomaba a Juana bajo su protección. El compañero de Harry se volvió hacia él y, en voz baja, le amonestó: «Es muy joven y de familia noble; no puedes hacer de ella tu amante. Sería una indignidad». «De ninguna manera mi amante —respondió Harry Smith—. Será mi esposa». Efectivamente, pocos días después contrajeron matrimonio.
Los compañeros de Harry —y el propio Wellington— pensaron, y con razón, que el joven había perdido la cabeza, obnubilado por la pasión. La joven —una belleza, qué duda cabe— era una extranjera que desconocía la lengua inglesa y, aunque de buena familia, carecía de fortuna o contactos que pudieran ayudar en la carrera de su marido. Para colmo, era católica y estaban envueltos en una guerra que destacó en su tiempo por su altísima intensidad, salvajismo y dureza.
Durante toda la campaña española, Juana no se separó un momento de su marido. Compartió todos los rigores, las privaciones, las incomodidades y los peligros, todo sin exhalar la mínima queja ni perder, en momento alguno, la más encantadora de las sonrisas. Pronto, todo el cuerpo de oficiales del ejército inglés estaba a sus pies y dispuesto a dar su vida por protegerla. Lo que no pedía ni necesitaba. Incluso el comandante en jefe, el seco Wellington, siempre le mostró el máximo respeto y se refirió a ella en los términos más elogiosos, demostrando la alta estima en que la tenía.
La tropa —de la que ella cuidaba cuando estaban heridos y a quienes siempre ofrecía una sonrisa y una palabra cariñosa, esos mismos que le desgarraron las orejas para robarle los pendientes— la idolatraban.
Durante cuarenta y ocho años convivieron profunda y devotamente entregados el uno al otro. Juanita, como todo el mundo la conocía (incluso la reina Victoria la llamaba así), jamás se separó de Harry, excepto durante la campaña norteamericana, y solo durante dos años. Harry aprovechó para pegar fuego a la Casa Blanca, y su esposa para aprender a hablar en inglés en casa de un hermano de Harry. Juanita acompañó a su marido en todas sus campañas, siempre juntos.
La española es recordada en los nombres de dos ciudades sudafricanas: Ladysmith (en la provincia de KwaZulu-Natal) y Ladismith (provincia del Cabo Occidental), y en la ciudad de Ladysmith en la Columbia Británica (Canadá).
Su historia de amor conmovió a la sociedad británica, que incondicionalmente se rindió ante Juanita. Harry fue creado baronet de Aliwal, conmemorando la más significativa de sus victorias militares, y falleció en 1860, rodeado del respeto de todos. Fue enterrado en su ciudad natal de Whittlesey, en Cambridgeshire. El gobierno británico aprobó conceder una pensión vitalicia para su viuda. Juanita vivió con modestia y dignidad, rodeada de la admiración y el cariño general, falleciendo en el año 1872. Fue enterrada junto a Harry. Y allí yacen, juntos para siempre.