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22 de julio de 2024

Un episodio de la Guerra de la Independencia narrado por María Fidalgo Casares

Un episodio de la Guerra de la Independencia narrado por María Fidalgo Casares

Grandes gestas de la Historia

Badajoz, el asedio más olvidado de la Guerra de la Independencia

Hace dos siglos las Guerras Napoleónicas asolaban Europa, y España se convertiría en el escenario de una de las contiendas bélicas más cruentas de nuestra historia: la Guerra de la Independencia. Una guerra que, pese al tiempo transcurrido, no ha perdido un ápice de interés y atractivo y sigue despertando pasiones entre literatos, investigadores y recreacionistas.

De 1808 a 1814 La Península Ibérica se vería inmersa en dramáticos episodios, y Extremadura sería una de las regiones españolas más castigadas por los enfrentamientos entre los ejércitos aliados y los napoleónicos.

Imagen: María Fidalgo

Imagen: María Fidalgo

Badajoz no sólo poseía uno de los recintos mejor fortificados de Europa, sino que, por su situación estratégica junto a la frontera portuguesa, era una plaza decisiva. Sin embargo, hasta fechas recientes su relevancia en el marco de las operaciones francesas no se ha valorado —ni estudiado— en su justa medida. Algo que resulta paradójico, ya que la defensa del Sitio de Badajoz constituye uno de los más notables ejemplos de resistencia y heroicidad jamás ocurridos en nuestro devenir histórico.

Y este capítulo sería ininteligible sin la personalidad del general Rafael Menacho y Tutlló. Nacido en Cádiz en, 1776) Entró en el ejército con 18 años y tuvo brillantes actuaciones en Ceuta, en los enfrentamientos con el Sultán de Marruecos y en la Guerra de la Convención contra los franceses. También intervino en el sitio de Gibraltar y en la Guerra de las Naranjas, pero sería en la Guerra de la Independencia en la Batalla de Bailén a las órdenes de Castaños, donde fue ascendido a coronel. Su valerosa trayectoria militar le había llevado a combatir en cuarenta batallas, y se decía que «no le cabían más impactos en su cuerpo» ya que había sido herido nada menos que en ocho ocasiones cuando fue destinado a Badajoz como mariscal de campo.

A su llegada, la ciudad era el último bastión de la resistencia del suroeste peninsular y como su Gobernador Civil y Militar Menacho sería el principal responsable de su defensa frente al enemigo.

El sitio de Badajoz

Tras soportar varios ataques del ejército francés, el asedio definitivo a Badajoz se produciría en marzo de 1811. El pueblo pacense disponía de escasos medios, pero se batía con gallardía frente al demoledor ejército imperial junto a los muros de la gran fortaleza de la ciudad. Unos efectivos de más de 20.000 hombres al mando del mariscal Soult que hasta en tres ocasiones ofreció a Menacho que rindiese la plaza prometiendo respetar su vida, pero el español se negó. Documentos de la época atribuyen a este momento su épica frase: «Seré sepultado en las ruinas de Badajoz antes que entregar la plaza a los franceses».

Leyendo el Diario de Menacho: coordinado por el coronel Ortiz podemos oír la propia voz de Menacho narrando lo que acontece, cómo dirigió la construcción de trincheras, el levantamiento de barricadas, la resistencia en los parapetos de los baluartes atacados y las salidas para retrasar los aproches del enemigo hasta que llegaran los refuerzos. Dispuesto a no ceder, Menacho ordenó que se formara una segunda muralla detrás de los baluartes y cortó todas las bocacalles que daban salida a la muralla. Con la ayuda de la población civil, aspilleró sus casas y desempedró las calles para conseguir proyectiles que se lanzarían desde los morteros. Menacho estaba dispuesto a defender la ciudad a toda costa y Badajoz resistía con coraje a pesar del bombardeo intenso al que estaba sometida.

La intensa lluvia que anegaba las trincheras parecía jugar a favor de los españoles, pero nada pudo frenar a los franceses, que con nada menos que once baterías hostigaban sin descanso la ciudad.

Muerto Menacho, la plaza se rendiría

Pero el 4 de marzo, entre los baluartes de Santiago y San Juan. se abriría una gran brecha en la cortina de la muralla. Brecha que hizo peligrar sin posibilidad de salvación la posesión de la ciudad. Menacho lo intentó todo por demorar la capitulación, esperando la vital y crucial ayuda de las divisiones aliadas, que nunca llegaría. Y en una de las salidas disuasorias, sufriría un impacto de bala de cañón en el vientre y moriría días después por la gravedad de las heridas.

En las guerras de España, los líderes o caudillos han actuado como catalizador de fuerzas, y cuando caen —Viriato o Zumalacárregui entre otros, o el propio Menacho— la moral se desmorona, porque encarnan los valores por los que luchan. Y en este caso Menacho simbolizaba en cierta manera el valor de la propia nación. Y así, su segundo al mando, el general José Imaz rendiría deshonrosamente la plaza a los franceses el 11 de marzo de 1811. Sería sometido por ello a un Consejo de Guerra.

«Los británicos fueron aliados, pero en absoluto amigos. Francia e Inglaterra eran enemigos seculares de España, y siguieron siéndolo»

Durante un año Badajoz vivió bajo dominio francés mientras Wellington intentaba por dos veces tomar la plaza sin éxito. Pero con la experiencia conseguida tras la toma de Ciudad Rodrigo, el general inglés empezaba los preparativos para sitiar en firme la plaza extremeña

Así, la ciudad volvería a ser tomada en abril de 1812. Esta vez por la infantería británica. Sir Arthur Wellesley, duque de Wellington, «liberaría» la ciudad al mando de un ejército anglo-portugués. Pero esa liberación se convertiría en una de las más sanguinarias luchas cuerpo a cuerpo de toda la guerra, con cerca de 3000 soldados muertos en unas pocas horas de lucha intensa hasta que el asalto llegó a su fin, con la rendición y retirada de la guarnición francesa. La venganza británica incluiría la violencia salvaje y el expolio a la población civil, violaciones y asesinatos en uno de los más terribles episodios de la Guerra de la Independencia Española.

Los británicos fueron aliados, pero en absoluto amigos. Inglaterra otrora llamada «la pérfida albión» no vino a ayudarnos, sino a frenar a un Napoleón que una vez sometida la península ibérica centraría todas sus fuerzas en el dominio de Inglaterra. De hecho, ellos le llaman «la guerra peninsular» Y claro, era mucho mejor intentar derrotarlo en país ajeno.

Al igual que Badajoz, sometieron con terror otras ciudades, como Ciudad Rodrigo o San Sebastián y acabarían destruyendo tanto infraestructuras como las manufacturas españolas que pudieran competir con las inglesas, acechando permanentemente el Imperio Hispánico de América y facilitando sus movimientos independentistas para menoscabar el poder español.

¿Qué habría pasado si Menacho hubiera sobrevivido?

Entrando dentro del terreno de la especulación, especialistas en la materia aventuran que su carisma, el empuje de su liderazgo y el apoyo de un pueblo entregado habría permitido a Badajoz resistir hasta la llegada de las tropas británicas. «El éxito de la defensa se apoyaba fundamentalmente en su personalidad», afirma el coronel Ortiz. Por ello, la gesta de Menacho y Tutlló debería haberle encumbrado al panteón de héroes nacionales, al igual que haberse reconocido el valeroso arrojo de los habitantes de la plaza que defendía. Sin embargo, el devenir de la Historia no les destinó la gloria que sí otorgaría a otras ciudades y hombres en similares actuaciones.

Y la pregunta del millón ¿ Por qué la Guerra de la Independencia, década tras década, sigue siendo uno de los capítulos más atractivos de nuestro pasado histórico? Tal vez porque en nuestros días en los que la hispanidad está siendo tan cuestionada, ha sido el conflicto bélico en el que con más intensidad se ha sentido el patriotismo español. Los sentimientos de un país tan dividido orográfica e históricamente y con tradiciones tan diversas se diluyeron en aras de una pasión común: la Patria.

En 1810 España era el único país continental que resistía a un Napoleón que se alzaba victorioso sobre países de toda Europa. Absolutistas, liberales y españoles de todas las clases sociales permanecieron unidos no queriéndose doblegarse luchando con fiereza en un movimiento popular, espontáneo y organizativo, sin parangón que acabó derrotando al más poderoso de su tiempo.

Hoy Badajoz exhibe mejor que nunca su valioso patrimonio y también recuerda su gloriosa historia. Una gran exposición que atesora entre otras piezas el propio uniforme que llevaba Menacho, desvencijado, hecho jirones por el paso del tiempo y junto a él, la exquisita y fiel reproducción de cómo era la elegante indumentaria del mariscal.

Y también en la ciudad se erige la reencarnación de Menacho catapultado para la eternidad que confiere la estatuaria clásica. El escultor Salvador Amaya con el boceto de Augusto Ferrer-Dalmau lo han situado sobre el adarve de la muralla en el Baluarte de Santiago. En su mano derecha porta el sable listo para atacar y con la izquierda arenga a las tropas a seguirle en la batalla. El rostro está sereno ante los enemigos que se aproximan. Son los momentos previos a su muerte y no tiene miedo”

La efigie hoy es el icono de la ciudad y un homenaje tanto al héroe como al pueblo que lo dio todo para defenderse del invasor. Junto a la religión y la legítima defensa de sus tierras, casas y familias, estos Patriotas bajo una sola bandera fraguaban una sólida conciencia de Nación.

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