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Cuadro 'Coronación de Carlos X'. Obra de François Gérard

La coronación de Carlos X: así fue la última gran consagración de la monarquía francesa

El 29 de mayo de 1825, Reims acogió el último 'sacre' de un rey capeto, una operación enmarcada a combinar tradición con modernidad: fue un fracaso

La parte más importante de la ceremonia de coronación de los reyes franceses no era la imposición de la corona en sí –que también se daba–, sino el sacre, la consagración, es decir, la unción con aceite santo sobre el cuerpo del Rey. Este gesto distinguía a la monarquía capeta del resto de las europeas, empezando por la británica.

Así fue hasta la Revolución francesa. La abolición de la monarquía capeta en 1792 y la posterior ejecución –por medio de la guillotina– de Luis XVI al año siguiente abocaron a Francia un periodo de inestabilidad del que solo salió gracias, guste o no, a Napoleón Bonaparte, que logró imponerse; primero a través del Consulado y después instaurando su propio Imperio.

Eso conllevaba, según él, organizar su propio sacre. A su manera, obviamente: con esplendor, pero con innovaciones respecto de los reyes capetos. La primera fue la elección del lugar: Notre Dame de París en vez de la catedral de Reims. La segunda tuvo que ver con el método, teniendo Napoleón I muy en cuenta la realidad geopolítica del momento al convocar al Papa Pío VII –le tenía, de facto, preso– para presidir la ceremonia e impartir una bendición al nuevo monarca. Mas el fundador de la dinastía Bonaparte se impuso la corona a sí mismo. El Sumo Pontífice no pasó de mero espectador del momento crucial. Una forma para Napoleón I de demostrar que era el único origen de su poder.

La sombra de este precedente planeó, 21 años más tarde, sobre el sacre de Carlos X. Antes, sin embargo, los Aliados de 1814 –Austria, Reino Unido, Rusia y Prusia– lograron derrocar a Napoleón I y restaurar la Monarquía borbónica, la dinastía legítima, en la persona de Luis XVIII, siguiente llamado a la sucesión tras la trágica muerte, sin descendencia, de su hermano mayor Luis XVI. La herramienta institucional del nuevo régimen era la Carta de 1814, un texto que recogía tantos elementos esenciales del incipiente constitucionalismo liberal como de la tradición pura y dura.

De ahí que, en su artículo 74, la Carta contemplara que «el Rey y sus sucesores jurarán, en la solemnidad de su 'sacre', observar fielmente la presente carta constitucional». Luis XVIII, pensó en su 'sacre'. Sin embargo, como recalca Éric Le Nabour, biógrafo de su hermano y sucesor Carlos X, terminó renunciando, «consciente de que la imagen de un hombre obeso y consumido por la enfermedad, tumbado en los escalones de un altar para ser ungido con el santo crisma traído por los ángeles a Clodoveo no tendría nada de imponente, sobre todo después de la fastuosidad del sacre imperial en Notre Dame».

Carlos X retratado por François Gérard hacia 1825Dominio Público

Carlos X, su hermano, que le relevó a raíz de su muerte acaecida en 1824, no tenía esos remilgos, ni los físicos –era de complexión delgada y gozaba de buena salud–, ni, sobre todo, los políticos, pues estaba imbuido de un concepto mucho más místico de la Monarquía que su antecesor. Por lo tanto, habría 'sacre'.

El nuevo Rey dejó claras sus intenciones el 22 de diciembre de 1824: «Quiero que mi coronación ponga fin a la primera sesión de mi reinado. Asistirán, señores, a esta augusta ceremonia. Allí, postrado a los pies del mismo altar en el que Clodoveo recibió la unción sagrada, y en presencia de Aquel que juzga a los pueblos y a los reyes, renovaré el juramento de mantener y hacer cumplir las leyes del Estado y las instituciones otorgadas por el rey, mi hermano».

Tradición, pues, –postrado a los pies del mismo altar en el que Clodoveo recibió…– y modernidad liberal, a través del compromiso de «hacer cumplir las leyes del Estado».

Esta combinación de tradición y realismo era el eje político-ideológico sobre el que se sustentaba el sacre de Carlos X; él mismo eligió la fecha, el 29 de mayo de 1825 y el lugar, la catedral de Reims, al igual que sus antepasados. Pero con los pies en el suelo. Esta perspectiva exigía inevitablemente una organización minuciosa, y no solo en el ámbito protocolario y ceremonial. También en el político.

Carlos X, para alcanzar ese objetivo, nombró una comisión presidida por dos tradicionalistas, el primer ministro, conde Joseph de Villèle, y el marqués Henri-Évrard de Dreux-Brézé, antiguo maestro de Ceremonias de Luis XVI, que volvía a ejercer las mismas funciones en la corte de su hermano pequeño. Dreux-Brezé era quien, en junio de 1789, había intentado dispersar a los diputados constituidos en Asamblea Nacional.

Ahora, 36 años después, parecía que había evolucionado. Es la razón por las que intentó aplicar las indicaciones recibidas. De entrada, Villèle y él suprimieron fórmulas obsoletas como la que deseaba al Rey «que el rocío del cielo y la grasa de la tierra generen en sus Estados abundancia de trigo vino y aceite», así como el juramento de «extirpar la herejía» –los protestantes ya eran una élite en Francia– y «combatir a los infieles». Entre otras cosas porque estaría presente, junto al resto del cuerpo diplomático –España estuvo representada por el duque de Villahermosa– el enviado del soberano tunecino.

Las invitaciones constituyeron uno de los aspectos más delicados del sacre: había que incluir a las élites surgidas de la Revolución –prefectos, banqueros, parlamentarios…–, lo que implicaba excluir a muchos miembros de la nobleza tradicional. Como recalca el historiador Landric Raillat en Le sacre de Charles X, el barón de Landemont, alegó su condición de primer barón del Maine (oeste de Francia) y la presencia de sus antepasados en los sacres anteriores para reclamar la suya en 1825. Respuesta del conde de Villèle: «el derecho que reclama ha sido abolido, al igual que muchas otras prerrogativas cuyo restablecimiento se ha vuelto imposible».

La entrada de Carlos X en París tras su coronación por Louis-François Lejeune, 1825

Junto a esa negativa, se reintrodujeron, 50 años después del sacre de Luis XVI, como precisa a El Debate Frédéric de Natal, redactor jefe de la revista Dynasties, «elementos tradicionales como la unción [poco antes se había logrado recuperar la ampolla que contenía el aceite santo] y la entrega de la espada de Carlomagno».

Pero, prosigue, «Carlos X era un monarca consciente de los trágicos momentos que había vivido Francia y no era tan reaccionario como algunos de sus partidarios. No podía ignorar decentemente todos los componentes políticos de la sociedad francesa y privilegiar solo a uno. Se juzgó injustamente al rey Carlos X, cuando él pretendía que esta coronación consagrara todas las tendencias existentes y culminara la reconciliación nacional iniciada bajo el reinado anterior».

Con todo, de poco sirvieron las innovaciones y los gestos solidarios como la visita, por parte de Carlos X, de un hospicio de ancianos al día siguiente de su sacre. De Natal reconoce que «el problema es que, si bien el 'sacre' fue una magnífica operación de propaganda a favor de la monarquía, perfectamente lograda en cuanto a decoro, también fue percibida como muy artificial por todas las partes implicadas. La mezcla de géneros provocó la hostilidad de algunos: los liberales y los republicanos consideraron esta coronación como arcaica y tampoco galvanizó a las masas en Francia. Porque si bien el todo París se desplazó para ver el sacre, el resto del reino tenía otras preocupaciones más económicas y sociales. El costo exorbitante de la ceremonia fue amargo y se consideró desconectado de la realidad».

Unas conclusiones que también se puede hacer extensiva al plano religioso. Según Raillat, «el clero vivió este periodo del sacre como un momento de renovación de la sociedad. Estos hombres de fe pensaron sinceramente que el acto de piedad, de confianza y de abandono del monarca en las manos de Dios atraería sobre Francia bendiciones especiales. Se puede incluso decir como el punto final de la Revolución». Pero en 1825 la soberanía ya procedía del pueblo, no de Dios.