Rey Alberto I de Bélgica
Picotazos de historia
Alberto I, el Rey que desafió a los alemanes y murió escalando una cumbre belga
Muy notables y meritorias fueron sus actuaciones durante la Primera Guerra Mundial. Primero, negándose a permitir el paso del ejército alemán por su país. Después, tras la invasión y violación de la neutralidad, combatiendo con fiereza a los agresores
Alberto nació el 8 de abril de 1875 en el palacio real de Laeken, hijo de Felipe de Bélgica, conde de Flandes. Felipe era el hijo menor del rey Leopoldo I y hermano de Leopoldo II, cuya memoria por siempre estará empañada por los sucesos en el Congo. Leopoldo II había tenido un hijo varón que falleció en 1869, motivo por el que Alberto pasó a ser heredero del heredero al trono de Bélgica.
A su debido momento, Alberto sucedió a su tío —su padre murió antes que él—, convirtiéndose en el tercer rey de la historia de Bélgica. Muy notables y meritorias fueron sus actuaciones durante la Primera Guerra Mundial. Primero, negándose a permitir el paso del ejército alemán por su país. Después, tras la invasión y violación de la neutralidad, combatiendo con fiereza a los agresores, de forma que retrasaron los precisos horarios y fases del Plan Schlieffen, permitiendo la futura victoria de las tropas francesas en la batalla del Marne, que frenó el avance alemán.
Durante cuatro años, el rey Alberto combatió junto con sus tropas en el frente del Yser, defendiendo el último trozo de territorio belga libre de la ocupación de los alemanes. No es de extrañar que se le conociera como «el rey soldado» o «el rey caballero», y que fuera recibido como un héroe el día que entró en Bruselas.
Alberto I en el campo de batalla
Desde su juventud, Alberto tenía pasión por las montañas y por la vida al aire libre. Se inició durante los veraneos con su familia en Villa Haslihorn, frente al lago Lucerna. Allí, sus excursiones se fueron realizando en lugares cada vez más alejados y en picos más altos. Las montañas de los montes del Graubünden, Berna y Valais le vieron trepar en escaladas cada vez más arriesgadas. Se le conocía como «Albert le montagnard» (Alberto el montañés). Años después, ya con un buen número de cimas conquistadas, le llamarían «el rey alpino».
En 1907, acompañado por su esposa Isabel Gabriela de Baviera, alcanzó la cumbre del Piz Bernina (4.048 metros sobre el nivel del mar). Desde entonces, y siempre que tenía ocasión, se escapaba para realizar una pequeña o gran escalada.
Mientras estaba en Suiza, solía utilizar el nombre de Alberto de Rethy, y podías encontrarte con él dentro de un vagón de tercera, junto a un grupo de escaladores, o en un refugio de montaña, compartiendo un lecho de ramas o sus propias provisiones con otros montañeros. Una vez, otro aficionado a la montaña le comentó lo mucho que se parecía al rey de los belgas. «Tiene usted razón. No puede imaginarse lo embarazoso que es», respondió Alberto sin rubor alguno.
Alberto de Bélgica escala los Dolomitas
El 17 de febrero de 1934, Alberto I abandonó el palacio de Laeken, a las afueras de Bruselas. Viajaba en su propio coche y él mismo conducía. El motivo es que la única persona que le acompañaba era su ayuda de cámara, Theodor Van Dyck, y este no sabía conducir. El porqué se hizo acompañar por alguien sin experiencia en la escalada e incapaz de manejar el automóvil es un misterio.
Alberto se dirigió a la villa de Marche-les-Dames, cerca de la ciudad de Namur. El objetivo del rey era volver a escalar un picacho conocido como el Vieux Bon Dieu. Y es que el miércoles anterior (el día 14), Alberto había escalado el mismo risco, ya que consideraba este como su zona de entrenamiento personal. El rey tenía cincuenta y ocho años de edad.
Pararon el vehículo cerca de una zona conocida como Fontenelle. El ayuda de cámara acompañó a su señor hasta una pequeña meseta y, ya allí, el rey le mandó de vuelta al coche, donde podría aguardar la vuelta del escalador más abrigado y cómodo. Esto sucedió a las 16:00.
Ese día, el rey salió a escalar sin llevar sus gafas de escalada. En su lugar, llevaba unas con montura llamada «de pinza» o quevedos. Desde luego, no eran los anteojos más aptos para escalar montañas.
Pasaron las horas y el fiel Van Dyck empezó a inquietarse cada vez más, a medida que iba cayendo la noche. Salió del vehículo y encaminó sus pasos a la población más cercana para solicitar ayuda. Eran cerca de las 20:00 horas.
Al comunicar los temores por la tardanza de su señor y revelar su identidad, se movilizaron los habitantes de la zona, entre ellos el político Diego Carton de Wiart, primo del legendario general Adrian Carton de Wiart. ¡Un elemento de cuidado!
Entre todos buscaron al desaparecido montañero y peinaron la zona durante la noche cerrada. Encontraron el cuerpo a las 02:00 horas. El cadáver del rey presentaba un gran agujero en el cráneo, con pérdida de masa cerebral.
Constatada su muerte, se notificó a las autoridades y se esperó la llegada de la policía judicial. Ya con la luz del día se procedió a investigar el entorno con la idea de reconstruir lo sucedido.
Las investigaciones señalaron que el rey subió hasta prácticamente la cima. En un momento dado, se aseguró por medio de un pitón —que clavó en el intersticio de una roca gracias a un martillo que estaba unido a su cinturón por una cuerda fiadora—, en la roca, por donde fijó la cuerda que tenía a la cintura. Cuando estaba aferrado a una roca, muy cerca de la cima, esta cedió por no encontrarse fija ni enterrada.
El funeral del rey Alberto, el22 de febrero de 1934
En los primeros metros de la caída, el cuerpo chocó contra una rama que desvió al rey. Esto hizo que, en vez de caer en un saliente que allí había, cayera directamente ochenta metros hacia abajo. Durante la caída, se rompió la cuerda que lo sujetaba. El cuerpo golpeó contra la pared de piedra y después contra otras rocas, momento en el que se produjo la gran fractura craneal que le causó la muerte casi instantánea.
Fue un trágico accidente y una muerte digna del alpinista que era. Durante muchos años se especuló si había sido un elaborado asesinato, y surgieron las más peregrinas teorías en defensa de esta idea. Recientemente, se han llevado a cabo análisis de ADN de muestras de sangre encontradas en hojas halladas en la zona del accidente. La verdad fue que el rey Alberto murió víctima de un accidente provocado por su propio espíritu aventurero.