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Antonio Pérez Henares
Historias de la historiaAntonio Pérez Henares

María Pacheco, noble y rebelde: la mujer que desafió a un emperador

De sangre ilustre y carácter indomable, María Pacheco desafió su tiempo al liderar la resistencia comunera en Toledo tras la ejecución de su marido, Juan de Padilla. Su figura se alzó como símbolo de lealtad, valor y tenacidad en la mayor revuelta castellana contra Carlos V

María Pacheco

María Pacheco

María López de Mendoza y Pacheco, María Pacheco para la historia y la leyenda, no era precisamente una plebeya. Ninguno de los dirigentes comuneros lo fue, pues la mayoría pertenecía a la pequeña y mediana nobleza castellana y algunos, a la más alta, como la propia María. Lo mismo ocurría con muchos cargos y funcionarios de las ciudades y los burgos, sin excluir a artesanos y menestrales, pues la rebelión tuvo una potente base urbana que la ha hecho ser considerada la primera revolución de la Edad Moderna.

Ella era nada menos que una Mendoza, la casa nobiliaria más poderosa del momento, hija del conde de Tendilla, primer alcaide de la Alhambra —donde nació— y capitán general del recién conquistado reino de Granada, amén de sobrina-nieta del Gran Cardenal y hermana del que luego sería primer virrey de la Nueva España (México), Antonio de Mendoza, entre otros muchos y cercanos parentescos de alcurnia. Eso por parte de padre, pues por su madre era una Pacheco, de la también muy linajuda y poderosa casa de los marqueses de Villena: su sobrina, vamos.

Detalle del retrato de Antonio Mendoza y Pacheco

Detalle del retrato de Antonio Mendoza y PachecoReal Academia de la Historia

Fue la séptima de los ocho hijos del Gran Tendilla y se casó a los 15 años, en 1511, con un hidalgo toledano llamado Juan de Padilla, hijo del regidor de Toledo, de menor prosapia que la suya, sin duda, pero muy gustosa y amorosamente, a tenor de la complicidad y lealtad que hasta el fin de su vida —y más allá, por parte de ella, tras la muerte de su marido— se profesaron.

María Pacheco, que adoptó el apellido materno para diferenciarse de sus hermanas, con quienes compartía nombre, se crio en el ambiente culto y renacentista del palacio de su padre y sabía de matemáticas y letras, amén de latín y griego. Renunció, por el menor rango del novio, a su herencia paterna y a otros derechos de ella derivados, pero no se fue de vacío, pues fue compensada a cambio con nada menos que 4,5 millones de maravedíes. A los cinco años de casada, alumbró al que sería su único hijo, de nombre Pedro, que no llegó a mozo.

El matrimonio se estableció en Granada, viviendo en la propia Alhambra, y su padre le proporcionó al yerno cargos de importancia y buen sustento, pues le cogió gran afecto, tal y como se desprende de sus propios escritos: «De acá no hay más que decir sino que el señor mi hijo Juan de Padilla está aquí, que le quiero más que a los otros».

El cambio se produjo en 1518, cuando, al morir el padre de su marido, regidor de Toledo, su hijo le sucedió en tal cometido y como capitán de gentes de armas. La vida de María Pacheco iba, con ello, a dar un giro para siempre. Pues, aunque no sería la única Mendoza que simpatizara con la rebelión comunera —lo hicieron algunos de sus hermanos y hasta su primo, el conde de Saldaña, heredero de la casa mayor, el ducado del Infantado—, todos ellos, reprendidos por sus mayores y salvados por estos de represalias reales, acabaron por abandonar tales veleidades y volver al carril. Pero este no fue el caso de María.

Parece que fue ella, incluso, la que animó a Juan Padilla —aunque no le hacía ninguna falta— a no solo secundar, sino casi comenzar el movimiento de protesta contra el rey Carlos, su corte flamenca, los impuestos exigidos para pagar su nombramiento imperial y los agravios contra los derechos de ciudades, burgos y estatus de muchas gentes, que acabó por encabezar.

Tras triunfar, bajo su mando, el levantamiento de las Comunidades en Toledo, Padilla se dirigió con sus milicias —y las de Madrid, que comandaba Zapata— al encuentro de Juan Bravo, natural de Atienza (Guadalajara), pero regidor, a su vez, de Segovia y también con relaciones de parentesco familiar, a través de su mujer, con la casa Mendoza. Juntos hicieron frente a las tropas realistas mandadas por el alcalde segoviano Rodrigo Ronquillo. Le obligaron a retirarse, y el movimiento comunero avanzó de manera muy firme por toda Castilla, hasta constituirse en Ávila su Santa Junta, que nombró a Padilla, en julio de 1520, capitán general de las tropas comuneras.

El 24 de agosto de 1520, Padilla entró en Medina del Campo, que había sido incendiada por las tropas de Ronquillo en su retirada, y el 29 llegó a Tordesillas, donde se encontraba confinada la reina Juana. El jefe comunero y sus capitanes más destacados —Juan Bravo entre ellos— propusieron a doña Juana liberarla de su cautiverio y proclamarla como legítima reina de Castilla.

Pero la hija de los Reyes Católicos y madre del actual rey Carlos, aunque los recibió en audiencia varias veces, se negó a firmar ningún documento ni orden al respecto. Supuso un gran chasco para ellos y un indudable alivio para los realistas, siendo la alta y más poderosa nobleza la que comenzó a hacerlo ya sin fisuras y a unir fuerzas entre ellos al ver que sus intereses podían verse muy comprometidos si los comuneros triunfaban. Que iban camino de hacerlo, pues a finales de aquel septiembre Padilla tomó Valladolid y detuvo a los miembros del Consejo Real.

Fue el momento cumbre de su prestigio y su fama. Gozaba en Castilla de una inmensa popularidad, pero no tanto entre quienes conformaban la cúpula que manejaba los hilos de la rebelión. Recelaban del poder creciente del toledano y, el 11 de octubre, entregaron el mando del ejército comunero a un noble de rancio abolengo: Pedro de Girón. Padilla, muy disgustado, regresó a Toledo.

En cierto modo, fue el principio del declive de la sublevación, que comenzó con la ineptitud y traición final de Girón, quien desertó. Costó la derrota de Tordesillas y la entrada de los realistas en la emblemática villa el 5 de noviembre.

Pintura del siglo XIX de Manuel Picolo López, donde refleja el desarrollo de la batalla de Villalar

Pintura del siglo XIX de Manuel Picolo López, donde refleja el desarrollo de la batalla de Villalar

Las Comunidades tocaron a rebato y llamaron de nuevo a Padilla, le devolvieron el mando y, a su regreso a Valladolid, fue acogido como un salvador. Y pareció serlo al inicio, cuando retomó la iniciativa, logró algunas victorias y asaltó la fortaleza de Torrelobatón en febrero de 1521, donde se encastilló, cometiendo con ello el error que, a la postre, le costaría la derrota y la vida.

Los realistas se reagruparon y, cuando Padilla, percatándose del peligro, intentó dirigirse a Toro, ya era tarde. Alcanzado en Villalar, su ejército sufrió una terrible derrota y él, junto a los otros dos líderes comuneros más conocidos —Juan Bravo y el salmantino Francisco Maldonado—, fue sumariamente juzgado e inmediatamente decapitado.

Todo parecía perdido, y ciertamente lo estaba. Sin embargo, Toledo resistió, tras Villalar, todavía nueve meses más, y de ello tuvo la culpa María Pacheco. La causa de las Comunidades parecía derrotada, pero la mujer de Padilla no estaba dispuesta a rendirse.

Pintura de Joan Planella que representa al obispo Antonio de Acuña con Juan de Padilla a su salida de Valladolid

Pintura de Joan Planella que representa al obispo Antonio de Acuña con Juan de Padilla a su salida de Valladolid

La noticia de la ejecución del jefe comunero llegó a Toledo el 27 de abril, y la Pacheco, que había ocupado el cargo de regidora de la ciudad en ausencia de su marido —aunque desde marzo había tenido que compartir el poder con el recién llegado obispo Antonio de Acuña, afín a los comuneros, pero cuyo objetivo era la mitra toledana, a la que también aspiraba un hermano de doña María—, se dispuso a resistir a pesar de la situación cada vez más difícil.

Las tropas realistas rindieron Madrid el 7 de mayo y Toledo se quedó ya sola y aislada. El obispo Acuña ya había puesto pies en polvorosa, y varios notables, como los Laso de la Vega —el hermano mayor de Garcilaso, entre ellos, primos suyos— optaban por la rendición. María Pacheco no se arredró: hizo traer cañones desde Yepes y hasta hizo apuntar los del Alcázar —a donde se trasladó para dirigir la resistencia— contra las casas de quienes pretendían entregar la ciudad.

Llegó a requisar, aunque postrada de rodillas como buena cristiana, la plata del mismísimo altar y sagrario de la catedral para poder pagar a sus tropas. Cercada definitivamente la ciudad a finales de agosto, tuvieron que avituallarse con arriesgadas salidas, que costaron bajas dolorosas, pero lograron aguantar.

Mientras, sus poderosos parientes hacían todo lo posible por darle una salida. Su hermano mayor, Luis Hurtado de Mendoza, ya marqués de Mondéjar y capitán general de Granada tras la muerte de su padre, firme partidario de Carlos V, escribió al cardenal Adriano —mano derecha de Carlos y gobernador del Reino—, y su tío, Diego López Pacheco, marqués de Villena, hizo lo propio para conseguir un acuerdo. Pero el bombardeo comenzó y se estrechó el asedio.

A finales de octubre, sin embargo, las múltiples mediaciones lograron un sorprendente armisticio. Los comuneros entregaban el Alcázar, pero seguían al mando de la ciudad, con María Pacheco —que hizo fortificar y artillar su casa— como regidora.

María Pacheco en una litografía del siglo XIX

María Pacheco en una litografía del siglo XIXDominio Público

El acuerdo disgustó mucho a la corte y a los gobernantes castellanos, pero se mantuvo en pie durante cuatro meses, hasta que a la postre estalló y se produjo un nuevo enfrentamiento: el 3 de febrero de 1522.

Los comuneros, alentados por María Pacheco, asaltaron el Alcázar y liberaron a sus compañeros allí presos. La reacción realista fue inmediata, y esa misma tarde empezaron a tener a todo Toledo bajo su control. Un hermano de Padilla, una hermana de la Pacheco —María de Mendoza, condesa de Monteagudo— y su tío, el marqués de Villena, lograron una tregua al caer la noche, que en realidad más bien fue una añagaza para que la viuda de Padilla, con su hijo y disfrazados de aldeanos, y con la connivencia de la guardia de la puerta del Cambrón, escaparan de la ciudad dirigiéndose a Escalona.

Allí estaba el marqués, que le dio ayuda en forma de mulas, vituallas y dinero para el camino, pero se negó a hospedarla. Quien sí lo hizo fue otro tío suyo, Alfonso Téllez de Girón, en su feudo de La Puebla de Montalbán, pero al cabo hubo de salir huyendo también de allí y se dirigió a Portugal por veredas y trochas montaraces, evitando los caminos principales, donde se la buscaba para detenerla.

Llegada al país vecino, su rey, Juan III, se negó a las peticiones castellanas de que la expulsara de su territorio, y encontró allí el amparo, primero, del arzobispo de Braga y, después, del obispo de Oporto, Pedro de Acosta, que la hospedó en su casa.

Huida a Portugal de María Pacheco

Huida a Portugal de María Pacheco

Excluida del perdón real que Carlos V otorgó a los comuneros que habían participado en la rebelión —perdón que no concedió a 293 de ellos, entre los cuales se contaban muchos nobles, pues entendía como doble su traición—, ella tampoco se rebajó a pedirlo. Fue juzgada en rebeldía y condenada a muerte en 1524.

En Toledo, el corregidor Juan de Zumel, que había hecho derruir sus casas y propiedades y sembrarlas de sal, grabó en un mármol la sentencia a muerte por traidor de Padilla. No se permitió tampoco que sus restos fueran traídos a su ciudad natal.

La familia de María, encabezada por el marqués de Mondéjar y sus otros hermanos —el embajador y poeta Diego Hurtado de Mendoza fue quien más empeño puso—, intentaron que el César Carlos le levantara el castigo, pero este se mostró inflexible.

María Pacheco murió en el exilio en marzo del año 1531. Se mantuvo firme y retadora hasta el final, y en su testamento dejó escrito:

«Que, pues la majestad de César no le diera licencia para ir viva a acabar la vida en Villalar, adonde está sepultado el cuerpo de Juan de Padilla, su marido, que enterrasen su cuerpo en la Seo de Porto, delante del altar de San Hierónimo, que está detrás de la capilla mayor, y, comido el cuerpo, llevasen sus huesos a sepultar con los de su marido en la dicha villa de Villalar donde yace».

Pero el rey Carlos tampoco dio el visto bueno a esta póstuma petición. Fue ella misma quien compuso su propia glosa para que fuera labrada en su sepulcro, y lo hizo en un cuidado latín, que había estudiado junto a su hermano Diego Hurtado de Mendoza en los felices tiempos de niñez en la Alhambra, aprovechando las enseñanzas de Pedro Mártir de Anglería, de las que salió «muy docta en latín y en griego y matemática y muy leída en la Santa Escritura y en todo género de historia, en extremo en la poesía».

Y fue Diego, su hermano menor, quien, siendo un leal servidor de Carlos V, no se recató en ir a visitarla a Oporto, y quien le escribió su epitafio, en el que asoma un indisimulado orgullo por ella:

«Si preguntas mi nombre, fue María.

Si mi tierra, Granada; mi apellido,

De Pacheco y Mendoza, conocido

El uno y el otro más que el claro día.

Si mi vida, seguir a mi marido.

Mi muerte, en la opinión que él sostenía.

España te dirá mi cualidad,

Que nunca niega España la verdad».

Su imagen en su propio tiempo, y a pesar de la derrota —o tal vez por ella—, fue en general positiva y enaltecedora de sus virtudes. La llamaron «leona de Castilla», «brava hembra» y «centella de fuego», y admiraron la lealtad para con su marido, el no menos admirado Juan Padilla.

Hubo también —y no solo por parte de los enemigos realistas— críticas: «más propensa a los excesos que a la moderación».

Pero fue la cultura popular, con la contribución de obras literarias y pictóricas, la que la ha hecho llegar hasta nuestros días convertida en una verdadera heroína, que hoy mismo se sigue poniendo como ejemplo de resistencia y lealtad a una causa, así como de ser una adelantada, en su condición femenina, a su tiempo.

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