Posible retrato de Lucrecia Borgia, por Bartolomeo Veneto
Picotazos de historia
La mentira que acusó a Lucrecia Borgia de incesto y dio origen a una leyenda negra histórica
Fue mancillada con acusaciones viles y miserables: infundios que han hecho que se la represente como una asesina envenenadora y una promiscua e incestuosa blasfema
Pocos personajes históricos han sufrido una campaña de difamación tan intensa e injusta como Lucrecia Borgia o Borja (1480-1519). Esta mujer fue mancillada con acusaciones viles y miserables: infundios que han hecho que se la represente como una asesina envenenadora y una promiscua e incestuosa blasfema.
Sin embargo, Lucrecia, que fallecería a los 39 años a consecuencia de complicaciones en el parto y de fiebre puerperal, dejó en la ciudad y ducado de Ferrara una enorme fama de bondad, amabilidad, preocupación por los necesitados y protección de la cultura. En definitiva, una reputación que choca de lleno con la imagen que de ella nos han transmitido y que se ha mantenido hasta la segunda mitad del siglo pasado, cuando comenzó a cuestionarse la veracidad de esas afirmaciones.
La opinión actual sostiene que Lucrecia fue víctima de la leyenda negra creada para difamar a Alejandro VI y a su familia, como forma de congraciarse con el Papa Julio II, rabioso enemigo de los Borja.
Con su permiso, me gustaría contarles el origen de la primera difamación contra Lucrecia —la primera «pella de barro» que le arrojaron— y el porqué de ello.
Lucrecia tenía trece años de edad y ya había estado prometida dos veces. Esto se debió al ascenso de Rodrigo de Borja en la curia eclesiástica, que eclipsó esos compromisos. El hecho de alcanzar el pontificado hizo que Lucrecia pudiera aspirar a las más altas alianzas. Se barajaron diferentes candidatos y el elegido fue Juan Sforza, señor de Pésaro.
Los señores de Pésaro eran la segunda rama de los poderosos duques de Milán, que provenían de los hermanos Attendolo, quienes adoptaron el apelativo Sforza. Su origen era la guerra, y Ludovico, llamado el Moro por su tez oscura, detentaba el gobierno del ducado de Milán en detrimento de los derechos de su sobrino. Fue este astuto y peligroso gobernante quien postuló y defendió al señor de Pésaro como pretendiente a la mano de la hermosa Lucrecia, y este apoyo resultó decisivo.
Juan Sforza tenía veintiocho años en el momento de su compromiso. Era vanidoso, interesado y estaba implicado en negocios con gentes de armas, como tantos en su época. Era más un negociador que un líder. De él decían que valía más el embalaje que el contenido.
Las capitulaciones matrimoniales se firmaron el 2 de febrero de 1493. Tras fijar la dote de la novia y los dones y beneficios que recibirían los novios, se celebró la ceremonia nupcial y los festejos el 12 de junio de ese año, en los jardines del palacio de Santa María in Portico. Esta sería la residencia de la pareja durante su estancia en Roma. En lo que respecta a Juan Sforza, esta fue breve, pues pocos días después abandonó la ciudad sin haber cumplido sus deberes como marido, algo que descuidó durante todo el matrimonio.
La situación se complicaba para el tirano de Milán, Ludovico, y para el resto de la península. El rey de Francia había decidido conquistar el reino de Nápoles, para lo cual debía atravesar Italia con su ejército. Ludovico comprendió que no podía oponerse a tal fuerza y decidió aliarse con el invasor. Esto lo enfrentó directamente al papado, y colocó a Juan Sforza, marido de Lucrecia, en una posición incómoda.
El señor de Pésaro estaba oficialmente al servicio de Nápoles, que había arrendado sus servicios mediante una condotta o contrato (de ahí el término condotiero), pero en la práctica espiaba para Milán y protegía a su familia. Y es cierto que ponía tan poca gracia y entusiasmo, tan poca inteligencia y energía en cumplir sus obligaciones, que ambos bandos estaban igual de descontentos con él.
Intentando despertar una chispa de entusiasmo en su abúlico yerno, Alejandro VI lo nombró general y le pagó un ejército. La campaña que dirigió contra los franceses durante los años 1495 y 1496 fue lastimosa.
Tan satisfecho estaba el Santo Padre con la actuación de Juan Sforza que el 17 de junio de 1497 planteó a la propia Lucrecia la disolución del matrimonio, cuyo decepcionante marido seguía sin consumar la unión.
Al enterarse de las intenciones del Papa, Juan Sforza huyó de Roma disfrazado de peregrino y, así ataviado, se presentó en Milán. Ludovico lo recibió públicamente con el atuendo puesto, para no levantar sospechas de haber participado en la patochada. El señor de Milán estaba furioso con su primo por haber actuado tan estúpidamente.
Durante la recepción, Juan expuso a Ludovico que había tenido que huir temeroso de su cuñado César y furioso por la exigencia de firmar un documento infamante: un reconocimiento de que no había cumplido con sus deberes maritales, es decir, una pública declaración de impotencia.
Como se puede imaginar, algo así era motivo de burla general para cualquiera. Pero para un comandante de tropas, un condotiero, era lo último. Ludovico, al principio irritado, empezó a disfrutar con el asunto. Señaló a su primo —cum animus iocandi (vulgo, cachondeo)— diferentes opciones, todas más humillantes aún: ingresar en un convento, declararse homosexual, etc. Juan las rechazó indignado, pero, forzado por Ludovico el Moro y entre lágrimas de rabia y humillación, accedió a firmar el citado documento, fechado en Pésaro el 18 de noviembre de 1497.
La comisión cardenalicia nombrada para juzgar el caso, con el documento que tanto escocía a Juan Sforza en su poder, declaró el matrimonio nulo «rato et non consummato» y exigió la devolución íntegra de la dote entregada.
Para el agraviado exmarido fue como echar sal sobre la herida. Se las vio y deseó para reunir los 31.000 ducados que había recibido, además de todas las joyas y riquezas que Lucrecia había aportado al matrimonio. Fue en ese momento, cuando más amarga era la humillación, que lanzó el dardo que recogieron los panfletistas de Julio II.
Ese personaje indigno, retoño de los Sforza, acusó al papa Alejandro VI de arrebatarle a su mujer «per usare con lei». La acusación de incesto entre Alejandro VI y Lucrecia estaba lanzada. Ese fue el origen de la difamación, recogida y amorosamente aderezada por los amantes del escándalo y los deseosos de agradar a los enemigos de los Borja. Así se inició una cadena de mentiras que ha llegado hasta hoy, simplemente por el gusto por el escándalo y porque se han repetido tantas veces que ya casi todos dan por ciertas las cosas que se cuentan.