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Mujeres parisinas con su vestido de invierno.. Caricatura inglesa

Mujeres parisinas con su vestido de invierno.. Caricatura inglesa

Picotazos de historia

La moda provocadora que desafió al Terror tras la Revolución Francesa

Los miembros más jóvenes de esta nueva sociedad desarrollaron una forma de rebeldía frente a los hechos de la Revolución, plasmándola en su vestuario y actitud. Incluso en el lenguaje

El 26 de octubre de 1795, año II según la Constitución aprobada por la Convención termidoriana, se estableció el Directorio en Francia. Esta fue la penúltima forma de gobierno adoptada por la Primera República durante la denominada Revolución Francesa. Esta fase finalizaría con el famoso golpe del 18 de brumario del año VIII (equivalente a nuestro 9 de noviembre de 1799), mediante el cual Napoleón Bonaparte establecería el Consulado, periodo previo al Imperio.

Pero volvamos a ese recién establecido Directorio. Francia acababa de dejar atrás el periodo conocido como el Terror. Durante este, se ejecutó a todo individuo opuesto o sospechoso de compartir ideas contrarias o diferentes de las jacobinas.

Se había fomentado y alabado la moda y las ropas sencillas, revolucionarias. Todo adorno u ornamento, la mínima señal de lujo u ostentación en el vestir, era sospechoso de aristocrático o antirrevolucionario y, por lo tanto, perseguido. El uso de pelucas empolvadas era una agresión —a menos, claro está, que las usara el propio Robespierre— a los buenos sentimientos republicanos, y no fueron raros los casos de ancianos ejecutados por su incapacidad de abandonar unos hábitos de vestimenta que habían llevado toda la vida.

Como suele ocurrir después de un periodo tan traumático y represivo, el hecho de haber sobrevivido genera reacciones emocionales intensas. Una profunda alegría de vivir —en este caso, de haber sobrevivido—, apoyada por el nuevo gobierno, deseoso de que la sociedad olvidara las ejecuciones y las terribles tensiones políticas y sociales. Tras los excesos de la Revolución, fue el triunfo de la frivolización.

Precisamente serán los miembros más jóvenes de esta nueva sociedad —formada por nuevos ricos, arribistas políticos, militares en alza y supervivientes de las antiguas fortunas y miembros de la nobleza— los que desarrollaron una forma de rebeldía frente a los hechos de la Revolución, plasmándola en su vestuario y actitud. Incluso en el lenguaje.

Se les llamó incroyables («increíbles», en francés), pues no paraban de repetir esa palabra como si de un mantra se tratara. La versión femenina de los incroyables fueron las merveilleuses («maravillosas», en francés también).

Incroyables saludándose, caricatura de 1802

Incroyables saludándose, caricatura de 1802

En sus memorias Veinte años de gloria con el Emperador, el granadero Coignet, que regresa a París tras participar en la campaña de Italia, se topó con un par de estos lechuguinos, que consideran incroyable que los veteranos no estén llenos de sarna. Para Coignet fue como encontrarse con una pareja de marcianos, y respecto a los lechuguinos, no fueron conscientes de lo cerca que estuvieron de tener su última experiencia vital.

Y es que los incroyables vestían de forma exagerada, si no ridícula. Llevaban amplias casacas con grandes solapas y una carga en la espalda que daba la impresión de tener joroba; calzón corto con medias (provocativamente, ya que recordaban la moda del Antiguo Régimen); camisas con cuellos altos, altísimos, que se cubrían con unos amplios pañuelos —antepasados de las corbatas— que podían llegar a tapar la mitad inferior del rostro.

El corte de pelo que llevaban se denominaba «oreja de perro», pues dejaban crecer el pelo de los lados, por encima de la oreja, con la intención de que rebasara esta y la tapara por completo. La imagen recordaba a las orejas de un perro de raza cocker spaniel.

Remataban la figura con amplios sombreros bicornios y unos anteojos o impertinentes que utilizaban de tal manera que daban la impresión de que, al mirarte, estuvieran contemplando un espécimen particularmente repugnante de algún virus.

Su hablar era igualmente artificial y pedante. No utilizaban la letra «r», pues era la primera letra de la palabra révolution. La entonación era lánguida y las frases se solían rematar, de manera constante y obligada, con el consabido incroyable y merveilleuse.

Imagen de 'Les Français sous la Révolution', de Augustin Challamel y Wilhelm Ténint

Imagen de 'Les Français sous la Révolution', de Augustin Challamel y Wilhelm Ténint

Ellas, las chicas merveilleuses, llevaban una cinta roja en el cuello: sutil y alegre recordatorio del corte de la hoja de la guillotina. Al principio llevaban el pelo muy corto y en punta, llamado de puercoespín o peinado a lo tifus, ya que recordaba los tijeretazos que sufría el pelo de los condenados (y condenadas) para que este no interfiriera con la acción benéfica de la guillotina. Pero este corte de pelo, tan poco favorecedor, sería abandonado a medida que triunfaba la adopción de unos ropajes basados en la antigüedad clásica. Esta indumentaria contaba con la doble ventaja de ser al mismo tiempo escandalosa y muy favorecedora. Y la sociedad francesa se rindió ante ella.

Que no le extrañe a nadie. Tras los terribles tiempos de la Revolución y el Terror, entrar en un salón parisino y ser recibido por una hermosa anfitriona —normalmente acompañada por un ramillete de bellezas— ataviada con túnicas y vestidos inspirados en los modelos griegos y romanos, ponía de buen humor inmediato. Súmese a esto túnicas y vestidos confeccionados con tejidos tan livianos como la gasa o la seda, la mayoría tan transparentes que se los llamó «vestidos de aire», y que algunas picaronas humedecían para que se pegaran aún más a la muy expuesta piel.

Como calzado imperaba la sandalia, que se ajustaba por medio de unas cintas al tobillo, o la deliciosa alternativa de andar descalza, mostrando la delicadeza de los diminutos dedos de los pies. Madame de Tallien puso de moda el adornarlos con sortijas enjoyadas, y perdió bastantes debido a lo que creyó adoración de sus protegidos. El cuadro pintado por Jacques-Louis David a madame Récamier es un buen ejemplo de este tiempo, considerado como paradisíaco por los fetichistas de los pies.

La moda de los incroyables y las merveilleuses se superó, dejando de ser un grito de alegría por la supervivencia y de rebelión. Desapareció en el año 1799, víctima de su propia exageración, que la llevó al ridículo.

En el caso de ellas, de las chicas merveilleuses, fue completamente distinto. Las chicas, muy listas, eliminaron todo lo macabro y mejoraron los peinados, buscando modelos clásicos y mucho más favorecedores. De esta manera, la moda femenina dio lugar a una estética neoclásica, que se uniría a una corriente artística anterior, pero que fue reimpulsada con mucha mayor fuerza.

Es gracias a estas hermosas damas, que señorearon en los salones parisinos, que debemos obras magníficas como las de los pintores David, Gros, Girodet-Trioson, Gérard, etc.

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