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Alfonso XIII de visita en París en 1913, un año antes del inicio de la Primera Guerra Mundial. Sentado a su lado el presidente de la Tercera República francesa Raymond Poincaré

Alfonso XIII de visita en París en 1913, un año antes del inicio de la Primera Guerra Mundial. Sentado a su lado el presidente de la Tercera República francesa Raymond PoincaréWikimedia Commons

Picotazos de historia

Villalobar, el diplomático español que salvó vidas en la Gran Guerra

El embajador norteamericano Brand Whitlock escribió sobre él: «Bajo una apariencia de orgullo, era un hombre sensible, lleno de recursos y absolutamente sin miedo»

Durante la Primera Guerra Mundial, el Reino de España se mantuvo neutral. Esta situación, en medio de un conflicto de una globalidad desconocida, hizo exclamar al poeta Rubén Darío: «El mundo en guerra. En paz, España sola». Esto, si bien no era absolutamente cierto, tampoco carecía de razón. Pero neutral no quiere decir inactivo frente a la tragedia mundial.

Los más cínicos señalarán los beneficios económicos de esos años, propiciados por la urgente necesidad de materias primas, animales (mulas, burros y caballos) y otros bienes que necesitaban con urgencia los países de la Entente.

Otros nos mostrarán, y con mucha razón, la actividad humanitaria que desarrolló el rey Alfonso XIII —financiada por su propio bolsillo— y que le mereció la alabanza y el reconocimiento universal (excepto en su propio país). Pero será en este campo de las relaciones internacionales y las actuaciones humanitarias en el que también brilló, durante esos oscuros años de matanza, un español: Rodrigo de Saavedra y Vinent, marqués de Villalobar (1864-1926).

Rodrigo de Saavedra y Vinent, marqués de Villalobar

Rodrigo de Saavedra y Vinent, marqués de VillalobarPARES

Rodrigo de Saavedra nació con una grave tara física. El barón Oskar von der Lancken, gobernador civil de Bruselas, señala en sus memorias que el diplomático español había nacido sin piernas, aunque la exacta medida de su discapacidad se desconoce. Para superarla, le fabricaron una especie de exoesqueleto que le permitía moverse. No cabe duda de que la lucha para superar su incapacidad debió de suponer dolor y esfuerzo en una escala ingente.

Tal vez la más conocida de las anécdotas en relación con Villalobar es aquella que lo presenta en el baile de presentación en sociedad de una de las infantas. Durante el baile, la reina se sorprende por un ruido como si una docena de cacerolas se hubiera caído al suelo. Uno de los invitados se apresura a tranquilizarla: «Nada, señora. El marqués de Villalobar, que se ha desmontado mientras bailaba». Esto mientras una voz surge del interior de un círculo de curiosos: «Que venga mi criado Paco, que sabe cómo arreglarme».

Rodrigo de Saavedra ingresó en la carrera diplomática, en la que demostró un alto grado de tacto y habilidad. Ascendió en el escalafón y, en 1913, fue enviado a Bruselas en calidad de ministro plenipotenciario, ya que entonces no había allí embajada. Cumplió con sus labores en tal medida que los belgas no quisieron otro representante español que Villalobar, y él devolvió el afecto a ese país.

Con la invasión alemana, en 1914, todos los representantes diplomáticos acompañaron al rey Alberto I. Solo tres se quedaron en Bruselas: España, Países Bajos y Estados Unidos. Villalobar se hizo cargo de los intereses diplomáticos y de los ciudadanos particulares de los países sin representación en la capital belga, y se enfrentó a las autoridades alemanas en nombre de las acciones humanitarias y de lo que él consideraba que era lo correcto.

El primer caso de repercusión internacional fue el de la enfermera británica Edith Cavell. Esta fue ejecutada por las autoridades militares alemanas por ayudar a la huida de heridos y enfermos británicos bajo su cuidado. El diplomático español luchó hasta el último instante por salvar la vida de la enfermera. No dudó en solicitar la intervención del propio káiser.

Durante el hambre que se produjo en Bruselas —los alemanes se llevaban los alimentos para alimentar a sus tropas y a la población de Alemania, que sufría el bloqueo internacional—, organizó un sistema de recaudación de fondos, adquisición de alimentos y transporte de los mismos a través del bloqueo de la Entente, para poder alimentar a los habitantes de la depauperada capital de Bélgica.

El embajador norteamericano Brand Whitlock escribió sobre él: «Bajo una apariencia de orgullo, era un hombre sensible, lleno de recursos y absolutamente sin miedo». Y añadía con admiración: «Y hay que ver la manera en que trataba a los alemanes».

Al jefe de la policía secreta en Bruselas, a la primera impertinencia suya, le contestó: «Hable despacio, educadamente y en francés». El barón Oskar von der Lancken valoraba muchísimo su amistad y buscaba su consejo, mostrando en sus memorias una enorme admiración por el diplomático español. El conseguir estas buenas relaciones, sin asomo de temor o servilismo, le permitió intervenir en todo aquello que supusiera salvaguardar la vida, integridad y bienes de la población belga; intervenir en la protección del patrimonio, relajar las severas disposiciones de las autoridades alemanas de ocupación, así como ocuparse de los intereses de los ciudadanos y prisioneros: franceses, portugueses, italianos, sudamericanos en general, serbios, rusos, rumanos, etc.

Villalobar consiguió localizar al eximio historiador Henri Pirenne, quien había sido deportado a un campo de concentración en Alemania, junto con el catedrático Paul Fredericq. La actuación combinada del diplomático y la oficina Pro Captivis del rey Alfonso XIII realizó el milagro de la liberación de ambos y su traslado a Suiza. Pero no todo era despacho: literalmente se jugó la vida, muchas veces, con tal de asegurar una tregua, un acuerdo, un intercambio, etc.

Terminada la guerra, el pueblo y el Gobierno de Bélgica aclamaron a Villalobar como benefactor y benemérito. Se elevó la representación diplomática al rango de Embajada y su primer embajador solo podía ser Rodrigo de Saavedra. Recibió numerosos homenajes, entre ellos la ciudadanía honoraria de doce ciudades belgas, condecoraciones, etc. Pero, por encima de todo, recibió la devoción y el emocionado agradecimiento del pueblo belga.

Falleció el 9 de julio de 1926, a consecuencia de una peritonitis. Se le había detectado apendicitis, pero, típicamente en él, había retrasado la operación para llevar a cabo gestiones que consideraba urgentes. La apendicitis se transformó en peritonitis, que fue la causa de su muerte.

Bélgica le rindió funerales de Estado, a los que acudió el pueblo belga masivamente. Hoy, en la capital belga, encontramos bustos, placas con su nombre y pinturas que lo representan, incluso en el Parlamento nacional. Este gran diplomático y español es mostrado allí como ejemplo a admirar e imitar. En Madrid dieron su nombre a una calle, pero ya hace tiempo que cambiaron de idea y la llamaron de otra forma.

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