Becerrillo y Leoncico
Picotazos de historia
Becerrillo, el perro que cobró sueldo como soldado en la conquista de América
Participó en la conquista y pacificación de la isla Borinquén (Puerto Rico). Era famoso por su fiereza y por su habilidad para distinguir al indio manso del bravo
El concepto mascota, en su actual acepción como animal de compañía, es bastante moderno. Antiguamente la palabra –en español– hacía referencia a algo o alguien a quien se atribuía la capacidad de portar buena suerte o de quien se había uno encariñado. Un tipo de amuleto o talismán. Por cierto, la palabra proviene del francés mascotte y, aunque en Francia tiene relación con animales de compañía, no se asimilará esa noción en España hasta más tarde.
A lo largo de la historia de España continuamente encontramos interacciones entre individuos y animales, pero es un tipo de relación muy diferente a la que encontramos hoy entre humanos y mascotas. Para empezar, no se atribuían a los animales acciones o sentimientos humanos.
Se alaban sus características de lealtad, fuerza, fiereza, rapidez, etc., pero no se humanizan. Los animales eran considerados más como compañeros, en el sentido de que compartían y eran parte de la casa, pero siempre teniendo muy claro cuáles eran las funciones de cada uno.
Don Juan Manuel, señor de Villena y autor de El conde Lucanor, en su Libro de la caza menciona a numerosos animales que utilizaba para montear o para la cetrería. Habla de ellos en función del desempeño de su actividad. Hay una relación de afectividad y de reconocimiento de sus habilidades. Lo mismo encontramos en otro clásico posterior: Historia de la montería en España, del duque de Almazán.
A partir del siglo XV, los reyes de Castilla y, posteriormente, los reyes de España, mostraron una preferencia por los perros de caza provenientes de Navarra. En 1616 Felipe III envió a uno de sus perreros a ese reino, con trescientos escudos y el encargo de adquirir sabuesos.
Los perdigueros eran otra raza muy utilizada para la caza debido al fino olfato y habilidad de rastreo. El perdiguero burgalés era la raza más apreciada por Felipe IV para la montería. Carlos IV adquiriría los perdigueros en la localidad de Los Yébenes, en Toledo. Isabel II, en Doña Mencía y Carcabuey, en Córdoba.
El emperador Carlos V con un perro. Obra de Tiziano
El césar Carlos, o Carlos I, fue muy aficionado a los alanos españoles, como quedó plasmado en los numerosos retratos en que aparece junto a este perro. Este maravilloso animal, que estuvo a punto de extinguirse, era extraordinario para la caza y la guerra. Se le protegía el cuello con collares erizados de púas llamados carrancas y el cuerpo con corazas de cuero que no le mermaban el movimiento y la agilidad. Un buen alano valía su peso en oro.
La relación entre el animal y su dueño era estrecha, pero más parecida a la que se tendría con un camarada. Insisto mucho en que estaba exenta de la ñoñería y el sentimentalismo modernos. El amo y el animal mantenían un fuerte vínculo, digamos una amistad basada en el respeto mutuo y teñida de afecto. Tanto en la caza como en la guerra, en especial en este último campo.
Tal vez el más famoso de los alanos de los que nos ha llegado noticia fuera Becerrillo (o Becerrico, pues en esta forma también está documentado) y luego su hijo Leoncico (o Leoncillo). Ambos eran alanos, animales robustos y muy leales, ya mencionados por Alfonso X, Don Juan Manuel, en el Libro de las monterías de Alfonso XI y por Gonzalo de Berceo. Los hermanos Colón los llevaron a América y Bartolomé Colón, mientras estuvo de gobernador de la isla La Española, tuvo veinte de ellos. Y será, precisamente, en esta isla donde nacerá y será criado un animal llamado Becerrico. Este alano ya era propiedad de Juan Ponce de León en 1509.
Becerrico participó en la conquista y pacificación de la isla Borinquén (Puerto Rico). Era famoso por su fiereza y por su habilidad para distinguir al indio manso del bravo. Tan útil fue que tenía asignado sueldo como soldado aventajado (una ventaja era un plus en la paga). Hizo ganar bastante dinero a su amo y fue el perro más famoso de la conquista.
Hernán Cortés montado a caballo junto a un perro, obra del artista Augusto Ferrer-Dalmau
Becerrico dejó numerosa descendencia, pero el único del que nos ha llegado noticia fue Leoncico. Este fue adquirido en Santo Domingo por Vasco Núñez de Balboa. Participó en la aventura de la búsqueda del Mar del Sur y, tras atravesar el que hoy se conoce como istmo de Panamá, lo avistaron el 25 de septiembre de 1513. Vasco Núñez de Balboa tomó posesión:
«Vivan los muy altos y poderosos señores don Fernando y doña Juana, reyes de Castilla y de León, y de Aragón, etc. En cuyo nombre e por la corona real de Castilla tomo e aprehendo la posesión real y corporal e actualmente destas mares e tierras, e costas, e puertos, e islas australes».
Tal cosa sucedió el día 29 de septiembre y Leoncico estuvo presente. Tras estos sucesos se pierde su pista.
Siguiendo con los reyes tenemos el anómalo caso del príncipe Baltasar Carlos, hijo de Felipe IV y príncipe de Asturias, quien tenía la poco grata afición de capar gatos. Carlos II continuó con la afición cinegética de sus mayores. Precisamente durante una montería en El Escorial le arreó una perdigonada en el trasero al valido Fernando de Valenzuela, marqués de Villasierra. El valido fue elevado a la Grandeza de España por derramar su sangre por el rey. Por cierto, Valenzuela no tuvo buena relación con los animales y acabaría muriendo en México por la coz de una mula.
Del resto de los reyes tenemos abundante documentación y, en especial, las relaciones de sus animales preferidos y los nombres de estos. Los perros eran cuidados en las perreras reales. Algunos acompañaban a sus amos en situaciones más relajadas, pero nunca les acompañaron dentro de palacio y mucho menos en las alcobas. Felipe V tuvo unos lebreles de los que estuvo muy encariñado llamados Pegote, Careto, Garrafa y Valenciano. Fernando VI, el que murió de melancolía, prefería a los perdigueros y entre sus realas destacó a Vulcano, Fortuna, Tarugo y Chulita.
Alfonso XII tenía dos lebreles a los que distinguía con un especial afecto llamados Clavel y Sol. Piensen que si el animal era pequeño y estaba bien enseñado podía estar en ciertos salones donde se hacía la vida íntima, pero los animales grandes eran un engorro y potencialmente un peligro para las preciosidades de palacio.
Para terminar, contarles que el rey Alfonso XIII fue un gran aficionado a la caza y a los caballos. Don Pedro Cotoner y Veri, marqués de Cenia, le regaló una pareja de cachorros. Pues bien, estos bichos salieron a dar una vuelta y no volvieron. Desesperado, el rey puso un anuncio en los periódicos ofreciendo una gratificación de 25 pesetas a aquel que los encontrara. Los perros fueron encontrados y devueltos a su amo.