Napoleón en Santa Elena, por François-Joseph Sandmann
Chocolate, ajedrez y memorias: así era el día de Napoleón en su exilio en Santa Elena
En Santa Elena quedó solo la memoria de su rutina: un emperador sin ejército, mirando al mar y dictando su propia leyenda
Tras la derrota en Waterloo, Napoleón Bonaparte fue enviado al exilio más remoto imaginable: la isla de Santa Elena, una roca perdida en mitad del Atlántico Sur y donde moriría seis años después.
Durante su estancia, el emperador vivió bajo vigilancia británica y acompañado por unos pocos fieles, gracias a los cuales —secretarios y sirvientes— conocemos hoy con detalle cómo transcurrieron los días del hombre que una vez quiso conquistar el mundo.
Napoleón llegó el 15 de octubre de 1815 a bordo del HMS Northumberland, después de un viaje de unos 70 días desde Plymouth. Aquel día, el barco ancló frente a Jamestown, la capital de la isla. Sin embargo, el Gran Corso no desembarcó inmediatamente: las autoridades británicas, encargadas de su vigilancia, quisieron inspeccionar primero el lugar y ultimar las medidas de seguridad.
Napoleón a bordo del Bellerophon, expuesta en 1880 por Sir William Quiller Orchardson
Finalmente, Napoleón desembarcaría en Santa Elena el 17 de octubre, donde comenzaría una rutina propia de su disciplina férrea.
Mañanas lentas con chocolate caliente
Según recoge Louis Marchand, ayuda de cámara personal de Napoleón, en sus memorias, el que fue emperador de Francia empezaba sus días de forma lenta. Entre las nueve y las diez de la mañana, Marchand lo despertaba con suavidad y le llevaba una taza de chocolate caliente o café fuerte.
El corso no perdió sus costumbres y, aun en cautiverio, vestía su uniforme, según indica Emmanuel de Las Cases en su El Memorial de Santa Elena: «Aun prisionero, Bonaparte se vestía con su uniforme verde de los cazadores de la Guardia y se ceñía la espada, aunque ya no tenía ejército». Tras un aseo meticuloso, salía unos minutos al jardín de la que fue su residencia: Longwood House.
Longwood House
Reescribir su historia
Las mañanas, de 10:30 a 13:00, las empleaba para dictar a sus secretarios —Las Cases primero, luego Bertrand o Montholon— fragmentos de sus memorias, reflexiones políticas y análisis de campañas, convirtiendo la derrota en relato y el exilio en historia: «Yo no soy un hombre como los otros; los códigos de la humanidad no me alcanzan», llegó a dictar una mañana de 1816, según recoge Las Cases.
Por su parte, Marchand advierte en sus memorias que Napoleón solía caminar por la habitación mientras hablaba, con un pañuelo blanco en la mano, y de vez en cuando interrumpía su relato para criticar los errores de sus antiguos mariscales.
Completaba su rutina matutina con la lectura de Plutarco, Tito Livio, Rousseau, Voltaire o el poeta celta Ossian, que tanto le fascinaba.
A las 14:00 horas le servían el almuerzo que, tal y como recoge su ayuda de cámara, consistía en pollo hervido, carne fría, sopa y vino tinto francés. Durante la comida —que tomaba deprisa— hablaba con sus acompañantes sobre batallas, política o filosofía. A veces imitaba a Talleyrand o Murat; otras, guardaba un silencio prolongado que nadie se atrevía a romper.
«Su conversación podía pasar de la épica de Austerlitz a la melancolía más profunda en un instante», escribió el general Henri Bertrand en sus Cahiers de Sainte-Hélène.
Paseos o tardes de ajedrez
Los días que el tiempo lo permitía, salía a dar un paseo por los alrededores de Longwood, bajo la atenta vigilancia de sus captores. Además, el gobernador Sir Hudson Lowe le prohibía alejarse más de una milla sin autorización. Durante sus caminatas, observaba las plantas o conversaba con los jardineros sobre su campaña en Egipto o sobre su amor por la botánica.
Si el mal tiempo lo confinaba en casa, jugaba al tríquet —un antecedente del cricket de salón— o al ajedrez, su entretenimiento favorito. Aunque perdía rápidamente la paciencia si la partida se volvía en su contra. En un informe, Lowe resume la jornada de Napoleón con sequedad: «El prisionero ocupa su tiempo en juegos, lectura y escritura. Su salud declina lentamente».
Noches llenas de nostalgia
Tras cenar, hacia las 19:30 horas, recibía a sus acompañantes o leía en voz alta pasajes de La Ilíada, La Biblia o textos de Plutarco. Según las memorias de sus sirvientes, Napoleón solía comentar que todos los grandes hombres habían sido perseguidos y derrotados por la envidia o el destino, en un intento de consolarse del suyo propio.
Y antes de acostarse, daba un último paseo en el cual «se quedaba mirando el cielo durante largos minutos», escribe Marchand. «Decía que allí, al menos, no había Inglaterra», añade el ayuda de cámara.
El sueño llegaba, de forma agitada, pasada la medianoche. En ellos, según Bertrand, «repetía órdenes de batalla en voz alta o susurraba nombres de sus mariscales».
Postal del ex emperador Napoleón I (1769-1821) exiliado en la isla de Santa Elena (1815-1821) recordando sus batallas
Así pasó los días durante seis años. Su rutina apenas varió. Las memorias que dictó durante su estancia en Longwood House se publicarían tras su muerte bajo el título de Le Mémorial de Sainte-Hélène, convirtiendo al prisionero en un mito romántico:
«Muy hábilmente, las memorias que dictó en su exilio le procuraron una imagen de monarca democrático, o al menos, así quiso presentar el Imperio de los Cien Días, como un régimen liberal derrocado por las monarquías más reaccionarias de Europa, incluida la británica», explica Antonio Manuel Moral Roncal, profesor titular de Historia Contemporánea de la Universidad de Alcalá y colaborador de El Debate.
«Tuvo la audacia de querer pasar a la historia como la Espada de la Revolución, que había propagado los ideales revolucionarios de 1789 por todo el continente europeo, y como defensor de las nacionalidades y de las libertades oprimidas», añade Moral Roncal.
Napoleón Bonaparte moriría a los 51 años, tras una larga enfermedad. Fue enterrado bajo los sauces del valle de Sane Valley, con una lápida sin nombre: los ingleses se negaron a inscribir «Napoleón», y sus fieles rechazaron poner «Bonaparte». Años más tarde, en 1840, sus restos regresarían a París.
En Santa Elena quedó solo la memoria de su rutina: un emperador sin ejército, mirando al mar y dictando su propia leyenda.