Lady Hester Stanhope

Lady Hester Stanhope

Vestidas de mendigos, a caballo o en camello: las mujeres que recorrieron el mundo antes del turismo

Los avances en los transportes, la construcción de imperios coloniales, la revolución de las comunicaciones y cierta fascinación romántica por las misteriosas África y Asia impulsaron la propensión viajera de occidentales, hombres y mujeres

Los avances en los transportes, la construcción de imperios coloniales, la revolución de las comunicaciones y cierta fascinación romántica por las misteriosas África y Asia impulsaron la propensión viajera de occidentales, hombres y mujeres.

En los albores de la Edad Contemporánea, para viajar, las mujeres debían tener no solo valor e interés, sino capacidad económica y relaciones sociales. Así, no resulta extraño que muchas de las pioneras del siglo XIX en esta aventura fueran aristócratas o burguesas. Por ejemplo, lady Hester Stanhope (1776-1839) —sobrina del primer ministro William Pitt— viajó a Constantinopla, capital del Imperio otomano, en 1810, donde organizó fiestas mundanas que fueron famosas. Tras lograr cierto apoyo de las autoridades locales, decidió visitar Egipto, atravesar la península del Sinaí y llegar a Palestina. Bajo la protección de Bashir II, emir de los drusos, recorrió el Líbano, Tierra Santa y Siria.

Residencia de Lady Stanhope en Joun

Residencia de Lady Stanhope en Joun

Lady Stanhope, arriesgando su vida, alcanzó la ciudad de Damasco vestida como un hombre y sin velo, desafiando a los musulmanes más radicales. No obstante, siempre trató de utilizar el apoyo de las autoridades otomanas que había logrado al visitar su capital. Invitada por el jefe beduino Mahamah El Fadel, disfrutó de la belleza del desierto y, sorteando los peligros de los bandidos, visitó las ruinas de Palmira.

Buscando alcanzar un poder e influencia sobre Palestina, se instaló en una mansión-fortaleza en territorio druso, recibiendo la visita de numerosos viajeros y enfrentándose, hasta su muerte, con los recelos de los turcos, ya que creía tener derecho a ser reina de los judíos.

Otra famosa viajera fue Jane Digby (1807-1881), aristócrata inglesa que buscó el amor a través de sus viajes por París, Múnich, la isla griega de Tinos y Atenas, dejando un rastro de belleza y escándalo. Tras sus fracasos amorosos en el Mediterráneo, se dirigió hacia Oriente para seguir los pasos de lady Stanhope, casándose con el jefe beduino de los Mesrah y viviendo con él en Damasco hasta su muerte.

Retrato de Jane Digby por Joseph Karl Stieler

Retrato de Jane Digby por Joseph Karl StielerWikimedia Commons

Junto a su esposo, lady Anne Blunt —nieta del poeta Lord Byron— recorrió, entre 1877 y 1879, la península arábiga, para dirigirse después hacia los ríos Tigris y Éufrates en el Medio Oriente. A su vuelta a Inglaterra, la pareja se convirtió en decidida defensora de la causa independentista árabe y de su derecho a vivir sin intromisiones coloniales. Y es que una consecuencia de los viajes era el contacto, en ocasiones amistoso y admirativo, con la diversidad cultural de los pueblos, lo que llevó a numerosos viajeros a divulgar la necesidad de lograr una mejor convivencia entre todos ellos.

Un caso alejado de los círculos de la nobleza fue el de la austriaca Ida Laura Pfeiffer (1797-1858). A sus 45 años, una vez resuelto el futuro de sus hijos, decidió realizar el sueño viajero de su vida, para el cual había estado ahorrando durante más de veinte años. Inició en solitario su aventura, atravesando los Balcanes —territorio inexplorado por muchos occidentales— y diversos lugares del Imperio otomano hasta llegar al Próximo Oriente.

Ida Pfeiffer, durante su viaje a Madagascar (1856)

Ida Pfeiffer, durante su viaje a Madagascar (1856)

También dirigió su interés hacia los reinos nórdicos, Islandia y Laponia. Entre 1846 y 1848 dio su primera vuelta al mundo y, tres años después, la segunda, hasta que falleció en la isla de Madagascar en 1858. Sus vivencias a lo largo de sus viajes hicieron que firmara tres libros, donde defendió los viajes como medios de instrucción y conocimiento que favorecían una mayor unión de geografías y culturas.

Más aventurera fue la inglesa Isabella Bird (1831-1904), que, a los cuarenta años, viajó a Oceanía y, vestida de hawaiana, atravesó el Oeste norteamericano a caballo, enamorándose del bandido Rocky Mountain. Desde allí, viajó a la isla japonesa de Hokkaido, Malasia y el Tíbet, atravesando el Kurdistán, Persia, Corea y China antes de volver a Escocia. A los 70 años abandonó Edimburgo para conocer Marruecos, mientras se continuaban editando sus libros de viajes.

Isabella usando ropas manchurianas en una jornada a través de China

Isabella usando ropas manchurianas en una jornada a través de China

La cantante Alexandra David-Néel (1868-1969) viajó por Asia y África, casándose con un rico ingeniero francés en Túnez. Sin embargo, su cómoda vida burguesa terminó por aburrirla y, a sus 43 años, decidió viajar unos meses por Oriente, no volviendo a ver a su marido hasta catorce años después. Visitó Ceilán y el Tíbet, siendo la primera mujer occidental en penetrar —disfrazada de mendigo— la ciudad prohibida de Lhassa. Llegó hasta tierras chinas y coreanas antes de alcanzar Japón, intentando perfeccionar su espíritu mediante prácticas y disciplina propias de la meditación budista. A su regreso a Francia, fundó un centro de enseñanzas de mística oriental y continuó visitando el Extremo Oriente.

Estas viajeras, con su ejemplo y la publicación de sus libros, animaron a otras mujeres a viajar, no solo como una diversión o pasatiempo, sino como un medio para conocerse a sí mismas y al mundo. La princesa de Tour d’Auvergne, Isabel Burton, Alexine Tinney, Annie Taylor, la famosa Karen Blixen —escritora danesa autora de Memorias de África—, Helena de Francia… fueron otras de tantas mujeres viajeras que fueron protagonistas de un tiempo y un sueño hecho realidad.

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