Felipe II, rey de España, reprende a Guillermo I, príncipe de Orange, en Vlissingen a su partida de los Países Bajos en 1559

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Entrevista

«Si realmente nos odiaran tanto, no tendrían cuadros de Felipe II»: la verdad histórica sobre España en Flandes

El investigador Javier Rubio desmonta la leyenda negra, los Tercios y el Duque de Alba forjaron la Bélgica actual mediante diplomacia, arte y mestizaje

Carlos V se sorprendería al ver que hoy España se enfrenta a Bélgica en el Mundial, ya que por entonces eran parte de un mismo imperio. No lo vería igual su hijo, Felipe II, quien desde su despacho en Madrid tuvo que gestionar la complejidad de las 17 provincias y hacer frente a la Guerra de los Ochenta Años. Sin embargo, a pesar de los siglos transcurridos y el peso de la leyenda negra, Bélgica mantiene un legado hispano –y español peninsular– visible pero desconocido tanto por belgas como españoles.

Para conocer esta historia y descubrir qué queda de La huella de España en Flandes, conversamos con el autor de este libro, Javier Rubio Monte. Periodista, investigador residente en Bruselas, divulga la historia de la Hispanidad, entre otros asuntos, en su canal Trincheras Ocultas.

Su trabajo se caracteriza por combinar la precisión del investigador con la curiosidad del reportero, recorriendo los escenarios originales sobre el terreno para rescatar una epopeya que va mucho más allá de las batallas y los mitos militares.

–En tu obra mencionas que esta es una de las epopeyas más olvidadas de nuestra historia, a pesar de que se habla mucho de los Tercios. ¿Por qué crees que el imaginario colectivo español ha olvidado esta presencia real en el terreno?

–Lo que sucede con Flandes es que existen muchísimas teorías. Se habla de la «terciomanía» surgida tras la obra de Pérez-Reverte, pero tiendo a pensar que, como la historia se escribe habitualmente desde España y no desde aquí [Bruselas], se utilizan mitos que se desmoronan al llegar al lugar de los hechos. Flandes fue tan solo una de las diecisiete provincias.

En Bruselas, por ejemplo, nos encontramos en el Ducado de Brabante; si llamas flamenco a alguien de aquí, probablemente te corrija, igual que un aragonés lo haría si le llamas castellano. Los gobernadores como el Duque de Alba, Don Juan de Austria o Alejandro Farnesio comprendían esta complejidad, pero desde España se simplificó todo bajo el nombre de «Flandes». Mi libro busca trasladar el legado actual y la realidad del terreno, más allá del plano puramente militar, analizando el mestizaje y la cultura que a menudo se omiten por escribir sin haber pisado jamás estos condados.

Portada del libro 'La huella de España en Flandes'

Portada del libro 'La huella de España en Flandes'

–En el libro rescatas personajes habitualmente caricaturizados por la propaganda, como el Duque de Alba. ¿Qué aspectos destacarías de su papel como gobernador, más allá de la imagen de militar rudo que ha trascendido?

–He leído más de 3.000 cartas de su epistolario y me siento muy representado por su figura. Siempre se le ve como un militar mayor y rudo, pero fue mucho más. Su misión debía durar seis meses y acabó quedándose seis años y medio. Durante ese tiempo, desarrolló una labor inmensa: creó la primera política fiscal para que las diecisiete provincias se abastecieran económicamente; se vistió de jurista para buscar, durante ocho meses, pruebas legales antes de ejecutar a figuras como los condes de Egmont y Horn; reformó los obispados para que el catolicismo llegara a las capas más bajas donde impactaba la propaganda de Lutero; y fue un gran coleccionista de arte (el Jardín de las Delicias del Bosco llegó a España gracias a él). Además, actuó como diplomático de la cristiandad en Bruselas, recibiendo embajadas de católicos ingleses, escoceses e irlandeses, e intentó mantener la conexión entre las ramas de los Habsburgo en Viena y Madrid. Fue, ante todo, un gobernador.

–Otra figura central en tu obra es Margarita de Parma. ¿Qué importancia tuvo en la gobernación de estos territorios?

–Margarita de Parma tiene una vida de película. Fue la hermanastra de Felipe II y la encargada de la transición en el territorio. Con Carlos V, los Países Bajos no se pensaban en clave española, sino europea y flamenca. Pero Felipe II, nacido en Valladolid, comenzó a asesorarse solo por españoles y a enviar órdenes desde Madrid. Margarita tuvo la difícil tarea de mediar entre las órdenes de su hermanastro y una nobleza flamenca que sentía a Felipe II ajeno y lejano.

Ella tuvo que mimetizarse con esa nobleza que pedía libertad de conciencia. Mientras tanto, en la corte de Madrid, los «ebolistas» (apodados: palomas) buscaban la paz frente a los «albistas» (halcones) que querían la guerra. Al Duque de Alba se le envió a Flandes casi como una trampa de destierro para quitarlo de la corte, metiéndolo en un laberinto del que, sorprendentemente, logró salir con casi setenta años.

–Hablemos de Guillermo de Orange. ¿Cómo fue su transformación y qué visión tenían los habitantes de Flandes sobre él?

–Guillermo de Orange le debe todo a Carlos V; fue su pupilo y el único noble con título de príncipe en las provincias. Al principio se disfrazaba de católico por conveniencia política, luego fue luterano y finalmente calvinista. Aunque se le considera el padre de los Países Bajos del Norte, él siempre quiso vivir en el sur, en la actual Bélgica. Cuando el Duque de Alba llegó, Guillermo huyó a Alemania y comenzó a crear la «Leyenda Negra», esa propaganda del Duque comiendo niños, para erigirse como el libertador frente al «ministro malvado», nunca directamente contra el Rey. Sin embargo, al final de sus días no era querido en el sur; intentó incluso traer a un rey francés, algo que los flamencos odiaban. Su asesinato a manos de Baltasar Gérard lo convirtió en un mártir, y es ahí donde muchos vemos el nacimiento real de los Países Bajos del norte.

–Geopolíticamente, ¿cuál era la situación de esas provincias bajo soberanía española?

–Hablar de «región española» es técnicamente correcto porque dependía del Rey de España, aunque a nivel local no siempre guste el término. Entre las diecisiete provincias había luchas históricas y celos tremendos, como entre Brabante y Flandes. El reto de cohesión para los gobernadores era ciclópeo. Mi tesis es que los Tercios fueron los protectores de las fronteras de estas provincias; cuando esa gobernación desapareció en el siglo XVII, Francia y el norte empezaron a devorar el territorio. Hoy, si vas a ciudades francesas como Lille o Dunkerque, todavía se respira ese pasado. Los españoles defendieron la identidad católica de lo que hoy es la nación belga.

–Sobre los Tercios, planteas una visión interesante. ¿Fueron una fuerza de paz, similar a las misiones de paz de la OTAN?

–Los definiría como protectores de los católicos. No llevaban una política de ataque al Sacro Imperio, sino de defensa del territorio. Gracias a ellos emergió la Bélgica católica actual. Más allá de lo militar, hubo un mestizaje real. En Gante, por ejemplo, se ha documentado el nacimiento de cientos de niños fruto de la unión entre soldados españoles y mujeres flamencas. En Lovaina existe todavía el llamado «barrio español», donde vivían los soldados. Es curioso que hablemos tanto de la Hispanidad en América y nos dé miedo tratar la conexión de la Monarquía en Europa. Los Tercios eran un cuerpo multinacional, un precedente del ejército europeo, aunque la historiografía solo use el término «español» para lo malo, como el saqueo de Amberes o la «Furia Española».

–¿Qué huellas visibles puede encontrar hoy un turista en ciudades como Bruselas?

–Bruselas está llena de vestigios. En la Grand Place hay tres estatuas de Carlos II; él puso el dinero y el ejército para reconstruirla tras los bombardeos franceses, protegiendo de nuevo a los flamencos católicos. En el Ayuntamiento de Lovaina, Felipe II te mira desde las paredes, y también puedes ver allí el pasillo de los reyes españoles. En la Catedral de Santa Gúdula fue donde Carlos I se autoproclamó Rey de las Españas. En Brujas encuentras bustos de los Reyes Católicos y escudos de Felipe II, incluso con las armas de Portugal. Si realmente nos odiaran tanto como dice la leyenda, no tendrían cuadros de Felipe II presidiendo sus ayuntamientos. Mi llamamiento es hacia la hermandad; los historiadores belgas con los que trato quieren rescatar estos lazos, no alimentar prejuicios.

–En tu libro dedicas un capítulo a lo que Bélgica debe a la Monarquía Española. ¿Cómo se gestiona ese legado hoy en día?

–Bélgica le debe el haber seguido siendo católica y ese Barroco flamenco, financiado con dinero español, que nunca hubiera existido en el norte calvinista. Aunque les cuesta mencionarlo, hay un movimiento civil interesado en recuperarlo. Sin embargo, echo en falta más apoyo institucional de España. Durante la presidencia española de la Unión Europea en Bruselas, se priorizaron temas del siglo XXI y se ignoraron estos 200 años de historia común que permitirían tejer una hermandad real. En Bruselas organizamos los «Jueves Hispanófilos» de forma autónoma y atraemos a más de cien personas, lo que demuestra que hay un deseo de conocer este pasado, aunque instituciones como el Instituto Cervantes a veces prefieran centrarse exclusivamente en el siglo XX o la Guerra Civil.

–Como divulgador que trabaja sobre el terreno, ¿qué crees que le falta a la historiografía actual?

–Rigor y acudir a las fuentes primarias. No se puede escribir sobre los siglos XVI o XVII sin citar crónicas o cartas de la época. A veces se publican libros en pocos meses que son meras repeticiones de otros, sin aportar nada nuevo. La divulgación debe ser cercana, pero también rigurosa; si no citas de dónde sacas la información, cualquier cosa es válida. El público está cansado de que le cuenten las mismas batallas o el testamento de Isabel la Católica de la misma forma. Hay que buscar lo que no se ha tratado, hacer un «estado de la cuestión» serio y aportar visiones diferentes, como la faceta humana de figuras como Gaspar de Robles, un capitán que tiene una estatua en los Países Bajos del norte no por sus hazañas militares, sino por ayudar a reconstruir aldeas tras una inundación. Esa es la historia que quiero contar.

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