Castillo de Coca (Segovia)
Estos fueron los castillos que definieron la Edad Media en España
El castillo es, con toda probabilidad, el tipo de fortaleza más popular, duradero e influyente de toda la historia de la humanidad. ¿Qué tipos de castillos encontramos en España y cuál es su historia?
Aunque muchos edificios pueden recibir este nombre, propiamente, un castillo es un tipo específico de construcción militar propio de la Edad Media europea occidental, entre los siglos IX y XV. El castillo es un edificio fortificado concebido con una triple funcionalidad: defensiva, habitacional y de control del territorio. Es el instrumento arquitectónico por excelencia del poder feudal, y en torno a los castillos se articulará todo el territorio de la Edad Media.
Encontramos más fortificaciones medievales que propiamente no son castillos, como atalayas de vigilancia, torres señoriales, puertas fortificadas, murallas de ciudades, iglesias fortificadas o puentes encastillados. Este tipo de fortificaciones, sin embargo, no cumple la triple función militar, residencial y simbólico-administrativa que es característica de los castillos.
Las fuentes nos hablan de precedentes de los castillos ya en época visigoda. Aparece el término castrum o castellum, originalmente diminutivo de castra, el campamento militar romano. Estos castellum eran pequeños asentamientos de carácter rural y fortificado, donde residiría un pequeño contingente de fideles armados al servicio del señor local. A veces, a estos asentamientos se les llama turris, es decir, torre. Esto ya nos muestra cuál será el elemento más característico del castillo: la torre.
Los primeros castillos peninsulares se construyeron entre los siglos IX y XI. Se popularizaron primero en la Marca Hispánica (los condados catalanes y Aragón), por la vinculación de estas regiones con el Imperio carolingio.
Estos castillos primitivos se situaban sobre colinas o altozanos.
Consistían en un único recinto amurallado, sin torres de flanqueo. La muralla era de mampostería o, en ocasiones, construida por simple acumulación de tierra. En el centro del recinto se encontraba una torre, normalmente de planta circular. Con frecuencia se reutilizaban las localizaciones de antiguos castros de época prerromana. Si el terreno no era excesivamente rocoso, la muralla podía contar con la protección adicional de un foso y, en ocasiones, la torre central se construía sobre una mota, un montículo de tierra artificial.
El primer castillo de Burgos, mandado edificar por el conde Diego Rodríguez en el 884, sería de estas características, así como aquellos que dieron nombre a su condado de Castilla.
Más adelante, proliferaron los castillos de roquedo, construidos sobre peñascos o cerros de difícil acceso. Estos castillos resultaban inaccesibles y tenían una gran visibilidad y control del entorno circundante. Suelen ser de planta irregular, adaptada al relieve, con poca simetría. Con frecuencia son de construcción pobre, ya que se levantaban, por la dificultad de acceso, con recursos y mano de obra local. Hay notables excepciones a esta regla, como el magnífico castillo de Loarre.
Vista del castillo de Loarre en un dibujo de Isidro Gil
Estos castillos los encontramos principalmente en las zonas fronterizas con Al-Ándalus, en Castilla-La Mancha (como el castillo de Salvatierra, en Ciudad Real), o en la frontera entre Aragón y Castilla (como el castillo de Ciria, en Soria).
Con la llegada de la Baja Edad Media y la disminución de la amenaza musulmana, encontramos un nuevo tipo de castillo: el castillo de llano. En ellos, la función residencial cobra mayor importancia. Reflejan también el auge de la alta nobleza tras el triunfo de Enrique de Trastámara en la guerra civil castellana. Estos castillos se sitúan cerca de villas y ciudades, sobre las que los nobles quieren ejercer su control.
Los problemas defensivos de estas nuevas localizaciones son compensados con fosos, barbacanas y robustas torres. La planta del castillo suele ser regular: cuadrada o poligonal.
La llegada de la artillería hace que estos castillos se rodeen de muros bajos y gruesos, con un fuerte ensanchamiento en su base llamado alambor. El foso se amplía y, con frecuencia, se ve precedido de un terraplén que pararía las balas de los cañones. Ejemplos de este tipo de castillo son el de La Mota, en Medina del Campo, o el de Coca, en Segovia.
En paralelo, otros castillos comienzan a abandonar la función militar para convertirse en palacios de apariencia castral. Las delgadas saeteras se sustituyen por amplias ventanas, y las almenas y matacanes buscan más la estética que la funcionalidad. El castillo de Belmonte, en Cuenca, edificado por el marqués de Villena, o el de Manzanares el Real, de la familia Mendoza, pertenecen a este tipo de castillo-palacio.
Así, en el siglo XV, los castillos se ven sustituidos por los fuertes de estrella (o de traza italiana) en lo militar y por los palacios en lo residencial. Acaba el protagonismo de una edificación que definió más de quinientos años de historia.