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Decembristas en la Plaza del Senado

Decembristas en la Plaza del Senado

La revuelta decembrista: cuando Rusia quiso derrocar al zar después de derrotar a Napoleón

En la madrugada del 26 de diciembre, tres oficiales de la guarnición de San Petersburgo —Muraviov, Obolenski y el príncipe Trubetskoy— movilizaron 3.000 soldados hacia la plaza del Senado de la capital rusa

El triunfo en la guerra contra Napoleón permitió a Rusia ocupar una posición muy influyente en el concierto europeo. Quedó demostrada la potencia de la nación eslava y su presencia decisiva en el concierto europeo. El emperador Alejandro I brilló en el Congreso de Viena a la altura de Metternich y Wellington. Entre todos, determinaron el nuevo mapa de Europa, del que Rusia sería uno de los árbitros inapelables.

Los aristocráticos oficiales que dirigieron las tropas rusas en las terribles campañas contra la Francia revolucionaria habían regresado transformados por la experiencia. Para llegar vencedores hasta París, habían atravesado toda Europa. Habían conocido en primera persona las ciudades y campiñas de las zonas más desarrolladas del mundo. Pudieron comparar con lo que tenían en casa, y la comparación no les había gustado.

Estaban encantados por lo que habían conseguido y orgullosos de la nueva grandeza de Rusia, pero les avergonzaban las carencias interiores de su gran país. La existencia de la servidumbre, el arcaísmo de las instituciones públicas y el cerrado absolutismo de la monarquía les parecían incompatibles con el progreso que juzgaban imprescindible. La devoción por el zar Alejandro y la moderación del soberano en el tratamiento de las nuevas posesiones del imperio, como Polonia y Finlandia, les había hecho confiar en que la modernización se extendiera. Quedaron defraudados.

La sublevación del 14 de diciembre de 1825 en la plaza del Senado de San Petersburgo. Cuadro de Georg Wilhelm Timm

La sublevación de diciembre de 1825 en la plaza del Senado de San Petersburgo. Cuadro de Georg Wilhelm Timm

Los contactos con los extranjeros, que proliferaron en la época, rápidamente se transformaron en inquietos conciliábulos proclives a la agitación política. Hubo aquí cierta presencia española. El gran ingeniero Agustín de Bethencourt fue nombrado director de Vías y Caminos del Imperio y de la Academia de Ingenieros de San Petersburgo. Entre los técnicos y militares españoles que le acompañaron se encontraba Juan Van Halen, prototipo de conspirador liberal del XIX.

Nombrado oficial de caballería por el zar, participó con distinción en las campañas del Cáucaso, donde entabló contacto con varios brillantes oficiales del ejército zarista, sobre todo con Muraviov, futuro dirigente de la revuelta decembrista. Con ellos y con varios españoles del círculo de Bethencourt, organizó la logia masónica «Asturias» y participó en las reuniones de la sociedad secreta Unión de Salvación, de carácter revolucionario.

Su expulsión de Rusia interrumpió estos contactos, pero la semilla ya estaba echada y el movimiento conspirativo siguió creciendo en años sucesivos. La Unión de Salvación se dividió en dos sociedades antagónicas, pero sus tentáculos se habían extendido por todo el ejército.

La prematura muerte del zar Alejandro el 1 de diciembre de 1825 disparó los acontecimientos. El heredero debería haber sido el hermano mayor sobreviviente, el gran duque Constantino, de convicciones liberales, entonces virrey de Polonia. Pero había renunciado a sus derechos al casarse con una aristócrata católica polaca, aunque su renuncia se había mantenido en secreto. Por ello, fue inicialmente proclamado zar. Constantino se negó a aceptar la corona, que pasó a su hermano menor, el gran duque Nicolás, menos brillante que sus hermanos y ferviente absolutista.

Esto decidió a los conspiradores a actuar sin demora para aprovechar el vacío de poder dando un golpe de Estado. En la madrugada del 26 de diciembre, tres oficiales de la guarnición de San Petersburgo —Muraviov, Obolenski y el príncipe Trubetskoy— movilizaron 3.000 soldados hacia la plaza del Senado de la capital rusa. Formados junto a la estatua de Pedro el Grande, juraron fidelidad a Constantino, proclamándolo como nuevo zar.

Para conseguir el apoyo de sus hombres, tuvieron que acusar falsamente de usurpador a Nicolás I. La defección de Trubetskoy, que no acudió finalmente a la plaza del Senado, generó indecisión entre los sublevados. Permanecieron inactivos durante varias horas, sin ocupar edificios gubernamentales ni neutralizar a los oficiales opuestos a la rebelión.

El retraso dio tiempo a reaccionar a Nicolás I, que concentró en la plaza 9.000 efectivos de tropas leales e intimó a la rendición de los rebeldes. Tras varias horas de incertidumbre, el conde Milorádovich, un apreciado veterano de las guerras napoleónicas, intentó hablar directamente a las tropas, pero uno de los oficiales sublevados le mató de un tiro. Nicolás I ordenó entonces cargar a su caballería, que fue inicialmente rechazada. Finalmente, varias baterías de artillería ametrallaron a los sublevados, que emprendieron la huida.

La consternación se extendió entre las autoridades al comprobarse que la mayoría de los rebeldes eran de familias nobles, algunos de ellos de la más rancia aristocracia zarista. Quizás este factor contribuyese a que la represión no fuese todo lo virulenta que hubiera podido esperarse. Solo hubo tres ejecuciones, aunque los demás culpables tuvieron que afrontar un durísimo exilio en las profundidades siberianas. Así terminó un episodio que, de haber triunfado, hubiese cambiado la historia de Rusia y con ella la de toda Europa. No volvió a hablarse de reformar el arcaico absolutismo hasta la tardía revolución de 1906.

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