Requete en desfile, 1937
Los carlistas frente al nazismo: así defendieron la neutralidad de España en la Segunda Guerra Mundial
Frente a la neutralidad benevolente con Alemania del gobierno franquista, la elite política carlista defendió una posición estrictamente imparcial
La invasión alemana de Polonia —un país católico—, entre el 1 y el 28 de septiembre de 1939, demostró a los carlistas hasta qué punto resultaba necesario no mezclarse con el nazismo. Hitler no dudó en repartirse el territorio polaco con la Unión Soviética, es decir, con el enemigo comunista, ante el asombro de todo el mundo. El Gobierno español se dividió entre los admiradores falangistas del III Reich y los partidarios de la neutralidad, entre los cuales se encontraban el ministro de Asuntos Exteriores, Juan Beigbeder, que intentó coordinarse con una serie de países neutrales para evitar la extensión del conflicto, y el ministro del Ejército, general José Enrique Varela.
Al año siguiente, se divulgó el manifiesto Tres capitanes del requeté, en el cual, afirmando la ortodoxia tradicionalista, se rechazó abiertamente el totalitarismo, donde, tras un líder vacío de contenido, no había nada salvo masas encuadradas en organizaciones de tipo militar, ausentes de derechos y del concepto de ser humano.
El nazismo exaltaba fuerzas sobreexcitadas por la desesperación y se negaba cualquier vínculo con el pasado, es decir, con la tradición, algo fundamental para los carlistas. El 28 de mayo —cuando Bélgica capitulaba ante el avance alemán—, los servicios de información de FET denunciaron la colocación de pasquines con las aspas carlistas donde destacaba la palabra «Neutralidad».
Un mes más tarde, la Asociación de Estudiantes Tradicionalistas difundió otros pasquines con el texto «España totalmente neutral» en Castellón, mientras la jefatura provincial de FET de Cuenca denunciaba las maniobras aliadófilas de los tradicionalistas, protegidos por algunas autoridades provinciales.
Los periódicos carlistas también intentaron, dentro de sus limitaciones marcadas por la censura y el control gubernamental de los medios de comunicación, mantener posiciones contrarias frente al Eje, como la madrileña revista Misión y el diario El Pensamiento Navarro. Años más tarde, el primero publicaría en ese periódico que, por su posición más antitotalitaria que proaliada, sufrieron advertencias, amenazas y desconsideraciones de los primeros directores generales de prensa.
Uno de ellos les obligó a publicar, en repetidas ocasiones, el discurso antibritánico del tribuno tradicionalista Vázquez de Mella, pronunciado el 31 de mayo de 1915 en el Teatro de la Zarzuela de Madrid. Celso Torreo, uno de los redactores del periódico carlista, llegó a recibir amenazas de muerte por mantener la tesis de que Alemania no ganaría finalmente la guerra, en plena época de sus victorias frente a los franceses.
Mientras tanto, el regente Javier de Borbón había decidido incorporarse a la lucha contra Alemania, realizando gestiones entre el rey Leopoldo III de Bélgica y el presidente francés Paul Reynaud. Por su parte, su hermano, el príncipe don Renato de Borbón Parma, se presentó voluntario para combatir en el ejército finlandés contra los soviéticos, durante el conflicto que estalló entre estas dos naciones en noviembre de 1939. Como consecuencia de esa invasión rusa, la Unión Soviética fue expulsada de la Sociedad de Naciones y se realizaron preparativos militares franco-británicos para acudir en ayuda de los fineses, que fueron impedidos por el armisticio temprano del 15 de marzo de 1940.
Los falangistas contraatacaron acusando a los carlistas de ser servidores de los británicos, que les prometían la restauración de la Monarquía y, a los perdedores de la guerra civil, una amplia amnistía. Les acusaron de ser desleales, arribistas y eternos descontentos, que se entregaban en brazos de las promesas aliadas. Las denuncias de falangistas contra carlistas se sucedieron en ciudades como Bilbao, Sevilla, Granada y Barcelona durante ese año. Admiradores de la victoriosa Alemania, habían visto cómo uno de sus puntales en el Gobierno, el falangista general Yagüe, había sido cesado por Franco el 27 de junio.
A comienzos de 1941, el regente se puso en contacto con la Junta Nacional, indicándoles que la presencia alemana en Francia suponía un constante peligro de invasión de España, lo que agravaba su situación, expectante ante la posibilidad de una entrada en el conflicto. Por ello, siguiendo el ejemplo de los monarcas carlistas y de la historia de la Comunión en casos semejantes, aconsejó que los carlistas mantuvieran la unión de todos los españoles en un claro deseo de neutralidad, cooperando a su mantenimiento con todos sus medios.
Por esas mismas fechas, informes políticos de FET de Castellón y Mallorca denunciaban manifestaciones públicas abiertamente proaliadas entre aristócratas, centros religiosos, espacios ligados a la alta industria y al comercio, además de carlistas e izquierdistas. Igualmente, autoridades falangistas denunciaron la existencia de armas en algunas casas de requetés, temiendo —a la vista de los informes— que se reorganizaran de nuevo en sus tercios. Mientras tanto, el 20 de enero, Berlín transmitió un ultimátum de 48 horas a Madrid para que España entrara en la guerra.
Una semana más tarde, Franco respondió rechazándolo, lo cual no impidió que en marzo los submarinos alemanes se aprovisionaran en puertos españoles. Había que ceder en cuestiones secundarias, pero sin entrar en la guerra. Un informe del general Martínez Campos, jefe de Estado Mayor del Ejército, había alertado a sus superiores, el 8 de diciembre de 1940, de que las fuerzas armadas españolas no estaban preparadas, no solo para entrar en la guerra europea, sino para defender el propio territorio nacional de una invasión, «fuera la que fuera», es decir, británica o alemana.