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Los murales de Diego Rivera han ilustrado para la historia del Arte, la leyenda negra de España en América

De los panfletos protestantes al relato 'woke': así ha evolucionado la Leyenda Negra antiespañola

Desde las primeras críticas en el siglo XV hasta las reinterpretaciones contemporáneas, este mito ha sido un espejo deformante que proyecta sobre España los prejuicios del momento

Un rasgo sorprendente de la Leyenda Negra es que nunca pasa de moda. Parece imposible que un relato propagandístico armado en el siglo XVI siga siendo hoy objeto de debate público, siga apareciendo en libros, series y películas o incluso marcando las políticas de gobiernos a ambos lados del Atlántico. La explicación está en que la llamada «Leyenda Negra» no es un bloque monolítico, sino un relato que se ha transformado a lo largo de cinco siglos, adaptándose a los intereses y sensibilidades de cada época. Desde las primeras críticas en el siglo XV hasta las reinterpretaciones contemporáneas, este mito ha sido un espejo deformante que proyecta sobre España los prejuicios del momento.

Por eso, sería más correcto realmente hablar de varias «leyendas negras», que se han ido sucediendo en el tiempo a base de reinventar y reciclar tópicos de las anteriores, añadiendo algunos nuevos según el pulso del momento.

La leyenda negra primitiva surge en Europa, especialmente en Italia, a finales del siglo XV y principios del XVI. España acaba de ser unificada bajo los Reyes Católicos y se ha convertido rápidamente en una potencia europea de primer orden, capaz de derrotar a Francia y enseñorearse de la península italiana. Es entre los primeros humanistas de esta Italia del Renacimiento donde empezamos a ver por primera vez las bases de un relato antiespañol. Los tópicos que caracterizan a esta leyenda negra en ciernes son las acusaciones de crueldad, soberbia y avaricia sin medida como rasgos intrínsecos del carácter español.

La leyenda negra de apogeo surge en la segunda mitad del siglo XVI, coincidiendo con el mayor esplendor del Imperio español en el reinado de Felipe II. El foco aquí está en Holanda, al calor de la revuelta de Guillermo de Orange contra la soberanía española, y se extenderá rápidamente a la Inglaterra de Isabel I. A las acusaciones de crueldad y avaricia se añaden dos nuevos tópicos que van a ser esenciales.

Primero, el del fanatismo, que presenta a España como un país oscuro e irracionalmente católico, dominado por la todopoderosa Inquisición. En una Europa dividida por la Reforma, España se convierte en el epítome de todas las maldades del catolicismo a ojos de la prensa holandesa e inglesa. En segundo lugar, se añade otro elemento clave, que es el relato de la opresión de los indios en América.

España era el mayor imperio del mundo en el momento, pero sus enemigos aprovecharán para presentarlo como un imperio tiránico, manipulando denuncias como la de Bartolomé de las Casas. Con la aparición de estos dos elementos, el anticatolicismo y la opresión de América, se consolida oficialmente el relato clásico de la leyenda negra y alcanza su máxima virulencia a través de panfletos, grabados y crónicas.

A partir de la segunda mitad del siglo XVII podemos ver ya una leyenda negra de la decadencia. Cuando el poder español comenzó a declinar, el mito se adaptó: ya no se trataba de un imperio temible, sino de una nación atrasada y perezosa. Los prejuicios anticatólicos se usaron para explicar cómo el fanatismo había impedido el progreso de las ciencias, mientras que los fantasiosos relatos de opresión en América ponían el foco en la poca productividad de la América española frente a las riquísimas colonias de esclavos de otras potencias.

Durante el siglo XVIII, los ilustrados franceses consolidaron esta visión: España ya no representaba la antítesis de la Reforma protestante, sino del proyecto racionalista de la Ilustración.

Después de las atrocidades de la Revolución francesa y la guerra de Independencia contra Napoleón, en la España del siglo XIX surge lo que podemos llamar la leyenda negra del Romanticismo. Los autores románticos decimonónicos reinterpretaron los tópicos con tintes literarios, presentando una España exótica, pasional y atrasada.

En una Europa burguesa, moderna y racional, que progresaba rápidamente en las ciencias y la industria pero que tanto aburría a los románticos, España parecía una imagen congelada de un pasado medieval, con tintes orientales. Autores como Washington Irving, con Cuentos de la Alhambra, o Bizet, con Carmen, consolidaron un retrato de España más africana que europea, poblada por figuras apasionadas y violentas: gitanos, bandoleros y toreros.

La idea de la España exótica y violenta se prolongó hasta la Guerra Civil española. Sin embargo, los grandes progresos del desarrollismo franquista acabaron por diluir en gran medida el tópico. Pero la Leyenda Negra no desapareció, sino que se reinventó de nuevo para adaptarse a las nuevas sensibilidades progresistas imperantes desde la segunda mitad del siglo XX.

Los viejos tópicos se reinterpretaron al calor del discurso anticolonial, y España se presentó como una pionera del imperialismo racista europeo. Los movimientos de izquierda hispanoamericanos adoptaron el indigenismo, demonizando todo el legado español y tildándolo de genocida. El discurso anticatólico reaparece para dibujar una España perseguidora de minorías, opuesta por completo al ideal de sociedad diversa e inclusiva.

La historia española sería una sucesión de opresiones que desemboca naturalmente en el franquismo. Nos adentramos así en la última reinterpretación del relato, todavía en vigor en pleno siglo XXI, y que podríamos llamar la 'leyenda negra woke'.

Tras cinco siglos, la Leyenda Negra no ha muerto porque nunca fue solo historia: es un relato útil, adaptable y emocional. Sirvió para justificar guerras, reforzar ideologías y hoy alimenta debates sobre memoria y colonialismo. Frente a ello, la respuesta no es negar errores, sino exigir rigor y contexto.