Grandes gestas españolas
La gesta epistolar: las cartas de los Requetés en la guerra civil
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En el siglo XXI, la División Azul ha sido el capítulo bélico más estudiado en la historiografía española con publicaciones que destacan por su rigor y calidad. En el segundo, la Guerra Civil, la politización ha primado sobre el análisis científico y la mayoría de las obras exhiben una calidad desigual y rara vez abordan aspectos sociológicos con hondura. La historia epistolar, o lo que es lo mismo, el estudio de las cartas ha sido una disciplina marginal, pese a ser una fuente de primer orden para comprender la experiencia íntima de esta contienda.
La historia epistolar
En tiempos de guerra, las cartas que se escribían desde el frente eran mucho más que un vehículo de noticias. Constituyeron, sobre todo, un desahogo, un hilo afectivo que mantenía unido al combatiente con la retaguardia. En la intimidad del papel, miles de hombres y mujeres recogieron sin filtros sus vivencias y emociones más profundas: inquietudes, miedos, ilusiones y esperanzas. Lo escrito, nacido de la incertidumbre de no saber si se volverá y con la libertad de quien cree que jamás será leído por otros, les confiere una autenticidad extrema.
Carta de Josefina Muru a Mateo Arbeloa, el 3 de diciembre de 1936.
Pero estudiar la correspondencia histórica conlleva dificultades. No es fácil hallar legados epistolares que posean calidad e interés, y las familias depositarias no suelen permitir su difusión al considerar que pertenecen a la esfera más privada, a ese territorio sagrado donde se guardan los afectos y las heridas.
Una correspondencia valiosa
Cuando estalló la sublevación de Julio del 36 Mateo Arbeloa y Josefina Muru era un joven matrimonio de un pequeño pueblo navarro dedicado a la labranza. Hacía apenas unos meses con gran ilusión habían sido padres de su primer hijo. Aún así, fiel a sus convicciones, Mateo decidió alistarse voluntario en un tercio carlista. Entre julio de 1936 y abril de 1937, él le escribió 76 cartas, cumpliendo su promesa de hacerlo cada cuatro días; ella, 24. En total intercambiaron un centenar.
Mateo Arbeloa y Josefina Muru, de novios, en 1933.
Mateo acabó muriendo en el frente de un disparo en el pecho, y en los años siguientes, Josefina volcó todas sus fuerzas en sacar adelante a su hijo Manolín en circunstancias durísimas. Con tesón y una fe inquebrantable, lo consiguió: aquel niño llegó a ser un hombre muy destacado tanto en el ámbito civil como en el eclesiástico.
Desde pequeño, Manolín creció rodeado del recuerdo perenne de su padre. Su madre nunca olvidaba colocar flores frescas junto al retrato de Mateo. Cada año, releía —sin que él lo supiera entonces— sus últimas cartas, reviviendo dolorosamente lo que le narraba. A veces lloraba; otras, rezaba en silencio con las cartas entre las manos. Josefina había expresado su deseo de que, si fallecía sin testar, se le entregaran a su hijo como ejemplo y memoria de un padre y esposo amante de Dios y de la Patria.
Foto de «Manolín» enviada al frente a su padre, Mateo Arbeloa.
Poco antes de morir, fue ella misma quien habló a Manolín de la existencia de esas cartas guardadas en una caja de cartón. En la tapa podía leerse:
«Cartas de Mateo Arbeloa a su esposa Josefina Muru desde el mes de julio hasta el mes de abril en que murió por Dios y por España. Gloria a los requetés de corazón grande y generoso para con Dios y la Patria.»
Las últimas cartas del requeté, de Pablo Larraz y Pilar Sáez de Albéniz Arregui
Gracias al esmerado cuidado de Josefina, el legado epistolar se había conservado casi íntegro, sin apenas huellas de sus lágrimas y las erosiones de las lluvias del frente.
Las últimas cartas del requeté, de Pablo Larraz y Pilar Sáez de Albéniz Arregui
La amistad de Manolín, ya llamado Víctor Manuel, con el investigador del carlismo Pablo Larraz —autor de la magna obra Requetés y La cámara en el macuto— permitió que este accediera a las cartas. La historia de Mateo y Josefina no era excepcional en el contexto bélico, ni más trágica que tantas otras, pero resultó ser una completa y reveladora historia epistolar, espejo fiel de lo vivido por miles de familias. Además para Larraz su visión femenina de la retaguardia rebelde, era especialmente valiosa, pues la bibliografía apenas había abordado este ámbito y la mirada de Josefina aportaba matices esenciales: la soledad, el miedo, la responsabilidad doméstica, la religiosidad cotidiana y la espera angustiosa.
Larraz junto a Pilar Sáez de Albéniz, ordenaron las cartas, reconstruyeron el itinerario geográfico y las contextualizaron realizando un análisis poliédrico de lo que sería una de las correspondencias más completas de la guerra civil: Las últimas cartas del requeté, una obra que pronto se convirtió en referencia y fuente imprescindible para comprender el carlismo en los convulsos años de la II República y la Guerra Civil.
Voluntarios carlistas leyendo cartas de sus familias en el frente de Vizcaya.
Las motivaciones carlistas de la guerra
A los tercios de requetés se los denominó «Los últimos cruzados» porque su principal motivación fue el defender sus profundas creencias religiosas salvajemente agredidas. Dios, Patria, Fueros y Rey habían sido las consignas entre las que habían nacido. Por ellas habían luchado sus abuelos y los padres de sus abuelos, de modo que afrontar esta nueva confrontación suponía un deber moral, casi ancestral, como lo había sido combatir en las tres guerras carlistas del siglo anterior. El golpe de Estado izquierdista de 1934 lo vivieron con enorme inquietud y las milicias carlistas comenzaron a organizarse con más voluntad que medios para el inevitable enfrentamiento de lo que sería su cuarta guerra carlista una prolongación natural de la defensa de un orden social y religioso amenazado desde 1931 y cuya virulencia había ido in crescendo. Su preparación era rudimentaria, pero el compromiso ideológico, férreo.
Cuando estalló la guerra, el carlismo movilizó 60.000 voluntarios, de los que 6.000 no regresarían jamás. Su disciplina y su espíritu de sacrificio resultaron determinantes en los primeros compases del conflicto. Su moral de combate era extraordinariamente alta y con el tiempo, aunque se integraron en unidades regulares, mantuvieron su identidad. Mateo se pertenecía al Tercio de Navarra y su correspondencia se transformará en una ventana privilegiada para entender la causa carlista. Porque no solo posee el valor de una historia de amor escrita entre balas y ausencias: constituye también un valioso retrato sociológico de la sociedad rural, católica y tradicional que se alzó en armas contra el gobierno del Frente Popular.
Trinchera requeté
Mañeru, y la defensa de un tipo de vida
Mañeru, de donde eran oriundos Josefina y Mateo, podría haber sido cualquier otra localidad del norte, un ejemplo paradigmático de la gran aportación de requetés voluntarios a la sublevación. Un fenómeno solo comprensible analizando el impacto que en aquellas poblaciones de arraigado catolicismo tuvieron las quemas de iglesias, la persecución del clero y la supresión de prácticas religiosas cotidianas, percibidas como una agresión directa a su identidad más íntima.
Mateo y Josefina no pertenecían a linajes aristocráticos navarros, ni a la alta burguesía. Eran labradores humildes, con varios familiares religiosos, y vivían con dolor la deriva anticlerical de la República. Por ello participaban, como la práctica totalidad de sus vecinos, en la oposición contra las medidas gubernamentales. Josefina asistía a mítines carlistas en Navarra y Mateo participaba en concentraciones de afirmación religiosa y tradicionalista. Ambos compartían una visión del mundo en la que la fe, la familia y la tradición eran pilares irrenunciables. Su correspondencia, por tanto, no solo narra una guerra: narra la defensa de un modo de vida.
Voluntarios carlistas de Mañeru y Cirauqui partiendo al frente, el 19 de julio de 1936.
Desarrollo cronológico de las cartas
Las cartas comienzan el mismo día de la sublevación, como tantas que debieron de escribirse ese día. Aquel amanecer convulso partían hacia Pamplona para auxiliar a las fuerzas rebeldes grupos de voluntarios carlistas, hombres de edades dispares, abuelos y nietos. Creían que su aventura duraría apenas unos días y volverían «para la siega», decían confiados. No imaginaban que se convertiría en un largo y doloroso itinerario bélico.
Las primeras misivas transmiten el entusiasmo inicial: el recibimiento triunfal de la población donostiarra, el ambiente en la capital y la esperanza de un rápido desenlace. Pero, poco a poco, van dejando entrever la cruda realidad de una guerra que ya mostraba su verdadero rostro: los rigores de la vida de campaña, la incomodidad permanente y, sobre todo, la incertidumbre vital.
«Estamos quietos, porque de Rentería nos atacan mucho con cañones y demás. Ya podéis rezar, porque aquí está más duro para entrar, y las balas nos silban bastante. Estamos muy contentos, y aunque el rancho es escaso, nos consolamos unos con otros. Ya que no podemos oír misa, rezamos el rosario una o dos veces al día», cuenta Mateo
Desde el frente, los combatientes van solicitando noticias de la retaguardia: la marcha de las labores agrícolas, el ambiente en el pueblo, la economía familiar… pero, sobre todo, preguntan por sus hijos «Ya no me conocerá a mi regreso», lamenta Mateo. Y Josefina responde «Mi pobre Manolín, que está hecho un sol. Lástima que no te va a conocer, con las veces que te llama papá. A mí se me parte el corazón cuando se despierta de noche y empieza: mamá, papá».
Son especialmente emotivas las emitidas en fechas señaladas Mi amadísimo hijico: con la mayor alegría y tristeza al mismo tiempo, y desde estas montañas regadas de metralla enemiga, te envío esta postal para recuerdo de tu padre durante la guerra al cumplirse tu primer año de vida».
Con la llegada del llamado «parón del Norte», la guerra será menos cruenta, pero marcada por el padecimiento físico y un enorme desgaste psicológico: frío, lluvia incesante, barro, piojos, hacinamiento y la proximidad constante del enemigo. Aún así, emerge en las cartas una fe recia, confiada, casi mística
«Pide por mi valor, resignación y conformidad en todo cuanto toca sufrir. Que se haga la voluntad de Dios y no nuestros caprichos». A lo que ella contesta: «Sabes que no cae ni una hoja del árbol sin la voluntad de Dios. Y aunque os silben las balas por todos lados, si Él no ha decretado tu muerte ahora, nada temas».
Fe. Obra juvenil de Ferrer-Dalmau
Los compañeros caídos, la dureza extrema de la campaña y la ausencia de permisos agudizan en los combatientes su añoranza del hogar. En ocasiones, aflora el desánimo, pero acaba imponiéndose la disciplina. La espiritualidad impregna cada línea plasmando su profunda fe y confianza en Dios.
«¡Ay mi vida! Ya vais saliendo de muchos trances y peligros. ¿Será así en adelante? Se oían perfectamente los cañonazos. Estábamos con el alma en un hilo, temblando, y no dejamos un momento de rezar, pedir y suplicar por vosotros».- narra Josefina.
A pesar del drama de la guerra, en las cartas nunca se constata el odio. Un humanismo que distinguió especialmente a los carlistas de otros combatientes del bando sublevado, precisamente por su férreo catolicismo: «A mí también me causan muchísima pena toda esa infinidad de almas de hermanos vuestros - dice Josefina refiriéndose a los enemigos. Incluso invita a Mateo a rezar por ellos en una historia de amor imbuida de idealismo, sacrificio y generosidad.
En abril de 1937, el Tercio Navarra combate en las batallas más virulentas de la guerra en el norte... marchas agotadoras y rápidos avances, superioridad aérea y artillera desconocida. Las cartas muestran la impresión por la crudeza de los combates, cómo se multiplican las bajas y surge con más fuerza que nunca el miedo a la muerte en los soldados y la angustia en la retaguardia.
El dilema y la gesta epistolar
Y en un momento dado, aflora el dilema: ser licenciado y volver a casa, o permanecer en el frente. Mateo escribe «Josefina: hago aquí más falta que en otras ocasiones. Dios me detiene”.
Y se reafirmó en su decisión de seguir combatiendo y poco después, caía mortalmente herido por un balazo en el pecho. ¿Si hubiera regresado hubiera salvado su vida? Nadie lo sabe, pero él sí sabía que «ante Dios no sería un héroe anónimo» como dictan las ordenanzas del Requeté. En el bolsillo de su camisa llevaba, como siempre, las dos últimas cartas de Josefina y la foto de su pequeño Manolín. Independientemente del bando en el que luchaban, conservar cartas y fotografías junto al corazón era una constante universal, un fenómeno que transita hacia lo etnográfico y lo espiritual.
Esquela de Mateo Arbeloa
Y en el caso de las cartas de los requetés, las de Mateo y Josefina como tantas otras, transmutan en una gesta epistolar pues constituyen un testimonio extraordinario de amor, amor Dios, a la causa carlista y, sobre todo a una España que existía, que no estaba dispuesta a morir y que por derecho propio también es Memoria Histórica.