Fundado en 1910

Isla de Fernando Poo, actual Malabo

La ciudad que España convirtió en capital de Guinea Ecuatorial deja de serlo casi dos siglos después

Tras el viaje de Carlos Chacón en 1858, Santa Isabel aparece ya como capital del territorio en el Estatuto Orgánico de 13 de diciembre de aquel año, la ley constitucional de la colonia

En España no se suele prestar atención a las noticias sobre África. Por eso ha pasado casi desapercibido el cambio de la vieja capital de Guinea Ecuatorial a una ciudad de nueva construcción, diseñada en el vacío de la selva continental, que tiene efectos oficiales desde el 2 de enero de este año y que se llama Ciudad de la Paz, en la nueva provincia de Djibloho. Más de una década llevan construyendo edificios que, al principio vacíos, le daban un aire de ciudad fantasma. Se abandonaba así, casi dos siglos después de su fundación, la capitalidad en Malabo. Como tiene una relación histórica con España, puede ser interesante recordar la historia de esta ciudad.

Los españoles llegaron a tomar posesión de la isla de Fernando Poo (hoy Bioko) desde Montevideo en 1778. Por lógica, viniendo desde el oeste, arribaron al este de ese territorio, cerca de la ciudad de Luba (San Carlos en la etapa española). No les gustó la ubicación y, circunnavegando la isla, llegaron al lugar opuesto: una pequeña bahía que llamaron Concepción (hoy Riabba). Las enfermedades, la incomprensión de la misión y la falta de medios e instrucciones claras hicieron que los españoles abandonaran las posesiones recién adquiridas. Tenían la encomienda de fundar un establecimiento permanente, pero no lo hicieron.

Clarence

Pasaron cincuenta años de abandono hispano. En 1827, el capitán británico Owen, que andaba cartografiando el continente africano, en el que su nación apenas tenía presencia todavía, recibió la orden de fundar una colonia en Fernando Poo, creyendo que la isla no tenía dueño. En aquella época, a los africanos no se les consideraba dueños de Estados. Los británicos necesitaban bases para aprovisionar los barcos en ruta al cabo de Buena Esperanza y a la India. Owen, un personaje novelesco, examinó la isla y rechazó la opción de Luba, donde recalaban los barcos dedicados al comercio de aceite de palma, para preferir la caldera volcánica del norte, de aguas más tranquilas.

Ilustración de Port Clarence en 1840

Era el mes de octubre cuando desembarcó, parlamentó con los jefes bubis para comprarles una milla cuadrada (que luego fue mucho más) por dos barras de hierro y promesas de otros bienes futuros. Desbrozó un camino y desboscó la meseta dominante. Le acompañaban nativos de otros lugares de África. Lo primero que hizo fue montar un mercado, a cuyo alrededor nacería la ciudad que llamó Clarence. Allí se abastecerían de productos locales y venderían telas, herramientas y licores. Tenía que establecer una base de la Royal Navy para la represión de la trata de esclavos y un tribunal mixto hispano-británico para juzgar a los apresados. No parece que esto se cumpliera.

Owen trató de erigir una ciudad ordenada y bien gobernada. Le pudieron la escasez, la fiebre amarilla y la ausencia de presas, que era su misión. El resumen lo escribe el padre Martín del Molino en La ciudad de Clarence (Madrid-Malabo, 1993): «Cuando volvió a Inglaterra, de los 160 oficiales y tropa que formaron la expedición, habían muerto 110; solo 50 habían sobrevivido en la operación inglesa de la fundación de Clarence».

Santa Isabel

Clarence se debatió entre la ignorancia española por sus posesiones y el dominio informal británico. Entre 1832 y 1835, los ingleses fueron abandonando la ciudad, dejándola al cuidado de unos administradores provisionales al servicio de compañías mercantiles. Había prosperidad, y el comercio lícito e ilícito atrajo a aventureros, pioneros, libertos, africanos que buscaban los beneficios de una nueva situación y misioneros. Vista la inutilidad para el Gobierno español, hubo un proyecto de venta de la isla a Gran Bretaña y, gracias a la reacción contraria de la opinión pública, se decidió tomar posesión efectiva y crear una colonia española.

Fue el marino Juan José Lerena el encargado de cambiar el estado de cosas, establecer una administración netamente española y dejar una población, civil y militar, para que las posesiones se convirtieran realmente en españolas. El 6 de marzo de 1843 dictó un bando que se puede considerar la primera ley colonial específica para Guinea. Reforzó la soberanía de la reina Isabel II en nombre de la nación, creó un consejo de gobierno y estableció reglas de gobierno y administración. Lerena, el primero de la presencia española permanente, fue quien cambió el nombre de la ciudad a Santa Isabel.

Por falta de medios, no pudo continuar su labor, dejó un gobernador inglés que actuaría en nombre de España y regresó. Hubo que esperar hasta la segunda expedición estatal, al mando del capitán de fragata Guillermo Manterola, en 1845, para que se pusieran nombres españoles al resto de los topónimos guineanos. Y, tras el viaje de Carlos Chacón en 1858, Santa Isabel aparece ya como capital del territorio en el Estatuto Orgánico de 13 de diciembre de aquel año, la ley constitucional de la colonia.

Aquella ciudad de casas de madera, con pocos edificios en mampostería, fue creciendo. Al final de la etapa española era una pequeña población bien cuidada, con algunas muestras de arquitectura colonial, no espectacular pero agradable. Abelardo de Unzueta, en Geografía e historia de la isla de Fernando Poo (Madrid, 1947), dice: «Las calles isabelinas están bien cuidadas en general, asfaltadas y con fuerte abombamiento para escurrir las aguas y lluvias, con fuentes alumbradas y con aceras… Una vida cómoda para el colonial, mejor si la comparamos con la España de posguerra».

Malabo

Con la independencia en octubre de 1968, la ciudad mantuvo el nombre español. La deriva autoritaria y demencial del dictador Francisco Macías Nguema incluyó el cambio de los nombres españoles de lugares. En 1973, la ciudad pasó a llamarse Malabo, en honor al último rey de los bubis, Malabo Lopelo Melaka. La llegada al poder de Teodoro Obiang no alteró estos cambios, por considerarlos más adecuados a la realidad nacional.