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Santa Teresa de Jesús y la princesa de Éboli

El día que santa Teresa se enfrentó a la princesa de Éboli: «¿La princesa monja? Ya doy la casa por deshecha»

Teresa de Jesús llegó a la villa de Pastrana atendiendo la llamada de los príncipes de Éboli, Ruy Gómez de Silva y su esposa Ana, para fundar un convento de carmelitas descalzas

En la España de los Austrias, donde el sol no se ponía, hubo un duelo de titanes que no se libró con espadas ni arcabuces, sino con voluntades. Fue un choque entre dos mujeres de raza, dos fuerzas de la naturaleza que encarnaban las dos caras de aquel imperio: la mística y la política, la virtud heroica y la vanidad desmedida. Hablamos del encuentro —y desencuentro— entre santa Teresa de Jesús, la andariega de Dios, y Ana de Mendoza de la Cerda, la todopoderosa princesa de Éboli.

El choque entre ambas mujeres fue inmediato. La princesa, acostumbrada a que el mundo temblara cuando ella fruncía el ceño, se encontró con una monja mayor, vestida con un hábito remendado, que no se dejaba impresionar por títulos ni blasones. Santa Teresa dejó claro que en la casa de Dios solo manda Él y que los caprichos de la nobleza se quedaban en la puerta de la clausura.

Dos linajes, dos destinos

Para comprender la magnitud del conflicto, es preciso entender quiénes eran estas mujeres antes de que sus caminos se cruzaran en la villa alcarreña. Teresa de Cepeda y Ahumada, nacida en la hidalguía abulense, había renunciado al mundo para reformarlo desde dentro. Pragmática, humilde y de una inteligencia preclara, buscaba en la austeridad del Carmelo Descalzo la vía directa hacia Dios.

Por otro lado, Ana de Mendoza pertenecía a la más alta aristocracia castellana. Era hija de Diego Hurtado de Mendoza, I duque de Francavilla y virrey de Aragón y de María Catalina de Silva y Álvarez de Toledo, a su vez hija de los condes de Cifuentes. Era considerada como una de las damas más hermosas de la corte y en 1557 se casó con Ruy Gómez de Silva, príncipe de Éboli y valido de Felipe II.

Doña Ana lucía un parche en su ojo derecho. Lejos de ocultar esta desgracia física —cuya causa exacta se diluye entre leyendas de juventud o defectos congénitos—, la princesa hizo de aquel parche de seda negra un estandarte de su identidad. No lo portaba como una marca de vergüenza, sino con la altivez de quien convierte la herida en joya. Era el símbolo de una mujer que, al igual que no bajaba la mirada ante el Rey, tampoco pensaba bajarla ante una monja descalza.

Pastrana: el núcleo del conflicto

Corría el año 1569. Teresa de Jesús llegó a la villa de Pastrana atendiendo la llamada de los príncipes de Éboli, Ruy Gómez de Silva y su esposa Ana, para fundar un convento de carmelitas descalzas. Sobre el papel, parecía una bendición: los nobles ponían el dinero y la santa, ponía la regla. Sin embargo, doña Ana de Mendoza no buscaba financiar una obra de Dios; ella quería un escenario donde representar su papel de gran dama piadosa, pero sin someterse a la disciplina que ello implicaba.

Doña Ana, movida por una curiosidad malsana y frívola, se enteró de que santa Teresa había escrito su autobiografía (el célebre Libro de la Vida) por orden de sus confesores. La aristócrata se encaprichó: quería leerlo. Santa Teresa se negó rotundamente, sabiendo que aquellas páginas contenían las intimidades de su alma y sus gracias místicas, materia reservada para directores espirituales, no para cotilleos de corte.

Pero la princesa de Éboli insistió, presionó y utilizó su influencia hasta que la superiora, a regañadientes y para evitar males mayores al convento naciente, cedió el manuscrito. ¿Y qué hizo la princesa? ¿Lo leyó con recogimiento? En absoluto. Lo convirtió en el hazmerreír de sus fiestas palaciegas. Se dedicó a leer pasajes en voz alta ante sus criados y bufones, burlándose de las visiones de la monja, tildándola de alucinada. Fue una traición propia de quien tiene el alma vacía y necesita denigrar la grandeza ajena para sentirse importante.

Una monja con séquito y espada

Pero el verdadero esperpento llegó en 1573. Ruy Gómez de Silva, el marido de la princesa y el único que lograba poner un poco de cordura, murió. Doña Ana, en un arrebato desmedido —muy propio de su carácter inestable—, decidió que el mundo ya no le interesaba y anunció que ingresaría como monja en el convento de Pastrana que ella misma había patrocinado. Santa Teresa, al enterarse, pronunció una frase lapidaria que resume su inteligencia pragmática: «¿La princesa monja? Ya doy la casa por deshecha» y no se equivocaba.

La entrada de doña Ana en el convento fue una farsa grotesca. No entró como una novicia humilde; entró como una reina conquistadora. Se llevó consigo sus armarios, sus joyas, sus doncellas y hasta mandó abrir una puerta privada para comunicarse con su palacio. Se negaba a obedecer a la Priora, exigía que las monjas le sirvieran de rodillas y recibía visitas de la nobleza en el locutorio, rompiendo la clausura y el silencio sagrado del Carmelo.

Mientras que cualquier carmelita se hubiera amilanado ante la princesa, la santa abulense hizo todo lo contrario. Entendió que aquel ambiente tóxico destruiría la vocación de sus hermanas y con una discreción y astucia dignas de un general en campaña, Teresa organizó la «evacuación». En secreto, preparó la salida de todas las monjas de Pastrana. Una noche, amparadas por la oscuridad y el silencio, las carmelitas abandonaron el convento, dejando atrás los muros, el dinero y la protección de doña Ana.

Convento del Carmen (Pastrana)

Cuando la princesa descubrió a la mañana siguiente que el convento estaba vacío, se sintió profundamente humillada. Herida en su orgullo, se vengó de la forma más peligrosa posible en aquella época: denunció a santa Teresa a la Inquisición. Ana de Mendoza entregó el Libro de la Vida al Santo Oficio, acusando a la santa de hereje, de tener visiones demoníacas y de ser una «alumbrada». Esto puso a la monja en un riesgo real de ser encarcelada o ejecutada y aunque la Inquisición analizó el libro y la mantuvo bajo vigilancia durante años, finalmente no encontraron herejía y la santa salió indemne.

La gloria de la humildad

Santa Teresa siguió escribiendo las páginas más importantes de la literatura mística universal y murió en Alba de Tormes con la certeza de ser hija de la Iglesia. Hoy es Doctora de la Iglesia y su legado espiritual sigue vivo en los cinco continentes. La princesa de Éboli, por el contrario, consumida por sus propias intrigas políticas y amorosas acabó sus días encerrada por orden de Felipe II en su propio palacio de Pastrana, acompaña por la última de sus hijas, Ana Gómez de Silva y Hurtado de Mendoza.

La misma mujer que quiso jugar a ser monja sin reglas, terminó viviendo una clausura forzosa y terrible, viendo pasar las horas a través de una reja. En el duelo de Pastrana, venció el hábito a la seda. Y hoy, quinientos años después, cuando se visitan los conventos carmelitas y se respira esa paz sobrenatural, se debe recordar que esa pureza se salvó gracias a que una santa tuvo el coraje de decirle «no» a una princesa que creía que podía mandar hasta en el Cielo.