El último de los 3.000 corredores a cargo de portar la antorcha olímpica desde Grecia enciende la llama olímpica en Berlín para dar inicio a las XI Olimpíadas de verano de 1936
Picotazos de historia
La llama olímpica nació como una idea propagandística del Tercer Reich
La ceremonia del encendido de la antorcha y los relevos fue idea de un funcionario del Ministerio de Propaganda de apellido Haeggert
Los modernos Juegos Olímpicos se inspiraron en los celebrados en la antigua Grecia, con sede en la ciudad de Olimpia, desde el siglo VIII a. C. hasta el IV d. C. A finales del siglo XIX se promovió la creación y organización de unos juegos similares, idea especialmente querida y defendida por el francés Pierre Fredy, barón de Coubertin. El barón acabaría fundando el Comité Olímpico Internacional (COI) en 1894.
Esos primeros juegos de la era moderna se celebraron, por vez primera, en Atenas, en el año 1896. La victoria en la prueba de maratón, por parte del corredor griego Spiridon, fue un acontecimiento mundial. Tanta fue la emoción que el príncipe heredero de Grecia, duque de Esparta, saltó de su silla para correr junto a Spiridon los últimos metros hasta la meta.
Continuaron los juegos, cada vez con mayor popularidad y mayor respaldo internacional. También se fueron centrando las diferentes competiciones en conceptos más deportivos, eliminándose pruebas de tipo poético-literario y otras tan dudosas como el duelo a pistola o el tiro al ciervo en movimiento.
En el año 1928, durante los Juegos celebrados en Ámsterdam, se mostró por primera vez la llama olímpica. Esta se inspiraba en diferentes mitos y leyendas de tradición grecolatina. La llama simbolizaba la continuidad entre los antiguos y los modernos Juegos Olímpicos. Esta primera llama, que se encendió en el pebetero que remataba la torre de Maratón del estadio olímpico de Ámsterdam, pretendía señalar el lugar donde se desarrollaban los juegos. De esta idea embrionaria surgiría la ceremonia actual del encendido de la llama y los relevos.
En el año 1931 se aprobó que los Juegos Olímpicos de 1936 se celebraran en la ciudad de Berlín. Para Alemania, la elección suponía el retorno a las competiciones olímpicas, de donde había sido apartada tras la Paz de Versalles de 1919. También era una oportunidad única para mostrar al mundo los avances logrados en la reconstrucción de la economía del país, algo que el Ministerio de Propaganda del Partido Nacionalsocialista no estaba dispuesto a desaprovechar.
Se encargó la organización de los juegos al exatleta olímpico Carl Diem. El propio Adolf Hitler, quien había calificado los juegos como «proyecto de judíos y masones», súbitamente mostró todo su apoyo a los futuros Juegos Olímpicos. El dinero les llovió para que pudieran realizar los mejores juegos de la historia.
Juegos Olímpicos en el Estadio Olímpico de Berlín 1936
La ceremonia del encendido de la antorcha y los relevos fue idea de un funcionario del Ministerio de Propaganda de apellido Haeggert, que sería recogida, pulida y desarrollada por el propio Carl Diem.
Se buscó desarrollar una ceremonia del encendido del fuego olímpico que enlazara directamente con la Grecia clásica, y otra para el traslado de ese fuego que serviría para encender el pebetero con la llama olímpica, momento que marcaría el inicio de los juegos.
Diem vendió el proyecto al Ministerio de Propaganda del Tercer Reich, que se entusiasmó con él. Se diseñó que, entre las ruinas del templo de Hera, en la ciudad griega de Olimpia, quince jóvenes vestidas con peplo (túnica larga sin mangas, típica de las mujeres en la Grecia clásica) encendieran el sagrado fuego valiéndose de un espejo cóncavo que enfocaba los rayos del sol.
Esa llama, conseguida merced a la acción del propio dios Apolo (representado por el sol), era entregada por la suma sacerdotisa a un corredor que iniciaría el primero de los 3.422 relevos de la antorcha. Cada relevo sería de un kilómetro, hasta completar los 3.422 kilómetros que separaban Olimpia de Berlín, atravesando Grecia, Bulgaria, Yugoslavia, Austria, Hungría y Checoslovaquia.
El portador de la antorcha olímpica en camino a Berlín
Los portadores de la antorcha con el fuego olímpico se irían relevando cada kilómetro. Todo el proceso sería filmado con la idea de realizar un gran documental propagandístico, que se encargó a la directora Leni Riefenstahl.
La invención resultó ser un gran acierto: una idea rápidamente asimilada y un ceremonial sucesivamente perfeccionado a lo largo de los diferentes juegos, tanto de verano como de invierno.
La llama, el fuego olímpico, enlaza con el mito de Prometeo. Durante la ceremonia de encendido, las jóvenes, vestidas a la manera griega, llevarán a cabo una coreografía, modificada y pulida a lo largo del tiempo. La suma sacerdotisa realizará la invocación al dios Apolo. Tras el encendido de la llama, un joven «con ambos padres vivos» cortará una rama del olivo sagrado que se encuentra junto al templo de Hera. Esta rama simboliza tanto la paz, que se ha de respetar mientras duren los juegos, como el trofeo que reciben los ganadores de las pruebas deportivas.
Hoy no podemos separar los Juegos Olímpicos de las imágenes de la ceremonia de encendido en Olimpia y los diferentes relevos del viaje de la antorcha hasta el encendido de la llama olímpica en la ciudad elegida como sede, acto que marca el inicio de los mismos.
Partiendo de una intención propagandística, el ceremonial se transformó, con el tiempo, en una representación simbólica altamente evocadora de los antiguos orígenes, de la unión entre los pueblos y los individuos, y de la admiración y aprecio del esfuerzo, del sacrificio orientado a superar nuestros límites para alcanzar nuevas metas. Como dice el lema olímpico: «Más alto, más fuerte, más lejos».