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Antonio María Claret fotografiado por Pujadas

Picotazos de historia

Antonio María Claret, el confesor de Isabel II que luchó contra la esclavitud en Cuba

Antonio María Claret defendió los derechos de los esclavos en la Cuba del azúcar, enfrentándose a la élite esclavista, a la corrupción y a varios atentados contra su vida

El siglo XIX será un tiempo que traerá una riqueza sin precedentes a la antillana isla de Cuba. La producción del azúcar de caña y sus derivados, el café y el tabaco se multiplicarán, así como los ingenios, fincas donde se cultivan y transforman estos productos. Los beneficios que se generan, en especial con el cultivo de la caña de azúcar y sus derivados (azúcar, ron, melaza, etc.), transformarán a la sociedad cubana durante el siglo XIX.

En la década de 1790 se inicia, en las Antillas españolas, el llamado comercio libre de mano de obra esclava. Este concepto se basa en la idea anglosajona que postula: «Si las colonias no son abastecidas con negros, no producirán azúcar, y en la medida que tengan más negros y más baratos, producirán más azúcar y más barato». Esta noción económica se vio reforzada tras la revolución e independencia de Haití, que arruinaría la producción y el comercio que allí tenían. Cuba, junto con Puerto Rico y Santo Domingo, en menor proporción, se encontró con prácticamente el monopolio del preciado mercado mundial del azúcar.

En 1818, el decreto de libertad de comercio reconoce a Cuba como el gran productor mundial del azúcar. Para que ustedes se hagan una idea: en 1779 Cuba enviaba a la península 500.000 arrobas de azúcar (1 arroba = 11,5 kilogramos); en 1884, la producción anual de azúcar de la isla de Cuba era de más de 1.050.000 toneladas. Es la época dorada para los propietarios de los ingenios azucareros, así como para los mercados periféricos (esclavos, ron, navieras, empresas comerciales, etc.). A partir de 1820 España prohíbe la libertad de trata de esclavos. La esclavitud estará prohibida en la península ibérica, pero no en Cuba, mientras que el comercio de esclavos estará prohibido en todos los territorios de la Corona española.

La primera consecuencia será el encarecimiento del valor de los esclavos y la necesidad de crear conductos ilegales para su introducción en Cuba. Esta última actividad, de la que nos dejó memoria literaria don Pío Baroja con su novela Capitanes de altura, fue apoyada por los principales propietarios cubanos y consentida por las autoridades de la isla, que cerraron los ojos gracias a los altos sobornos que se pagaban. Destacaron en esta actividad las familias Zulueta y Samá, marqueses de Álava y de Marianao, respectivamente.

Entre este grupo de empresarios y propietarios destacará la próspera colonia catalana. En la industria del tabaco nos encontramos con las familias Conill, Partagás, Gener y Batet; en la del azúcar destacan los Samá, Jová, Mitjans y Baró. Relacionados con otras empresas y con la banca tenemos a los Bacardí, Planiol, Cruselles, Biada, etc. Pues bien, todos estos nombres representaban algo más del 60 % de los receptores del tráfico ilegal de esclavos en la isla de Cuba a partir de 1850.

Por el lado contrario destaca, por méritos propios, la figura del arzobispo de Santiago de Cuba, don Antonio María Claret, canonizado por el Papa Pío XII en 1950.

Don Antonio María fue nombrado arzobispo de Santiago en 1850, tomando posesión efectiva de su cargo al año siguiente. Allí desarrolló una intensa actividad en favor de la población esclava de la isla. El buen padre no solo defendió sus derechos: buscó las maneras —y las puso en práctica— de lograr que tuvieran acceso a una educación, asistencia médica, descansos dominicales, etc. Un detalle curioso es que, como defensa legal de estas aspiraciones, publicó una relación de las Leyes de Indias en la que se señalaban las numerosas y concretas violaciones de estas leyes por parte de los propietarios de esclavos, resaltando el hecho de que seguían en vigor.

Don Antonio no se limitó a defender a los débiles; arremetió como un toro contra la poderosa oligarquía económica que controlaba la isla: la denominada sacarocracia. Construyó casas de beneficencia que contarían con aulas y talleres para la instrucción y el aprendizaje de niños y niñas. Y en este caso la diferenciación es importante, pues entonces no se consideraba necesario que la mujer recibiera educación fuera de los menesteres propios de su sexo, con mucho menos motivo las niñas hijas de esclavos y gentes más humildes. En todos los casos, la educación y enseñanza que se impartía en estos centros que levantó era gratuita.

Los miembros de esta sacarocracia, viendo que el arzobispo les era un incordio, presionaron para que se aviniera a ser más flexible. No tuvo éxito la presión y, durante el tiempo en el que desempeñó funciones en Cuba, don Antonio tuvo al menos ocho atentados contra su vida (doce en total a lo largo de ella). «Parece que no caigo simpático a ciertas personas», exclamó con mucha sorna el arzobispo.

Los miembros de la sacarocracia, viendo que el sacerdote parecía blindado por el Altísimo, decidieron utilizar otros métodos para quitárselo de encima. Movieron influencias y compraron voluntades en Madrid, todo lo necesario para conseguir el traslado del prelado. Y es que, si no lo podían matar, sí lo podían mover. Dicho y hecho: don Antonio María Claret fue nombrado confesor de la reina Isabel II en el año 1857, teniendo que renunciar a su labor en la isla de Cuba y embarcando de vuelta a la metrópoli para cumplir sus nuevos desempeños en la corte.

Que ejerció bien sus funciones es prueba del hecho de que continuó sufriendo atentados contra su vida, ya que se consideró que «ejercía demasiada influencia en la reina». Pero eso ya es otra historia.