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Batalla de Copenhagen

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Tres desobediencias militares que acabaron en victoria: de Nelson a Méndez Núñez

En la guerra, resulta fundamental mantener a toda costa la disciplina y el acatamiento de las órdenes de la superioridad. Sin embargo, en el pasado hubo famosos casos de desobediencia que lograron ciertas victorias

En marzo de 1801, una poderosa flota británica se encontraba en el extremo norte de la península de Jutlandia, en el reino de Dinamarca, al mando del almirante Hyde Parker. Debía presionar sobre el gobierno danés para que abandonara su alianza con Rusia y otras potencias. La flota entró en el mar Báltico para bombardear la capital, Copenhague, misión que debía acaudillar su segundo comandante, el almirante Horacio Nelson.

Ante la debilidad de las defensas danesas en el sur, se propuso bajar con sus barcos lo más posible para luego batir a sus enemigos subiendo hacia el norte. Por eso, solicitó diez navíos tan solo, pero Parker, por prudencia, le envió doce. Y así, el 12 de abril de 1801 comenzó el bombardeo naval británico con gran derroche de explosivos y humo. Varias millas al norte, Parker, a medida que pasaba el tiempo, se fue inquietando de tal manera que empezó a madurar la idea de una retirada, lo que hizo finalmente a las 13:10 horas.

Cuando Nelson vio la orden de su superior, comunicada por banderas, decidió no obedecerla, pues la consideró desacertada. Según uno de sus oficiales, el comandante Steward, continuó pasando por la cubierta como si no hubiera recibido la orden. Nervioso, el oficial le dijo que si quería que repitieran la señal, a lo que Nelson contestó que no era necesario, ordenando que izara la bandera de «Enterado». La nave de Parker elevó la de «Desistid el combate», pero volvió a no hacerle caso.

Nelson la miró con el catalejo, pero elevándolo a su ojo tuerto, por lo que dijo que no la había visto. Unas horas más tarde los daneses fueron derrotados y su flota había sido incendiada o hundida. Cuando el almirante desembarcó en Gran Bretaña, semanas más tarde, fue aclamado como vencedor.

Vicealmirante Nelson brindando por la victoria con sus compañeros oficiales la noche antes de la Batalla de Copenhague

Vicealmirante Nelson brindando por la victoria con sus compañeros oficiales la noche antes de la Batalla de Copenhague

Otro segundo caso famoso de desobediencia fue obra del marino español Casto Méndez Núñez. La actitud hostil de algunas naciones hispanoamericanas y una serie de errores diplomáticos desembocaron en un estado de crispación entre España, Chile y Perú que terminó en guerra.

Una pequeña escuadra española al mando del almirante Luis Hernández Pinzón ocupó las islas Chinchas en 1864, lo que provocó la declaración de beligerancia de las tres naciones. El almirante Pareja, jefe de la flota española en el Pacífico, fue encargado de negociar con los gobiernos de Lima y Santiago, pero el clima de exaltación existente impidió llegar a un acuerdo y la fragata chilena Esmeralda apresó a la pequeña goleta española Covadonga el 26 de octubre de 1865, lo que provocó el suicidio de Pareja.

Tomó entonces el mando Méndez Núñez, que recibió la orden de realizar algunas operaciones de castigo sobre puertos y navegación enemigos. Se presentó ante el puerto de Callao de Lima, famoso por ser de los más poderosos de América, el 27 de abril de 1866. Anunció a las autoridades que bombardearía, pasado el plazo de cuatro días, su puerto defendido por 100 piezas de artillería, algunas de gran calibre dispuestas en torres giratorias metálicas.

Lienzo de Antonio Muñoz Degrain del Museo Naval que representa el momento en que cayó herido el marino Méndez Núñez en el puente de la fragata Numancia durante el bombardeo a los fuertes de El Callao, el 2 de mayo de 1866

Lienzo de Antonio Muñoz Degrain del Museo Naval que representa el momento en que cayó herido el marino Méndez Núñez en el puente de la fragata Numancia durante el bombardeo a los fuertes de El Callao, el 2 de mayo de 1866

El día antes del bombardeo, Méndez Núñez recibió la orden de regresar inmediatamente a España con sus barcos. Sus anteriores instrucciones le habían dicho que se comportara con la máxima dignidad, pues «más valía sucumbir con gloria en mares enemigos que volver a España sin honra ni vergüenza».

Calibró que retirarse después de haber avisado sería el desprestigio de la nación, por lo que decidió bombardear el 2 de mayo durante tres horas. Méndez Núñez fue herido y, tras observar la escasa respuesta del adversario, consideró el hecho una victoria, volviendo la escuadra a España, donde fue aclamado como un héroe nacional.

La última desobediencia que recordamos fue la del capitán Manuel García Morato en la guerra civil española. La escuadrilla de aviadores italianos, la «Cucaracha», mandada por el mayor Tarsicio Fagnani, actuó durante la batalla del Jarama, en las filas nacionales. Formaban también parte de la misma tres pilotos españoles que constituyeron la llamada patrulla azul, al mando de García Morato. Fagnani ordenó —ante la superioridad aérea republicana— un empleo más cauto de los aviones que, aunque volaban a diario, debían procurar no exponerse sobre territorio enemigo, en espera de la anunciada llegada de nuevas escuadrillas.

El día 14 de febrero de 1937, la batalla alcanzó una cota de gravedad tal que la infantería se quejó de la falta de apoyo aéreo. Ante esta situación, el general Kindelán ordenó a García Morato que desobedeciera a su jefe de grupo y se lanzara a un arriesgado ataque contra los cazas republicanos, forzando así a sus compañeros a entablar combate. Y así ocurrió.

Cuando Fagnani observó que 36 cazas se lanzaron contra la escuadrilla nacional, que protegía a unos bombarderos, ordenó a todo el grupo que se lanzara al ataque. Y así se pudieron bombardear las posiciones enemigas, por primera vez en mucho tiempo, aunque ello no fue un hecho decisivo para ganar la batalla, sí elevó la moral de la infantería.

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